La ciudad

"Luchamos mucho y muchos años, ahora que sigan los más jóvenes"

Ana Moro fue torturada en el Servicio de Informaciones (SI) de la Jefatura; su hermana gemela Míriam y su cuñado Roberto De Vicenzo desaparecieron en septiembre de 1976.

Domingo 18 de Octubre de 2015

“Roberto tenía la costumbre de tocarse la oreja, y Darío también. Pero la perdió al no ver más a su padre”, escribe Ana Moro, sobre su cuñado Roberto De Vicenzo y su sobrino Darío. El relato, que está acompañado por la fotografía del chiquito de poco más de un año y vestido con jardinero, muestra apenas una de las heridas que provocó la ausencia: la desaparición y asesinato de Roberto y Míriam Moro, hermana gemela de Ana. Esas heridas que hicieron al día a día de una familia que desde hace cuatro décadas da batalla por la memoria, la verdad y la justicia, y que logró “reconstruirse con las nuevas generaciones”, como señaló Gustavo, hijo menor de Míriam y Roberto. Esos detalles, como “sus formas de ser, el tono de la voz, la suavidad de las manos”, que su nieta Míriam —nombre que lleva por su abuela— no pudo conocer y que la adolescente recuperó en parte a través de las fotografías y los testimonios de familiares, amigos y compañeros militancia. De eso se trata “Por siempre jóvenes. Míriam y Roberto, una historia de amor en tiempos de lucha”, un libro que busca recuperar a través de las palabras y hermosas imágenes la historia estas dos personas víctimas del terrorismo de Estado, que las reivindica como militantes políticas y que busca dar forma a los gestos, y quizá así amortiguar esa “inabarcable ausencia”, como definió Juan Cheroni, su cuñado.

   Para Ana, esta fue una semana “de celebración” y el cierre de un ciclo. La salida a la luz del libro que llevó dos años de trabajo en el marco de la Secretaría de Derechos Humanos de la provincia, la obligó a repasar la infancia y juventud que vivió junto a su gemela y su cuñado, su desaparición y muerte, su propio secuestro y el de su marido Juan en el Servicio de Informaciones (SI) de la ex Jefatura de Policía, la crianza de sus propios hijos, pero también la de sus sobrinos Darío y Gustavo, la recuperación del cuerpo de Roberto, y las últimas cuatro décadas de lucha incansable junto a familiares y Madres de Plaza de Mayo. “Hoy tiene que ser una celebración”, insistió minutos antes de que los ejemplares fueran presentados oficialmente el miércoles en la Sala Rodolfo Walsh de Gobernación, pero antes de empezar a repasar la historia, la de Miriam y la suya propia, afirmó: “Luchamos mucho, muchos años. Ahora tienen que seguir los más jóvenes, yo ya cumplí un ciclo”.

   —¿Cómo define la historia de Míriam y Roberto?

   —Es una historia de amor, pero enmarcada en mi generación, que fue una generación que no sólo tuvo proyectos personales, sino también tuvo proyectos colectivos. Marcada por la política y por la transformación del mundo, y ese marco se da esa relación tan fuerte entre Míriam y Roberto.

   —El libro busca ser también una foto de la época.

   —Sí, porque en el proceso y en la charla con los compañeros aparecen los recuerdos, la facultad, las asambleas y cómo en ese momento estábamos tan comprometidos. Pero, además, éramos una generación a la que le gustaban muchas cosas, teníamos muchos intereses: el cine, la lectura, el deporte.

   —¿Cómo recuerda la infancia en Entre Ríos y en Rosario?

   —Fue una infancia especial y ahora que envejecí me doy cuenta de cuánto cambió el mundo. Cuando vivíamos en Crespo y también en La Florida las calles eran de tierra, jugábamos hasta la noche en la calle en el verano, en las siestas leíamos. Tuvimos una infancia feliz y las dos muy conectadas.

   —En el libro escribe: “Siento que a mí me robaron el alma al matar a mi hermana”. ¿Cómo era esa conexión?

   —Eramos gemelas, dos nenas igualitas, que fuimos a la primaria y a la secundaria juntas, íbamos a la misma iglesia, tomamos la comunión el mismo día con el padre Rogelio Barufaldi, con quien tuve un reencuentro muy conmovedor poco antes de su muerte.

