La ciudad

Libros que conmueven y construyen memoria colectiva

El museo ubicado en Moreno y Córdoba alberga una colección que narra las historias individuales de víctimas del terrorismo de Estado en Rosario. Una veintena de escritores y periodistas fueron convocados a escribir cada ejemplar basándose en archivos biográficos aportados por familiares.

Sábado 09 de Junio de 2018

Son libros mínimos, atesorables. Tienen en su estética algo del pasado que se torna presente al ser leídos. Emocionan, conmueven, interrogan. Son los libros que integran la colección Dejame que te cuente, un proyecto que alberga el Museo de la Memoria y que busca contar quiénes eran aquellas personas que fueron víctimas del terrorismo de Estado en Rosario. Estos libros buscan conectar ese nombre con la ciudad, con un barrio, con un detalle cotidiano. La colección no tiene distribución, hay sólo dos ejemplares por cada historia y conforman, según sus mentores, una obra de arte colectiva que toma real sentido cuando los lectores hacen suyas esas narraciones.

   En tiempos de un renovado pragmatismo con rostro de posverdad, surgen preguntas como ¿para qué sirve un libro? ¿para qué sirve contar una historia? En este caso contar estas historias, y cada una de ellas en particular, abre un juego de subjetividades que permite una vez más que irrumpa la palabra ante aquello que por momentos se torna innombrable, el terror.

   Cada libro, realizado de manera casi artesanal, es diferente, porque narra la historia de una víctima en particular, de acuerdo a los archivos biográficos que resguarda el museo. Y para llegar a ese relato se convoca a un escritor o escritora para cada caso.

   Esos archivos se conforman gracias al aporte de familiares y allegados a las víctimas de la última dictadura cívico-militar. Recorrerlos conmueve. Una foto de un cumpleaños infantil, una libreta escolar, un par de llaves, un prendedor de bebé, un texto escrito de puño y letra, un recuerdo de un campamento estudiantil, el carné del club.

   Un archivo puede ser un conjunto de materiales, inmóvil, a la espera de que alguien lo consulte. O puede ser dinámico al ser puesto en clave del presente. El que se encuentra alojado en el Museo de la Memoria está en construcción en forma permanente, los actores de esa memoria, aquellos que pueden recordar, que pueden narrar lo ocurrido, acercar datos, detalles, pueden no estar dentro de un tiempo. Por eso es importante que ese archivo llegue a la calle. Y estos libros proponen ese juego. Cada lector que lee estas historias luego las lleva consigo.

   "Dejame que te cuente es un cruce de subjetividades, un cruce de muchas historias. Hay un nombre que anuncia el libro respecto de una historia que queremos contar. Pero también entre las letras y renglones de ese libro está la historia de aquel que la interpretó, el escritor, que eligió un rasgo para contar y que la elaboró también según su sensibilidad. Y están los lectores que imprimen lo suyo sobre ese libro", explica Lucas Almada, coordinador del Centro de Estudios del Museo de la Memoria y director del proyecto.

   En diálogo con La Capital, Almada explica el origen de la colección de libros, da cuenta del valor de un archivo que se construye continuamente y de la necesidad de que las historias no dejen de contarse nunca más.


   —¿Cuándo y cómo empezó este proyecto?

   —Presentamos la primera edición de siete libros en 2014, con una idea que trabajamos durante un año. Queríamos contar las historias, teníamos que encontrar la forma. Las historias estaban consolidadas a través de los juicios, de las fotos, de las marchas. Nosotros queríamos darle un anclaje, una encarnadura, en nuestra ciudad, en la vida de nuestra ciudad. Y nos preguntábamos cómo hacerlo. El museo viene trabajando desde que se creó con la construcción de archivos biográficos de las personas desaparecidas y asesinadas en la ciudad. La idea, entonces, que teníamos apuntaba a ver cómo acercábamos ese material a los rosarinos. Porque el archivo está disponible pero no es común que alguien lo consulte porque sí, en general los que más se acercan son los investigadores. El archivo es un primer relato. Queríamos plantear una narración no sólo como construcción literaria, sino también como un rasgo de la existencia, la narración otorga encarnadura, como la plantean algunos filósofos como Paul Ricoeur o Hanna Arendt, que sostienen que la única manera de decir quién es una persona es contando una historia. Y esa historia los pone de nuevo en la ciudad. Es decir, no eran extraterrestres, no eran personas que nadie sabía quiénes eran y que vivían en un mundo de oscuridad. No, eran personas que crecieron en una familia, fueron a un club, fueron a una escuela, jugaron, se pelearon, se rieron, hicieron opciones políticas. Esas personas transitaron nuestras calles. A la vez, esa narración opera como una conexión con la actualidad. Cuando vienen jóvenes de las escuelas a recorrer el museo y se encuentran con estas historias, se encuentran con esas personas que quizás fueron a la misma escuela o al mismo club.

   —¿Cómo es la metodología, cómo se conectan los escritores con las historias?

   —La idea de narrar fue creciendo, pero eso tiene una dificultad. Escribir estas historias es complicado porque tienen toda una trama de dolor, de ausencias. El primer escollo que los escritores tienen que saltar es un poco desacralizar la historia. Es decir cómo contar esto sin que alguien se enoje. Por supuesto que lo hacemos en contacto con la familia. En cierta medida es contar una historia literaria a partir de los documentos, como una suerte de literatura documental, donde los datos son los que están en el archivo pero el hilo de la historia puede ser otra cosa. Aparece la ficción no como una falsedad sino como una construcción. Ahí están esos datos, el autor puede seleccionar unos y no otros, encontrar algún gesto, algún rasgo singular de esa persona que uno pueda recordar

en relación a la ciudad. Si era un buen deportista, si era un tipo simpático, si le gustaba ir al cine, si tenía novia, si tenía amigos, si le gustaban las fiestas, si era un tipo que leía. Hablando del Holocausto, Ricoeur dice que hay víctimas que quieren menos venganza que narración.  

