La ciudad

Miriam Delorenzi, la maestra que vivía para enseñar y no quería jubilarse

Las bodas de oro del colegio Santa Teresita del Niño Jesús se cumplirían recién en 2015 (el 13 de mayo), pero Miriam no llegó para celebrarlas. Su vida se apagó unos meses antes.

Domingo 15 de Marzo de 2015

–¿Por qué no dejás de trabajar? Ya es hora de que pares.

Carlos Troyeto solía repetirle la frase a su esposa, Miriam Teresita Delorenzi, mientras ella cocinaba o hacía las tareas de la casa al final de un día largo, de esos en los que se ocupaba de su escuela, de sus alumnos y de sus docentes durante horas, casi durante todo el día.

La respuesta de Miriam era siempre la misma: –Después de que el colegio cumpla los 50 años, me retiro–, le devolvía dulcemente.

Las bodas de oro del colegio Santa Teresita del Niño Jesús se cumplirían recién en 2015 (el 13 de mayo), pero Miriam no llegó para celebrarlas. Su vida se apagó unos meses antes, cerca de las 11 de la noche del 5 de junio de 2014, en la sala de terapia intensiva del hospital de emergencias Clemente Alvarez. Cuatro horas antes un auto la había embestido en Salta y Lagos cuando bajó de un taxi y se disponía a entrar al Instituto Virgen del Rosario, donde iba a enseñarles a quienes estudian para ser maestros. Sufrió heridas gravísimas y no resistió. La tragedia de su muerte devastó a su esposo y sus hijos, pero también a una cantidad inmensa de personas. Es que Miriam era docente y como tal dejó un recuerdo imborrable entre quienes la conocieron. Al morir tenía 55 años.

Ahora, cuando recuerda aquel día trágico, el peor de su vida, Carlos trata de resignarse: “No tenía ninguna necesidad de seguir trabajando, pero enseñar fue su vida y murió cuando iba a dar clases”.

 Una mujer con vocación. “La muerte de Miriam nos tiró a todos para atrás: a mí, a mis hijos, a sus colegas, a sus alumnos, a los padres de sus alumnos”, cuenta Carlos Troyeto sentado en la cocina de su casa, en Francia al 5600. Es la misma casa en la que pasaron juntos la mayor parte de sus vidas, y cuando la evoca, cuando cuenta una anécdota o describe a la madre de sus dos hijos, más de una vez se emociona.

Miriam nació en la zona de quintas que se extiende más allá de Arijón y la avenida de Circunvalación. Hizo la primaria en una escuela del barrio Hume, también conocido como estación El Gaucho, y cuando llegó el momento de que fuera al secundario sus padres hicieron un esfuerzo y se mudaron a la ciudad. Compraron una casa en Lagos y Arijón y ella fue al colegio María Auxiliadora, en Presidente Roca y San Juan.

A Carlos lo conoció en un baile, en el pueblo de Zavalla. “En esa época era habitual que fuéramos hasta allá, y en una de esas ocasiones la invité a bailar”, recuerda él borrosamente. El encuentro se repitió en otro baile y al tiempo se pusieron de novios. Cuatro años después se casaron y con los años tuvieron dos hijos: Germán, que ahora tiene 33 años y les dio su primera nieta, y Pablo, que tiene 27.

Ni bien se casó, Miriam empezó a trabajar como docente. No era sólo un modo de ganarse la vida, sino su verdadera vocación, una pasión que había abrazado de chica. Empezó haciendo reemplazos en el colegio Buen Pastor y también en el Santa Teresita del Niño Jesús. La escuela funcionaba en el pasaje Sáenz 4925, entre Coronel Arnold y Comodoro Rivadavia, junto a una parroquia.

Ella no tenía modo de saberlo, pero esta última escuela terminaría siendo uno de los motores de su vida. Al tiempo la nombraron maestra titular y después vicedirectora suplente. Con el tiempo fue directora de la primaria y cuando murió hacía años que era la directora de la secundaria, que también funciona en el pasaje Sáenz. Esa, la Santa Teresita del Niño Jesús, era la escuela cuyas bodas de oro quería celebrar antes de atender al deseo de su esposo y sus hijos de que pidiera su jubilación.“Su vida fue enseñar”, resume Carlos cuando la recuerda, y en cada palabra le rinde un homenaje. El no lo dice, pero no es difícil adivinar que además de amarla la admiraba y sentía orgullo de ser su compañero. Lo mismo que siente su hijo Pablo.

“Nunca faltaba. En toda su carrera debe haber presentado tres carpetas médicas: cuando nacieron los chicos y cuando se operó de tiroides, no hace mucho. Ella era así, vivía para sus clases y sus alumnos”, la describe su viudo. Y Pablo, que vive con él en la casa familiar, asiente.

También estudiaba. “Nunca dejó de hacerlo”, enfatiza Carlos. Además de dar clases en dos escuelas, de criar a sus hijos y de acompañar al marido, hizo las licenciaturas en Literatura y en Ciencias de la Educación. La primera la terminó y ejerció como profesora. De la otra le quedaban un par de materias y su sueño era escribir un libro sobre educación una vez que dejara las aulas. “No llegó”, se lamenta su compañero de toda la vida.

Casi toda su rutina estaba vinculada a la enseñanza. Se levantaba pensando en sus dos escuelas y sus alumnos, y se iba a dormir haciendo lo mismo. Desde hace un tiempo había una excepción: los martes a la tarde se dedicaba a cuidar a Lourdes, la hija de su hijo mayor, su primera nieta.

“Vivía para sus alumnos”. Sus colegas afirman que tenía una gran llegada a los alumnos. “Les enseñaba y también los contenía. Era especial para eso”, cuenta Claudia Neri, la madre de dos de ellas. Y Pablo añade, al borde de la emoción: “Mi vieja les enseñó a dos y hasta a tres generaciones: a los hijos de sus primeros alumnos, y también a algunos nietos”.

Carlos recuerda el caso de un chico sordo al que ninguna escuela de la zona sur quería incorporar como alumno, y otro de una nena con piernas ortopédicas que vivió una situación similar, y otro, y otro más. “Ella los recibía a todos en Santa Teresita. Por eso la querían y respetaban, porque Miriam vivía para sus alumnos”.

Carlos le decía Negra y ella, Cachi. Ambos tuvieron siempre dos trabajos y así construyeron su casa y educaron a sus hijos. Germán está a punto de recibirse de ingeniero mecánico. Pablo es futbolista (nació en Renato Cesarini y luego jugó en clubes de Alemania, Italia y España), pero tiene varias materias de la carrera de contador público aprobadas y se recibió de preparador físico (“Mamá siempre me exigió que estudiara”, recuerda entre nostálgico y agradecido). En verano Carlos y Miriam siempre se hacían un viajecito por el país. “A ella no le gustaba salir”, cuenta Carlos. No lo hizo ni cuando él voló a Alemania para visitar a Pablo.

Ahora que ella ya no está, Carlos le atribuye mucho más valor a un recuerdo relativamente cercano: cuando cumplió 60 años, hace tres, ella le organizó una fiesta sorpresa a la que invitó a familiares y amigos. “Eso fue hermoso”, dice y se quiebra. Le brotan las anécdotas, otros episodios de su vida juntos; vuelve a emocionarse, se disculpa y al final también se lamenta: “Las malas siempre las pasamos juntos, pero esta vez me tocó a mi solo”.

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