Una reflexión sobre la capacidad de conmover a muchos que tiene la selección argentina, representada por sus máximos símbolos, Diego Maradona y Lionel Messi
06:10 hs - Jueves 13 de Agosto de 2026
El 26 de noviembre de 2020 estaba en mi terraza en Bruselas, fumando un puro, cuando llegó un mensaje de un amigo. Contenía una sola palabra: “Maradona”. La acompañaba un emoji llorando. La sensación de tristeza fue inmediata. Todos sabíamos de la batalla de Diego contra la droga, pero la noticia de su muerte a los 60 años fue trágicamente prematura. Argentina y su inmensa comunidad global de hinchas se sintieron huérfanos de repente.
Al día siguiente, impulsado por una lógica que desafiaba toda razón, compré un pasaje a Buenos Aires. Era un vuelo de Lufthansa vía Fráncfort, en plena pandemia. Llené mi valija con regalos para amigos, ansioso por dar el último adiós. El sueño, sin embargo, murió en la puerta de embarque de Fráncfort. A pesar de tener tests negativos de Covid, me rechazaron por no cumplir con unos papeles que parecían absurdos. Lo intenté de nuevo días después, pero volvieron a negarme. Al parecer, asistir al funeral de Maradona no era “una razon esencial” que podría justificar una excepción. Decepcionado, regresé a Bruselas. El episodio ilustró la profundidad de mi apego, pero también la locura de intentar llegar a un país cuyo abrazo, por un momento, parecía imposible.
Dos años después, en Qatar, ese abrazo sí se produjo. El Mundial 2022 fue un réquiem por Maradona y una coronación para su heredero, Lionel Messi.
Llegué a Doha con la misma fe que me había llevado al aeropuerto de Fráncfort dos años antes. Pero esta vez el destino me dejó pasar. Y el 9 de diciembre estaba en el estadio Lusail para los cuartos de final contra Países Bajos. El partido que, para muchos, sería la verdadera prueba de fuego de Argentina.
El ambiente era eléctrico, casi irrespirable. Los holandeses, dirigidos por un Louis Van Gaal que había menospreciado a la albiceleste diciendo que jugaban “con uno menos” sin el balón—una indirecta directa a Messi—llegaban invictos y confiados. Argentina, en cambio, venía de un inicio decepcionante con derrota ante Arabia Saudita y de eliminar a una mediocre Australia con un susto final. Todo el peso de la camiseta parecía concentrarse en aquella noche.
El partido fue una batalla. Mucha pierna fuerte, fricción constante. Dos goles de Argentina, empate agónico de Holanda en el tiempo añadido. En los penales, Emiliano Martínez se agigantó: atajó dos remates. Cuando Lautaro Martínez ejecutó el último y la pelota besó la red, el estadio entero estalló. Yo, desde mi asiento, salté como poseído.
Lo que vino después es historia. La semifinal contra Croacia, un 3-0 que fue un paseo. Y la final contra Francia, el 18 de diciembre, otra vez en Lusail. Ese partido fue una montaña rusa de emociones: dos goles de Messi, uno de Di María, un 2-0 que parecía sentencia, y luego el vendaval francés que empató en cinco minutos. El 3-3 en el tiempo extra, la atajada épica de Dibu Martínez a Kolo Muani, el penal decisivo de Montiel... y la explosión final. Cuando el árbitro pitó el final, ya no había aliento en mi cuerpo. Solo lágrimas y la certeza de que, finalmente, el legado de Diego estaba completo, y Messi, por fin, salió campeón del mundo.
Hoy, en 2026, el sentimiento “anti-Argentina” se ha adueñado de la narrativa de la nueva copa del mundo. Los críticos señalan un estilo de juego supuestamente agresivo y acusaciones de trato preferencial. Millones de personas firmaron incluso una petición para expulsar a Argentina del torneo.
Pero hay algo más profundo, y más decepcionante, en esta campaña. Durante estas semanas, figuras del progresismo global —desde la relatora sobre Palestina de las Naciones Unidas, Francesca Albanese, hasta el exministro griego Yannis Varoufakis, pasando por el actor d Samuel Jackson y la congresista demócrata Jasmine Crockett — han politizado la copa del mundo de un modo que roza el oportunismo. Han presentado el hecho de hinchar contra Argentina casi como un deber moral, asociando al país entero con la alineación incondicional del presidente Javier Milei con Donald Trump y Benjamin Netanyahu.
Como si los colores albicelestes fueran un pasaporte ideológico. Como si cada niño en una villa miseria o cada jubilado en un barrio de Buenos Aires que vibra con la selección estuviera refrendando una política exterior que la mayoría de los argentinos no comparte. Se agradecen en este sentido las sabias palabras de Javier Bardem, un actor español conocido por su afinidad con la causa palestina que contrarrestó este relato con sentido común y reflexiones profundas sobre Argentina. Sin embargo, esta voz de cordura se hundió en los algoritmos que propagaban el odio desmesurado contra todo un país.