 —Cuando hay palabra hay deseo, hay vida, la cuestión es cuando no hay palabra.

   —Exacto, o cuando la palabra ya no dice nada, cuando se consolida de tal manera que pierde su significación. Entonces la narración es esa posibilidad de dar vida. Ese es el punto que hace crecer esa historia, esa posibilidad de interpretar las cosas que han pasado de alguna manera y en un momento configurarla de una manera particular. Y eso tiene un sentido que se completa con el lector. Ese era el eje que nosotros queríamos articular. Los visitantes, los jóvenes, que vienen al museo se van con una experiencia de lectura que seguramente va a cargar de densidad histórica el abordaje de esa época.

   —¿Y en ese momento, cuando logran definir el valor de narrar, deciden que sean libros?

   —Fueron decisiones éticas y estéticas, hacer de cada uno una historia para recuperar esa singularidad, sin perder la noción de colección. Nosotros queríamos recortar esa singularidad, no queríamos hacer un volumen con esas historias, sino que cada libro esté pensado para una persona. El diseño tiene que ver con la singularidad de esa persona. Es un trabajo doble, lo hace el escritor y lo hace el diseño. Tampoco es una tirada de difusión comercial, es una obra de arte. Sólo hacemos dos ejemplares, uno que está expuesto en el museo y otro para los familiares. Nosotros le damos este carácter de obra de arte colectiva. Es la ciudad escribiendo esas historias de las víctimas de terrorismo de Estado de Rosario. Somos muchas personas las que hacemos esta obra, que está viva, porque está en marcha, en construcción permanente. Veinte libros mas siete que están ahora en etapa de realización, pero nos faltan doscientos. El museo también se ocupa de ir armando los archivos, que es lo que va a quedar para la posteridad. Y este es un trabajo que requiere cierta urgencia porque dentro de 15 años va a ser más difícil tener acceso a armar esas historias.

   —¿Esas historias cómo se arman?

   —El museo tiene armados algunos archivos. Es importante que esto se conozca, que este lugar funciona también como un reservorio de un archivo biográfico de las personas que fueron víctimas del terrorismo de Estado. El archivo guarda las cosas que los familiares, amigos y compañeros creen significativas. Cada archivo es distinto, por esto de la singularidad. Libretas del colegio, diplomas, guardapolvos, notas del cuaderno de comunicaciones, ellos no donan el objeto sino que permiten tomar imágenes de eso. Hay también escritos, fotos de distintos momentos. En ese fondo documental se mete un escritor buscando algo que le permita contar con su sensibilidad esa historia que no es una biografía. Esos archivos son un tremendo trabajo de los familiares porque tienen que volver a un lugar siempre doloroso, que siempre los deja un tiempo embargados en una angustia muy profunda y no sólo por lo que sucedió en ese momento sino por todo lo ocurrido en estos cuarenta años. Pero también les sirve participar de la creación de esos archivos por que sienten que esa historia no se pierde, circula.

   —Es como que esa historia tan personal toma otro cariz...

   —Creo que hay dos cosas, hay un acompañamiento, porque las familias transitaron en soledad esa historia. Es más, hubo mucha estigmatización, hubo situaciones muy críticas, y las transitaron como pudieron. Y que esto sea un trabajo del Estado tiene un valor. Esto no surge desde una organización civil, sino desde el Estado que le está diciendo que va a preservar estas historias. Otro punto es volver a esas historias no solo desde la tragedia, sino que se encuentran con su familiar desde otro lugar. En cierta medida este proyecto es la posibilidad de un encuentro con otras característica con esa historia familiar que se desacraliza. Los familiares sostuvieron durante todos estos años la identidad de esas personas, junto a los organismos. A través de este proyecto es como que la ciudad se está encargando de escribir esas historias, para que no se pierdan. Ya no depende solo de ellos.

   —¿Cuál es el valor de la memoria?

   —Nosotros hacemos memoria siempre desde el presente, siempre recurrimos a la memoria por alguna motivación. Y como antropólogo te diría que lo hacemos en función de constituir una identidad. Si quiero decir quién soy, tengo que empezar a contar y eso constituye mi identidad, una identidad que es siempre provisoria, porque está siempre por contarse y siempre se va a contar. Creo que eso es también lo que nos ocurre socialmente, Uno recurre al pasado, a los relatos del pasado, para poder configurar una cierta identidad, es el valor de la elaboración de la memoria, más que el valor de la memoria como un objeto. De ese trabajo que vamos haciendo continuamente, lo que se recuerda y lo que olvida. La pregunta siempre es qué es lo que hay que recordar. Siempre es una elección y eso va a tener que ver con las motivaciones que me llevan a ese pasado. Y eso tiene que ver con Dejame que te cuente, esa elaboración la hacemos entre todos y no pensamos de igual manera todos. Eso le va dando densidad a esa obra. Es meterse en una vida, donde se darán cruces de sentidos, como el que le van a otorgar los lectores. Cada lector se lleva esa historia. Las historias se van caminando por la ciudad con cada lector.

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario