La ciudad

Luis Grigioni recuerda a Fontanarrosa: "El Negro me dejó sus botines mágicos"

Comenzó a trabajar en su estudio como che pibe y terminó siendo su amigo, uno de sus tantos amigos. Y tal vez el más parecido. Porque Luisito y Roberto Fontanarrosa son un calco. No por lo físico, obvio, sino por su timidez y perfil bajo. Luis Grigioni vivió junto al Negro sus dos últimos años de vida. Video: Congreso de la Lengua

Sábado 19 de Julio de 2008

Comenzó a trabajar en su estudio como che pibe y terminó siendo su amigo, uno de sus tantos amigos. Y tal vez el más parecido. Porque Luisito y Roberto Fontanarrosa son un calco. No por lo físico, obvio, sino por su timidez y perfil bajo. Luis Grigioni vivió junto al Negro sus dos últimos años de vida. Video: Congreso de la Lengua

"Había momentos en que no nos hablábamos por horas, y no era incómodo; éramos dos silenciosos", define el joven que ahora tiene 21 años, es empleado de una librería y hoy recuerda para LaCapital su relación con Fontanarrosa, a un año de su muerte. Tan junto supo estar Luisito del dibujante y humorista más importante de la ciudad y tal vez del país, que muchos creyeron que era su terapeuta. El se ríe ante ese mote y aclara: "No... sólo le atendía el teléfono, le borraba los dibujos y lo acompañaba". Nada menos.

—¿Cómo que le borrabas los dibujos a Fontanarrosa?

—Claro, él los hacía primero en lápiz y después en tinta, y yo le borraba esos primeros trazos tal como él me indicaba.

—¿Empezaste a trabajar con él porque ya lo conocías?

—Lo conocía como todo rosarino, alguna vez lo había cruzado en la calle. Pero en realidad comencé de casualidad, porque buscaban a alguien que lo ayudara a ordenarse un poco en el estudio al que recién se había mudado. Era un quilombo. Fui dos o tres veces en diciembre de 2005 a darle una mano. Empecé como che pibe cada martes, nos llevábamos bien, con el tiempo fui más seguido y al final estaba con él cada día, entre nueve y diez horas.

—Pero cuando comenzaste a trabajar con él todavía estaba bien de salud...

—Sí. Era mi primer trabajo, tenía 18 años y estaba contento. Pensaba, qué bueno esto, me pagan para hacer poco, casi ni hablar y estar con un tipo tan importante como Fontanarrosa. Era ultraestructurado para trabajar: tenía su tiempo para leer los diarios, para dibujar, para contestar mails y notas. Pero la cosa cambió cuando empezó con esa enfermedad hija de puta...

—Te enoja esa parte de la historia. ¿En algún momento se te hizo tan dura como para dejar el trabajo?

—Se me hizo muy duro, pero sentí un compromiso moral con un amigo que se estaba muriendo. ¿Cómo me iba a ir a la mierda? Mirá, empeoraba rápidamente y se sabía que su final era previsible, pero quienes estábamos todos los días con él lo seguíamos intentando.

—¿Llegaste a ser de esos secretarios que mienten al teléfono apelando a la frase, "no, el señor no está"?

—No, sólo decía que estaba complicado y que llamaran en unos días más. El Negro atendía a todo el mundo, aunque no tuviera ganas. No le negaba una nota a nadie, tampoco le decía "no" a ningún homenaje, y mirá que al final tuvo varios: a quemarropa. Pero, nunca se iba a animar a mandar al carajo a alguien que le daba un premio. Me acuerdo que lo llamaron más de una vez hasta para que opinara sobre automovilismo. El se reía y decía: Yo no sé un pedo de eso, me confunden con otro Fontanarrosa. Era así, tímido pero espontáneo, siempre decía que de joven le costaba tanto hablar que a veces no podía ni ir a comprar un caramelo.

—También viajaste con él, ¿no?

—Sí, me subí a un avión y hasta tuve pasaporte por primera vez por el Negro. Lo acompañé a Colombia, México, Israel, España. Ahí tengo el pasaporte, nunca más lo usé.

—Contame algo que recuerdes de él y te haga reír.

—Curiosamente, no me dejó ni un dibujo ni un cuento; el Negro me dejó sus botines Puma. Una noche tenía un picadito con mis amigos y no me había llevado ropa al estudio. "Agarrá los míos Luisito", me dijo. Esa noche metí un golazo y al otro día se lo conté: "Y claro... son mágicos. Dejátelos". Lo que no sabe el Negro es que también me quedé con su camiseta de Chacarita. Los dos éramos canayas, pero esta es hermosa, de piqué, de esas con diseño viejo. En vida me dijo: "Ni loco te la presto", y después me la regaló su mujer. Es tan linda, si se entera me pide que se la devuelva.

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