La ciudad

Los que hacen malabares por vivir sin agua en Rosario

En los barrios ubicados al límite de la ciudad aún miles de familias dependen de los camiones de la cuba para obtenerla

Lunes 09 de Marzo de 2020

Carina Ríos fue elegida “la mujer que abrió el grifo”. Así recuerda ella el reconocimiento con el que la premiaron en diciembre de 2018 cuando se inauguró el Acueducto Sudoeste, en la intersección de Avenida del Rosario y Ovidio Lagos. “Me sacaron la foto, estaba todo el barrio contento porque íbamos a tener más presión de agua, pero la alegría duró sólo por tres días, después volvimos a tener poco caudal, nunca supe por qué y me comí más de un insulto de los vecinos. No es mi caso, pero muchos por acá dependen para vivir de una canilla”.

   La mujer de 36 años, no sabe de cuestiones técnicas. Es ama de casa. Preside la vecinal de zona sur Sargento Cabral, en Ovidio Lagos al 7500, barrio Puente Gallegos, uno de los tantos al límite de la ciudad, muy cerca del arroyo Saladillo, tan contaminado como el sagrado río Ganges de India.

   Al otro extremo de Rosario, al norte, en la zona rural de Nuevo Alberdi y casi caída del mapa de Rosario, vive Miriam Gaetán: una mujer de 36 años y con cinco hijos a los que hace bañar juntos con una carga de agua de su pequeño calefón eléctrico. Ella lo hace luego, junto a su marido, “para ahorrar agua”, no por otra cosa.

   En el caso de Miriam el tema no es la falta de presión: a su barrio directamente no llega la red de agua potable de Aguas Santafesina (ASSA), por eso ella y 15 familias más de la cuadra dependen de un tanque comunitario de 2.500 litros que cada semana llena un camión cuba.

   Para dimensionar la necesidad vale saber que una familia de cinco personas, puede gastar aproximadamente cien litros para lavar los platos e invierte algo más de eso para el ciclo de un lavarropas, se usan 2.500 para llenar una pileta de lona chica, mientras que una con el doble de contendido (5 mil litros) totaliza el consumo de 25 personas por día, de agua potable.

   Además, Miriam, como todos en la zona, tiene una manguera que zigzaguea como una larga víbora sobre la zanja y se conecta a una boca de agua potable, a 200 metros de su casa, en el Canal Ibarlucea.

   Estos son sólo dos casos de las más de cien barrios populares que hacen malabares para vivir sin agua en las márgenes de la ciudad (según datos del Ministerio Desarrollo Social de la Nación, Cáritas Argentina, Techo y Confederación de Trabajadores de la Economía Popular (Ctep). La cifra se complementa con los 333 asentamientos irregulares en la provincia de Santa Fe relevados por el Registro Nacional de Barrios Populares (Renabap).

   En la mayoría de los vecindarios con carencias de recursos vitales son las mujeres las que se ponen al frente de los reclamos. Y Carina y Miriam, sus familias y vecinos no saben qué es abrir la canilla y dejar que corra el agua a cualquier hora. Lavan la ropa de madrugada, hierven agua a toda hora y, cuando pueden, le dan “fuerza” con bombas. Tampoco saben de qué qué se trata manguerear un auto para matar la tarde del fin de semana. No se imaginan regando ni baldeando para limpiar y refrescar una zona donde la sombra escasea tanto como la energía eléctrica y el confort. Esos son lujos principescos. Y el Carnaval, allí, en veranos agónicos con 35 grados promedio de calor, se vive en seco.

Un derecho

La Asamblea General de las Naciones (ONU) reconoció el 28 de julio de 2010 el acceso a fuentes de agua potable y segura como un derecho humano. ¿Sirve la declaración internacional cuando se conoce la cifra de casi una decena de niños y niñas de la comunidad wichí de Salta muertos por desnutrición y el mal estado del agua? ¿Sirve cuando junto al río Paraná decenas de barrios y asentamientos rosarinos ubicados a sólo minutos del centro, el agua escasea tanto como en un páramo? ¿Y cuando se habla de descacharrar para prevenir el dengue y en miles de casas hay tachos con reservas de agua para sobrevivir, sirve el consejo?

   Ninguna de las personas que dialogaron con La Capital pregona sobre el derecho al agua. No saben de obras pendientes ni quieren explicaciones técnicas: quieren agua y llegan a comprarla. Sí. Ya hay comercialización entre sedientos: vecinos que se las rebuscan vendiendo a sus pares las botellas plásticas de agua congelada a 30 pesos o los bidones de 6 litros a 100 pesos, entre otras tantas ofertas.

   Baldes, botellas, bidones, tachos, toneles y mangueras son el instrumental al que echan mano. Más de uno critica a estos rosarinos duramente argumentando que no pagan la boleta de Agua. Y es cierto. No son clientes de la empresa.

   “Somos como parias, parece que no existimos”, dice Miriam acompañada por unas cuantas vecinas que esperan la cuba como si fueran vacaciones, en pleno mediodía, bajo los rayos del sol. “Cuando el agua que extraemos del canal llega con poca fuerza, cavamos un pozo en la tierra, metemos el balde adentro y levantamos la manguera para que caiga con algo más de fuerza en el tacho”, explica.

   Hay otras estrategias. Caminar por ejemplo. Es lo que hace Roxana Izaurralde, de 41 años, cada día. Son unos 300 pasos de ida y 300 de vuelta, desde donde vive, nada menos que en una precaria casa que se levanta entre las viejas piletas del ex Balneario Los Angeles, popularmente conocidas en el siglo pasado como “La Florida de Puente Gallegos”, en Ovidio Lagos al 8500. Camina con dos baldes hasta la canilla de un vecino. Y Mabel Cabrera, otra vecina, muestra sus boletas del servicio de agua potable pagas pero confiesa que reclamó por la falta de presión. “Vivo acá desde los dos años, tengo 58 y en esa época ya había cubas, parece que el tiempo no pasó”.

   Como si todo esto fuera poco el director de los 50 centros de Salud del municipio, Fernando Vignoni, dice que el impacto que pueden ver en los centros de salud por la no presencia de agua segura o falta de cantidad suficiente de agua “es mayor presencia de diarreas en verano, infecciones en piel por defectuoso lavado de manos u otras virosis de índole respiratorias” como también riesgos al dengue por la falta de limpieza de los tachos o deficiente lavado de manos. Y sí, sin agua la higiene se complica.

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