La ciudad

María Jordán, una presencia querida y obstinada en Empalme Graneros

La monja franciscana falleció ayer. Tenía 25 años de trabajo en la zona más pobre del barrio, donde fundó un jardín y una escuela de oficios.

Lunes 10 de Agosto de 2020

"Acá están los que la querían mucho. También los que no, pero todos la van a extrañar", afirmó sin vueltas Oscar, con la vista perdida en el predio de la Misión Franciscana María Madre de la Esperanza, que la monja María Jordán desarrolló en una de las zonas más pobres de Empalme Graneros. La religiosa que llegó al barrio hace unos 25 años falleció ayer llenando de tristeza el domingo de muchos de los vecinos del barrio que crecieron entre las aulas del jardín de infantes y la escuela de oficios. De carácter fuerte, como la recuerdan sus colaboradores, supo reponerse a muchas batallas. La última fue hace unos 7 años, cuando un grupo de vecinos tomó parte de los terrenos pertenecientes a la congregación.

Jordán tenía 71 años y venía peleando desde hacía tiempo con una larga enfermedad. El Arzobispado confirmó ayer su deceso por las redes sociales y referentes de distintos partidos políticos recordaron su compromiso, solidaridad y su lucha incansable por mejorar las condiciones de vida en el vecindario de zona norte que comenzó a caminar hace más de 20 años, cuando no tenía más de 500 casas levantadas por familias de inmigrantes de la comunidad Qom, corridos por la miseria de la zona del Chaco.

Ultimamente se la veía muy poco por el barrio, que solía recorrer a paso rápido aún los días de lluvia cuando el barro de las calles se ablanda y transitarlas se hace difícil. La pandemia limitó las actividades del jardín de infantes, escuela primaria, escuela de oficios, comedor comunitario y una capilla. En los últimos años se sumó también la presencia constante de un puesto policial.

Todo eso, en un enorme terreno de más de una manzana, en un barrio de casas que crecen apretadas, sin mucho plano y delineando angostos pasillos.

Enfrente al predio de la misión vive Omar, uno de los tantos vecinos que ayer habló con La Capital sobre el trabajo desarrollado por la religiosa. Jordán, destacó, era una presencia que no pasaba desapercibida en el barrio. "Se la quería o no se la quería", sentenció el hombre y remarcó el trabajo desarrollado por la monja a favor de los más pequeños del barrio. "Mis hijos ya son grandes, pero los chiquitos hacen rugby, fútbol, les regalan las mochilas, en el jardín están muy bien", contó.

Micaela tiene 26 años, vive en Olivé al 2.500, enfrente a la casa que durante mucho tiempo albergó a la monja y desde donde sus colaboradores repartían bolsones de alimentos, ropa, calzado. "Todo lo que tuviéramos", apuntó la mujer y deslizó que la malaria económica también afectó la cantidad y calidad de las donaciones que recibe la congregación.

La mamá de Micaela se acercó a la monja cuando ella era una niña y después de cualquier lluvia, "el agua te llegaba al cuello" por los desbordes del arroyo Ludueña, recordó y afirmó que muchas de las cosas que hoy tiene el barrio; como luz, pavimento y agua potable, ni más ni menos, "se consiguieron por la monja" a pura prepotencia de trabajo.

Por las calles de Empalme, la mayoría recuerda a la monja franciscana como una mujer de carácter. Según destacaban, tenía el necesario para sobrevivir en un barrio "donde hay mucha gente muy prepotente". El crecimiento poblacional del barrio, sumaban, conspiró contra las posibilidades de asistencia de la misión franciscana. La tensión muchas veces se manifestó en robos o intentos de ocupación de los terrenos.

Uno de los últimos fue en mayo de 2013, en una canchita donde ayer se disputaba un partido de fútbol. El intento de usurpación terminó en un violento desalojo. "Nuestra presencia fastidia a los narcos que venden droga por el barrio en cuatro por cuatro", había denunciado la franciscana por esos días.

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