La ciudad

"Las redes sociales pueden significar una movilidad social que no existía"

Gustavo Mesch estudió sociología y ciencias de la educación, es rector de la Universidad de Haifa y desde mediados de los 90 aborda los cambios que las nuevas tecnologías conllevan entre los jóvenes y las familias.

Domingo 18 de Marzo de 2018

La reconversión de las familias y, fundamentalmente, las relaciones de los jóvenes y adolescentes con la aparición de internet primero y la explosión de las redes sociales después es lo que a Gustavo Mesch lo ocupa desde mediados de los años 90, en el inicio mismo de la word wide web (WWW). Nacido en Córdoba, Mesch salió de la Docta para estudiar sociología y ciencias de la educación en Haifa (Israel), se doctoró en Estados Unidos, y volvió a Haifa donde actualmente es rector de la Universidad homónima, un espacio que define como "claramente multicultural" por donde pasan 18 mil alumnos (ver aparte). Lejos de la mala prensa que tienen los millennials, o nativos digitales, Mesch asegura que "lo que puede aparecer en principio como peligroso, que es la ruptura del monopolio de la información y el hecho de que en redes sociales las relaciones de los jóvenes en un porcentaje muy alto no pertenece a su círculo, puede resultar una ventaja inmensa y significar una movilidad social que antes no existía". Y, si bien entre las desventajas admite que "las normas en las redes sociales no son claras", agrega: "¿Los jóvenes leen menos libros? Yo también".

   —Sus investigaciones comienzan en paralelo al desarrollo de internet.

   —Cuando terminé el doctorado en 1993 empecé a estudiar el asunto de las nuevas tecnologías, el mismo año que internet se abría al público. Ya estaba claro que representaría una nueva revolución social desde el punto de vista sociológico y claramente cambió la forma en que consumimos, nos comunicamos, trabajamos y organizamos la vida. Internet trae la revolución de las redes sociales, pero no hablo de Facebook o Instagram, sino de la vida pensada en términos de redes sociales, donde en el celular de cada uno tiene un grupo de personas que representan su red social y que muchas veces no se conocen entre ellas, no tienen obligaciones entre ellas y difunden información en tiempo real, rápida y constante. Y esa red social va a todos lados, porque yo estoy acá físicamente, pero a través de mi celular y esa red también estoy allá. Justamente uno de los cambios fundamentales es la disociación entre el estar físicamente y psicológicamente presente en un lugar, y el nuevo hecho de poder estar físicamente en un lugar pero psicológicamente en esa red a través del teléfono.

   —¿Cómo juegan esas posibilidades en los adolescentes?

   —Empiezo por lo positivo, tanto para los adolescentes como para las minorías más desfavorecidas. Por primera vez en la historia pueden acceder a conocimientos y relaciones que antes no les estaban abiertas. Históricamente, se usa el concepto de similaridad social: nací en un barrio, de allí son mis amigos del colegio, llego al secundario y el barrio en el que vivo es consecuencia del logro de mis padres, y estoy en ese círculo cerrado de pertenencia. Con las redes sociales las relaciones de los jóvenes en un porcentaje alto no son de ese círculo y se relacionan con gente que no es conocida, y eso que puede parecer peligroso, también es gente con información que nuestro grupo social no tiene y puede permitir una movilidad que antes no se daba. Esto permite romper barreras, así como se rompen los monopolios profesionales de la información, ya que ni los médicos, ni los abogados, ni los profesores concentran ahora la información.

   —Y lo negativo...

   —Esta es una sociedad menos cohesiva en la pertenencia a los grupos primordiales, donde había normas sociales bien claras. Las normas de las redes sociales son poco claras. Ponemos información en la red y lo que sucede con eso ya no está en nuestro dominio. Hay un poco de peligro ante el control y aún hay que crear nuevas normas de privacidad. Antes, las familias tenían límites claros, con diferencias claras entre lo público y lo privado, esos límites hoy son permeables.

   —¿Qué hay de los argumentos que sostienen que las tecnologías generan conflictos al interior de las familiares o que alejan a los jóvenes de las relaciones interpersonales o actividades como el estudio y la lectura?

   —¿Que leen menos papel? Sí, claro; también yo. Cambian los modos, leen más electrónico y eso tiene que ver también con la información a la que acceden, de hecho los chicos son más informados, pero como sucede con los libros hay que guiar la proveniencia, algo que también sucedía con los libros y el tiempo del joven en las redes, que en la familia ha sido motivo de conflictos porque los padres han perdido el control de los hijos. El nivel de control de los padres hoy es diferente y debe haber un acompañamiento más que un control directo, saber solicitar la información de los chicos. Y, para eso, se requiere cohesión familiar, y debe invertirse tiempo en experiencias y vivencias conjuntas.

   —¿Cómo evalúa las posibilidades de inclusión de los sectores más desfavorecidos a partir de las nuevas tecnologías?

   —La inclusión debe tener dos niveles. Uno es el profesional, donde hay que proveer educación digital a todos los grupos de la sociedad y de todas las formas posibles. Hay países donde se empieza a educar en programación en la primaria y no hay problema en adecuar los programas tanto del nivel primario como secundario; y por otra parte crear servicios digitales con acceso a través de los celulares porque ese es el dispositivo al que tienen acceso los grupos desfavorecidos, y donde mantienen sus redes sociales. Ese acceso claramente crea ciudadanos más críticos y mejora empoderamiento social.

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