Lo irónico es que la propia selección argentina, en el campo, ha dado muestras silenciosas pero elocuentes de esa distancia con su gobierno. Durante la ceremonia de entrega de galardones por el subcampeonato, dos jugadores—Cuti Romero y Lisandro Martínez—decidieron no estrechar la mano a Donald Trump. Fue un gesto casi imperceptible para las cámaras, pero cargado de significado. Ese gesto desmonta el relato simplista que equipara selección con gobierno. El fútbol, al menos en Argentina, sigue siendo territorio popular, no palaciego.
De ese gesto, sin embargo, no se habló en la prensa progresista mundial. No hubo titulares, ni análisis, ni tuits virales celebrando la coherencia de dos jugadores que, sin decir una palabra, se negaron a ser instrumentos de una foto política. La misma prensa que dedicó ríos de tinta a equiparar a Argentina con su gobierno, silenció el único acto público que contradecía ese relato. No encajaba en la narrativa.
Esta campaña política, paradójicamente, choca de frente con la realidad del poder blando argentino. Porque ese poder no se construye sobre alineamientos geopolíticos ni sobre gobiernos de turno. Se construye sobre algo mucho más elemental y más resistente: la identidad, la emoción y la pertenencia.
El poder blando de Argentina no lo decreta Milei; lo ejercen, sin saberlo, millones de personas en los rincones más insospechados del planeta que eligieron a la albiceleste como su equipo del alma. Es un fenómeno que opera por debajo de la política, como una corriente subterránea que la retórica de los intelectuales globales no alcanza a tocar.
Esa “fiebre argentina” se encuentra en lugares tan diversos como Letonia, mi país, o Bangladés, donde decenas de miles trasnochan hasta la madrugada celebrando un gol como si fuera propio. ¿Por qué ocurre esto? ¿Por qué un hombre en Riga siente una conexión visceral con un país a 12.000 kilómetros? ¿Por qué una mujer en Daca se pone la camiseta albiceleste y siente que le pertenece?
Las razones son diversas y no se pueden reducir a una sola narrativa. En Bangladés, el fervor tiene raíces históricas: la identificación con Maradona como símbolo de resistencia anticolonial, la conexión emocional con un país del sur global que desafiaba a las potencias europeas en el campo de juego. Es una historia de identidad poscolonial que se tejió durante décadas.
Pero en Letonia, o cualquier otra parte del norte de Europa, la historia es distinta. No hay una memoria colonial que vincule esta región con Argentina. Mi propio vínculo es personal, casi irracional: una fascinación por la intensidad, por el dramatismo, por la forma en que los argentinos viven el fútbol como una cuestión de vida o muerte. Una admiración por esa mezcla de garra y talento que parece condensar algo universal. Y aunque en Letonia el fútbol ni siquiera es el deporte número uno —el hockey sobre hielo y el baloncesto le roban la atención— la camiseta albiceleste ha logrado infiltrarse en bares y casas, en conversaciones de amigos que se reúnen a la madrugada para ver un partido. No es política; es poética. Es la emoción compartida, el latido común que no necesita de fronteras ni de alineamientos ideológicos.
La semifinal de 2026 contra Inglaterra fue una nueva clase magistral de este poder emocional. Tras ir perdiendo, Messi y su equipo reaccionaron, reafirmando esa identidad de equipo que nunca se rinde, que encuentra en la adversidad su mejor version.
La final contra España, sin embargo, fue un recordatorio cruel de que el fútbol no siempre premia la fe. España fue superior. No hubo discusión. Y aun así, hasta el último minuto, la fe en el milagro pervivió. Argentina tuvo dos oportunidades clarísimas de empatar: dos balones que, en otra noche, en otro universo, habrían cambiado la historia. Pero no fue esa noche. España fue justa vencedora. Y Argentina, aunque derrotada en el marcador, demostró algo que ningún resultado puede arrebatar: que la capacidad de creer, de resistir, de seguir empujando hasta el silbato final, es tan parte de su identidad como la camiseta albiceleste.
Aunque Argentina no haya levantado la copa en 2026, el legado sigue intacto. Maradona representa el alma cruda y rebelde que desafió el poder y las jerarquías. Messi representa su clase perdurable —el genio que superó las dudas en el escenario más grande de todos—. Ningún político, ningún intelectual, ninguna petición en línea podrá jamás secuestrar esta realidad. Porque no les pertenece. Pertenece a la gente.
(Pugwash es una organización internacional que recibió el Premio Nobel de la Paz en 1995, junto con el físico Joseph Rotblat, por sus esfuerzos en el ámbito de la no proliferación nuclear y la diplomacia internacional)