La ciudad

Los cinco momentos más fastidiosos de las fiestas de Navidad en Rosario

No todo es alegría y brindís en las fiestas de fin de año, sobre todo en la Navidad que, para los rosarinos, es la fiesta de fin de año por excelencia. Tanta importancia se le das a la llegada de Papá Noel que, al final, más que disfrutar de una noche feliz, al final triunfa el estrés. LaCapital.com.ar repasó las luces y sombras de la celebración. 

Jueves 22 de Diciembre de 2011

Con el fin de año llegan los balances y las fiestas. Aunque son situaciones bien distintas, se cruzan y muchas veces peligrosamente. Si bien el espírtiu navideño es todo amor y paz, la organización de la reunión familiar suele traer aparejados problemas impensados. Lo mismo pasa con el arbolito y los regalos que inevitablemente lo engalanan en la Nochebuena. LaCapital.com.ar hizo un repaso de las complicaciones más frecuentes que se dan para esta fecha y las comparte con sus lectores:

1- El Vitel Toné: ante todo hay que aclarar que, como entrada, más con las tórridas temperaturas de este verano incipiente, es ideal, salvo, claro está, que te obliguen a comerlo año a año, en Navidad, Año Nuevo y si te descuidáis también en Reyes, simplemente, porque la tía, la prima, la cuñada, la consuegra, que si fuera por ellas no harían otra cosa que comer garapiñada y llenarse la panza de sidra, no saben cocinar otra cosa y algo tienen que hacer, algo tienen que traer, además de su voracidad sin límites, a la fiesta. Y lo peor de todo es que al final, cuando las fiestas ya son un vago recuerdo, el sabor picantito de esta exacta combinación de peceto, cebollas, anchoas y alcaparras, es una pesadilla de la que querés despertar ya mismo.

2- Los regalitos: es lindo recibirlos y hasta, cuando son para los seres queridos, es lindo comprarlos, pero cuando el natural agasajo, en la inequívoca muestra de afecto, que significa un presente se convierte en una obligación, en un compromiso, dejan de ser lindos, o peor, pasan a ser una tortura. O no les pasó de abrir entusiasmado al pie del arbolito un paquetito envuelto con celo por la abuela y al descubrir su contenido (un pack de zoquetes o de slips de colores o un juego de repasadores) y el mundo se les vino abajo. O no les pasó esperar con el corazón en la boca que den las doce campanadas para ver cómo se develaba el misterio de ese obsequio que tanto te costó conseguir y recibir como única respuesta un "gracias, no te hubieras molestado". ¡Maldición!

3- Las compras:
hay tanto que hacer antes de la Nochebuena, tanto que organizar, tanto que arreglar, tantos detalles que ultimar que, para que todo esté en orden cuando lleguen los invitados, hay que pasar por el súper, por el shopping, por la lavandería con semanas de antelación, pero ¿quién lo hace? Nadie. Y no porque uno no sea previsor, sino porque se requiere un aporte de capital extra que, para los que somos humildes asalariados, se llama "aguinaldo" y, hay que decirlo, no siempre llega en tiempo y forma, o llega, pero cuando lo hace, ya no queda nada en las góndolas, ni en las estanterías y mucho menos en ese negocio que nos pasamos diciembre con la nariz pegada en la vidriera y que cuando entramos a comprar es un páramo. Lo único que queríamos para nosotros ya fue.

4- La familia:
"¡No hay nada más lindo que la familia unita!", exclamaba, pleno de felicidad, Don Carmelo, en el cierre de "Los Campanelli". Y tenía razón, toda la razón del mundo. Porque sin ellos, sin los padres, los abuelos, los tíos, los primos, los sobrinos, las nueras, las cuñadas, los yernos, no se puede vivir...tranquilo. Son ellos, con su buena voluntad, con sus ganas, con sus optimismos inexplicables, la vida no sería vida y las fiestas, alegría pura. Aunque las fiestas, y en especial las Navidades, no serían lo que son son la familia, la de sangre y la política también, así que si uno quiere disfrutarlas a pleno, que eso no quiere decir necesariamente que haya que pasarla bomba, tiene que dejarse llevar y ser uno más del clan, aunque después, al día siguiente, te de resaca.

5- Los fuegos artificiales:
bombas, cañitas voladoras, rompeportones, baterías, un arsenal que sería la envidia de un terrorista árabe pero que en la Nochebuena está al alcance del cualquier niño, y lo que es peor, y lo que es más peligroso, está al alcance de los grandes, que con un par de copas de más son más peligrosos que Obama con síndrome de abstinencia de petróleo, son capaces de poner el planeta patas para arriba sólo para darse una panzada con la cara de susto de las vecinas.Y ahí uno pidiéndole, rogándole, que se dejen de joder que el Bobby no quiere salir de abajo de la mesa de la cocina y la abuela está aterrada porque cree que empezaron de nuevos los combates de la Guerra Civil Española. Amor y paz, qué más se puede pedir para la Nochebuena.
 

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario