La ciudad

Liderando los curiosos caminos de la fe

Mónica Tompkins es la primera pastora de la Iglesia Anglicana de Rosario. Cree que el amor a Dios se fortalece en el encuentro con otros y que la alegría es el mejor camino hacia la espiritualidad

Domingo 19 de Octubre de 2014

Cuando nos dejan en este mundo, sin decidir si elegimos este viaje, traemos una infinidad de efectos personales que nos diferencian, nos identifican, nos hace únicos como seres humanos. Pero también en ese conjunto de pertenencias simbólicas se incluyen otras piezas que tienen que ver con anhelos universales, búsquedas comunes, deseos que compartimos con otros y que dejan su huella en este planeta.

Las preguntas sobre nuestro origen, el deseo de desarrollar algún tipo de espiritualidad, pero particularmente, la necesidad de tener en qué creer, a qué aferrarnos, dónde descansar cuando el mundo se vuelve un exceso, está latente en cada uno. A nuestro modo, y a lo largo de nuestras vidas, vamos encontrando y eligiendo formas de responder estas preguntas. El deseo de creer en algo superior ha tomado, en la historia del mundo, una variedad enorme de nombres. Uno de ellos es la Iglesia Anglicana, que encuentra su origen con la reforma protestante, cuando los ingleses del siglo XVI se distanciaron del catolicismo sentando las bases de su propio recorrido de fe.
 
En Rosario, la iglesia tiene su lugar, su bellísimo lugar, en Urquiza y Paraguay, y está liderada por primera vez en la historia por una mujer, Mónica Tompkins, la guía de los varios centenares de fieles que abrazan el culto en la ciudad.
 
Tras seis años de “debatir con Dios” en los que no faltaron las dudas, tomó una decisión que transformó su vida pero que seguramente también siembra gérmenes de cambio en otras vidas.
 
Hija de una familia creyente con la que viajó por el mundo desde pequeña a causa de la labor de su padre en los ferrocarriles, Mónica atravesó una etapa en la que los trabajos que había tenido anteriormente, y en los que no le había ido nada mal, no la hacían del todo feliz. Y a esto se sumó que las puertas que se le iban cerrando en el mundo laboral convencional, se
abrían con facilidad en el universo de la fe. Sintió, de esa forma que no se explica con palabras, el llamado de Dios y es hoy es la indiscutida referente local. Mónica nunca se casó, pero no porque la iglesia no se lo permite sino porque “todavía no encontré a la persona adecuada”. 
 
En su voz cálida y serena descansa la confianza de saber que esta religión se presenta como un puente entre las distintas tradiciones. “Somos esa vía media donde tanto pueden acudir personas de tradición católica, como evangélica, y se pueden sentir cómodos”. Este concepto recorre a esta iglesia desde el primer momento en que llegó a nuestro país y define una
vocación de cuidado y protección del otro.
 
“Por un lado, la iglesia anglicana llega a la Argentina como capellanía: como un capellán, un pastor, que viene a cuidar a las familias inglesas; y por otro lado, vienen a hacer misión en el norte, con los indígenas. Creo que lo sobresaliente era que estos eran grupos de personas de distintas tribus de indígenas, sumamente desprotegidos cuando llegó la misión, y ellos vieron en los misioneros a quiénes podían hablar por ellos y quienes podían figurar por ellos. Yo creo que el aporte más grande que ha hecho la iglesia anglicana ha sido compartir su fe, pero además de eso, darle espacio o acompañarlos para que pudiesen ser escuchados y considerados. Eran épocas donde el tipo de misión que se armaba era como vemos en las películas: se instalaba un misionero y tenían un terreno cercado, iban conociendo a los indígenas y construían una iglesia. Pero más allá de lo de la fe (que ha sido muy importante) lo que hasta el día de hoy recuerdan los indígenas de esos primeros tiempos era toda una cuestión de protección y de tener, de repente, interlocutores”.
 
