La ciudad

Le dijo a su esposa que lo esperara para cenar y nunca pudo regresar a su hogar

A Eduardo Piris todos lo describen como un “tipo bonachón” que se pasó toda su vida trabajando para mantener a sus tres hijos de 7, 4 y 3 años. Antes trabajaba como remisero.

Jueves 28 de Enero de 2016

Eduardo Piris habría cumplido 41 años el martes si un tiro en la cabeza no hubiera terminado absurdamente con su vida. Padre de tres chiquitos, dos varones de 7 y 4 y una nena de 3, el hombre se ganaba la vida desde hacía muy poco arriba de un taxi y antes lo había hecho como remisero. Cintia, su esposa, elabora pan casero para reforzar la economía familiar.

"Trabajar, trabajar y trabajar, eso es lo que hacía”, dicen ahora todos los que lo conocieron, y lo describen como un tipo “bonachón”, “muy compañero”, “tranquilo”, que “se pasó la vida luchando para mantener a sus hijos”. Sus compañeros de la empresa de radiotaxi 380 Mil dicen que “era lo más sano que había”.

Antenoche llamó a su mujer y le dijo “esperame para cenar”, pero quiso hacer “unos pesitos más”. Nunca volvió. Y los que llamaron a la puerta de su casa de Cabín 9 fueron sus colegas para llevar la peor noticia.

Al velorio que comenzó ayer poco después del mediodía en Casa Bassi (Salta y avenida Francia) también fueron sus compañeros los primeros en llegar.

Mostraban una tristeza infinita, silenciosa. Más que la indignación que desde que se cometió el asesinato había ganado las calles de la ciudad, en la sala Gris donde lo velaron a Piris flotaba una sensación de desazón frente al absurdo.

La muerte nunca llega con explicaciones, pero en este caso (como en tantas otras muertes violentas) era doblemente inexplicable. “¿Por qué lo mataron?”, “¿Pero por qué lo mataron así y no le robaron y punto?”, se preguntaban los taxistas en voz baja.

Hernán, David y Oscar, otros tres tacheros de la 380 Mil lo cruzaban todas las noches en la estación de servicios. “Vieras qué tipo tan buenito...”, dicen, “un pibe que no tenía maldad”.

Justamente esa bondad, creen, le jugó en contra cuando aceptó llevar a sus supuestos pasajeros a un lugar peligroso como Gutenberg e Ituzaingó, donde terminó ejecutado de un tiro en la cabeza.

“Es que ahí también vive gente  buena... ¿qué les vas a decir si te piden que los lleves?”, se preguntan los taxistas, y tampoco ellos tienen una buena respuesta.

Poco a poco van llegando los familiares a la sala. Primero tíos y primos, también desconcertados y doloridos; después su mamá y su mujer, ambas desesperadas.

“¿Cómo era Eduardo?”, pregunta La Capital. Su tía paterna, Gregoria Piris, lo define como “buenísimo y muy tranquilo”.

“Trabajador y buen tipo”. Cuenta que su sobrino nació en Pampa del Indio, Chaco, pero de chico se mudó con sus padres y tres hermanas a Rosario, a barrio Godoy. “Iba a cumplir 41 años el 2 de febrero”, recuerda la mujer.

Pese a tener una situación económica “un poco apretada” y que lo obligaba a “trabajar mucho”, ayer a la tarde Piris estaba por sacar dos pasajes a Córdoba para asistir el sábado con Cintia al cumpleaños de 15 de una parienta de la mujer. “No sabés la ilusión que tenía con eso”, dice Gregoria.

Su prima Vilma Piris también lo pinta como “una persona excepcional, que no tenía problemas con nadie, muy bonachón”.

Por línea materna, otra de sus primas, Sandra Juárez, recuerda haber pasado veranos enteros en la casa de Piris y sus hermanas Lucía, Patricia y Analía. “De chico era muy alegre, compañero y familiero”, cuenta. Y dice que tenía “locura” por los animales, sobre todo perros y pájaros.

Las pocas palabras con las que trazan una semblanza de Eduardo se alternan con otras expresiones de dolor, impotencia y pena. “Es muy loco esto, y muy injusto”, aseguran.

La familia viene de pasar una interminable noche en vela acompañando a los familiares más directos del muerto y tratando, a la vez, de que los nenes (los dos más chiquitos, porque el mayor no vivía con él) no se enteren de lo que ocurrió. Nadie sabe aún cómo les explicarán que el papá no volverá a la casa, y menos aún por qué.

Cerca de las 16, la entrada de Cintia y la mamá de Eduardo, Elsa, sirve de catarsis general para tanta tristeza y el llanto y los abrazos se vuelven el único diálogo posible.

“Ay, mi vida; ay, mi amor” es lo que repite Cintia, inconsolable, mientras se acerca al cuerpo de su esposo. La mamá pide verlo, como si ese ritual tan dramático fuera a la vez necesario para creer que lo que se ha dicho durante toda la noche de vigilia es lo que realmente pasó.

“Es una familia maravillosa, que lo único que hace es trabajar, trabajar, trabajar y trabajar —asegura Viviana, dueña de la casa donde Elsa se ocupa de las tareas de limpieza—, no sabés lo que son. Y Eduardo, con sus ojos verdes, siempre tan feliz, tan derecho, un padrazo que lo único que hizo toda su vida fue buscar un mango”.

Así vivió Eduardo Piris. Así murió. Trabajando.

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