   —También compartieron con Míriam la militancia, aunque con diferencias.

   —Discutíamos mucho, ella no podía entender por qué yo era trotskista. En el secundario en el Superior de Comercio, cuando empezamos a interesarnos en la política, las dos nos definíamos como socialistas; después empezó el movimiento peronista para que volviese (Juan Domingo) Perón y Míriam, que ya estaba en la Facultad de Psicología, se sumó. Yo sigo sin ser peronista.

   —¿Habló con Míriam de la posibilidad de la muerte?

   —Un día antes de su desaparición, el domingo 26 de septiembre de 1976, que fue la última vez que la vi. Ella se estaba por mudar de casa y llegó a dormir una sola noche ahí. Fue en ese momento que me dijo que estaba embarazada nuevamente, ya tenía a Darío de un año y 11 meses, y a Gustavo, que aún tomaba la teta, y me dijo que había decidido tenerlo. Hablamos del temor a la muerte. Yo no estaba militando, pero tenía miedo por ella, por los compañeros y algo por mí. Le comenté que éramos muy jóvenes, y ella sólo me contestó: “Qué puedo decir yo”. Ella ya presentía lo que iba a pasar, todos los días sus amigos más queridos y compañeros de militancia desaparecían.

   —Roberto desaparece a las pocas horas.

   —Sí, porque tenía una cita con un compañero y no quiso quedarse escondido. De ese grupo, cayeron casi todos.

   —¿Cómo fue saber que tanto Míriam como Roberto habían sido asesinados?

   —Yo había sido militante y cuando pasó un mes de su desaparición, sabía que los iban a matar. Lo supimos enseguida porque a los siete meses de su desaparición, nos secuestraron a mi marido Juan y a mí, y nos llevaron al SI en Jefatura. Ahí me encontré con sobrevivientes y compañeros, y supimos que los habían matado a los dos. Que Roberto también había estado en el SI, que lo habían torturado, y se lo habían llevado.

   —Quedaron Darío y Gustavo solos, ¿cómo fueron esos años posteriores?

   —Muy difíciles. Cuando me secuestran a mí, ya estaba embarazada de cinco meses de mi primer hijo, Sergio. Todo era muy doloroso. Intentábamos buscarlos, llevarlos a pasear, estar con ellos. Yo tuve que hacerme cargo de mi hijo, de los hijos de Míriam y Roberto, y de mi mamá, que por su sufrimiento estaba devastada. El hermano de Juan y su esposa también estuvieron presos, yo no podía trabajar ni estudiar. Llegamos a hacer todos los papeles para irnos a España, pero no pude dejar sola a mi mamá con los chicos. Juan fue un gran compañero y salimos adelante. Los milicos nos hicieron mucho daño, pero la vida me ha compensado con esta militancia y la gente maravillosa que conocí.

   —Van a ser 40 años de la desaparición de Míriam y Roberto: vino la lucha, ser querellante en los juicios que se llevaron adelante en Rosario, encontrar el cuerpo de Roberto, y ahora el libro.    

—Hoy la presentación del libro tiene que ser una celebración. Fueron muchos años de luchar, de dejar cosas personales, descuidar a los propios hijos. Vinieron finalmente los juicios, donde fui querellante y testigo en las causas Feced I y II, y también lo voy a ser en la tercera. Esos son avances, pero es un poco desgastante. Al libro llevamos más de dos años haciéndolo, y debo decir que fue muy doloroso recordar mi infancia, y escribir sobre personas que uno quiere tanto y ya no están.

   —El próximo 24 de marzo se cumplen 40 años de la dictadura cívico militar, ¿cómo lo vive?

   —Ahora me pasa que extraño mucho a las Madres (de Plaza de Mayo) que ya no están, quedan muy pocas. Sigo yendo a la ronda todos los jueves, a las cinco. Son muchos años. Primero los escraches, después los juicios. Ahora están los hijos que continúan nuestra lucha y eso es importante. Además, también hay que pelear por las cosas que siguen faltando ahora, eso no contradice nuestra lucha. Serán los hijos los que continúen. Yo llevo el duelo por mis muertos 40 años. Todos los 24 de marzo digo que es el último año que voy a la marcha. Luchamos mucho y muchos años, ahora que sigan los jóvenes. Yo ya cumplí un ciclo.

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