Esta especial forma de relacionarse con las comunidades es la marca registrada de la fe anglicana: “En general nuestras iglesias son, por la realidad que tenemos, relativamente chicas y por eso tenemos la posibilidad de estar mucho más comunicados con las personas; como pastores establecemos una relación personal con cada persona que viene, los conocemos”. De aquí se desprende la idea de entenderse en verdadera comunión, como familia extendida. Participar en comunidad es sinónimo de crecimiento en la relación entre la persona y Dios.
 
“Es la comunidad lo que te ayuda a mantenerte firme, a seguir leyendo, a seguir orando, a seguir buscando la voluntad de Dios, te ayudan a seguir adelante y a crecer en tu fe. Cuando no estás en una comunidad es como que vas en retroceso en tu relación con Dios”. Ese es el principal motor del anglicanismo: animar a las personas a tener una relación personal con Dios.
 
“Explicarle Dios a las personas es pensar en un Dios de amor que da todo por nosotros, que nos ha hecho promesas, que las vamos descubriendo y encontrando en la Biblia, y que es alguien que quiere tener una relación personal con nosotros, que nunca va a cambiar, siempre va estar ahí y esa es la base de las relaciones: porque cuando vos tenés una buena relación con Dios, tus relaciones con los demás se transforman”.
 
Sobre sacrificios y castigos. Explicar nuestros dilemas de creencias a través de la palabra Dios abre la puerta a históricos cuestionamientos respecto de lo que, desde otra perspectiva, se entienden como “sacrificios” o “castigos”. Desde su fe, Mónica habla de entender los valores de Dios y lo que El va planteando a cada persona: “Cuando yo empiezo a entender que en realidad Dios me da esas pautas porque son verdaderamente buenas, para mí y para todo el mundo, entonces yo puedo empezar a vivir eso ya no como un castigo sino con la libertad de ser una criatura amada por Dios y en relación con él. Un ejemplo muy común: a mí Jesús me dice en la Biblia que yo tengo que perdonar a otros. Y hay gente que me ha hecho mal y Jesús me dice que los tengo que perdonar, no una vez sino que siempre los tengo que perdonar. Y la verdad es que, bueno, a mí me cuesta, como ser humano, me cuesta. Pero yo sé, y lo sé por experiencia de mi vida cristiana, que cuando yo no perdono como Jesús me dice en realidad la que me quedo mal soy yo. Entonces eso es un ejemplo de que por ahí, Jesús me está pidiendo: hacé el esfuerzo y perdoná porque te hace bien a vos”.
 
Aggiornarse. Con esa idea presente, el anglicanismo se presenta como una religión que evoluciona manteniendo su propósito siempre visible: “El énfasis de la iglesia anglicana está puesto en la relación personal que Dios quiere tener con cada uno de nosotros. Entonces, para ser coherentes con nuestra relación con Dios, hay cosas que se tienen que ir modificando. Y no se modifica en las cosas fundamentales, se modifica en las formas. Para los ingleses, la música era con órgano y eran los himnos que ellos se sabían de memoria porque los habían cantado toda la vida. Pero hoy en día, si vos hicieras cantar a una de las personas jóvenes que viene a la iglesia esos himnos no significan lo mismo para ellos. Los cultos tienen que modificarse para que sean significativos para las personas. Yo no puedo decirle a alguien: vení, tengamos una relación con Dios pero vamos a cantar los himnos de siglo XVI. Hoy existen otros ritmos, y te vas cantando, entonces es lo que te acerca a él”.
 
Para Mónica, atender las necesidades de cada generación otorga la posibilidad de que cada vez más personas se acerquen a esa gran mesa que comparten, sin prejuicios, desde su iglesia; una iglesia marcada por la necesidad de adaptarse a convivir en la diversidad de corrientes teológicas y que se define en esta frase de la pastora: “Esta es la mesa del señor, no es la mesa de la iglesia anglicana, los que estén en comunión en su propia iglesia pueden participar con nosotros”.
 

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