La ciudad

Las playas de la isla ubicada frente a la Rambla Catalunya no están habilitadas

Los paradores que se encuentran frente a Rosario aseguran que ponen carteles que advierten que la zona es peligrosa para meterse al río, pero no hay guardavidas ni boyas. El sector depende de la Municipalidad de Victoria.

Domingo 21 de Enero de 2018

Como cada vez que sucede un episodio de este tipo, el caso de Leandro Zárate, el joven de 38 años que se ahogó en el río mientras se bañaba frente al parador Isla Verde, en la margen entrerriana del Paraná, puso de nuevo la lupa sobre las medidas de seguridad en ese lado de la costa. Mientras tanto, desde hace unos cinco años crece el número de rosarinos que eligen esasa playas para combatir el calor y buscar un espacio de relajación, donde tomar una cerveza y comer un asado, a pesar de que la zona carece de controles mínimos.

La Capital recorrió el sector de islas ubicado frente a la Rambla Catalunya, donde se asientan unos diez paradores con gran concurrencia, para relevar las condiciones en las que los bañistas ingresan al Paraná. Lo cierto es que ninguna de las playas está habilitada para bañarse, no hay guardavidas, banderas que indiquen la situación del río y tampoco hay boyas que delimiten el punto a partir del cual comienza la zona peligrosa donde la profundidad se incrementa abruptamente. La presencia de controles es casi inexistente y se limita a la intervención de Prefectura sobre las embarcaciones. El municipio de Victoria, responsable estatal sobre la zona, es un agente ausente.

Si bien la mayoría de los bares tiene carteles que advierten que es una zona de barranca profunda y es peligroso meterse al agua (algunos no lo señalan), los bañistas hacen caso omiso de las advertencias e ingresan igual, muchas veces poniendo en riesgo su vida por desconocer el comportamiento del río. En un día de altas temperaturas, donde el termómetro sobrepasa con facilidad los 30 grados y el sol está radiante, no hay un solo parador sin al menos un pequeño grupo de personas refrescándose, incluso niños. La lógica indica que ante la presencia de un cartel que dice prohibido bañarse, no habría que zambullirse. Pero los más experimentados sugieren que, en caso de hacerlo para combatir el calor, al menos hay que tomar precauciones básicas como no adentrarse a más de un par de metros de la costa, mantenerse cerca de los chicos para controlarlos y no sumergirse alcoholizado.

Responsabilidad   

Los dueños de los bares sostienen que su responsabilidad consiste en advertir la peligrosidad, y que la presencia de esa señalética los exime de responsabilidad ante cualquier episodio. "Nosotros le avisamos a la gente que es peligroso, pero la verdad no podemos impedir que se meta al agua. Y la mayoría no toma precauciones. Se confían, piensan que el río es el mar. Te podés refrescar, pero tenés que ser consciente", cuenta Diego, titular de La Casita de Enfrente. El Gringo, propietario del parador Los Pagos, tiene otra lectura sobre el comportamiento de los bañistas, pero coincide en la cuestión de fondo: "El 90 por ciento de la gente que viene acá es siempre la misma y ya conoce el río. Es precavida. Pero igual ponemos el cartel para desligarnos de la responsabilidad si pasa algo", opina.

Cerca   

Fabián y Tomás, dos treintañeros que comen un asado en La Pulpería del Kayakista, otro de los paradores, dicen ser conscientes del peligro que significa meterse al Paraná en esas condiciones. "Sabemos que la caída está cerca. Cuando nos metemos andamos con cuatro ojos y no nos adentramos", describen. Pero prefieren la isla antes que la costa rosarina: "El agua es más limpia, hay otro clima, es tranquilo, hay camaradería y buena onda", refieren.

El problema es que la costa de ese islote, según cuentan los conocedores, se va carcomiendo con la crecida del río y el oleaje provocado por el paso de los barcos, que impacta sobre la costa y profundiza la barranca. Por ello la playa es corta y hay poca distancia desde el sector donde los pies aún tocan el fondo hasta el pretil (primer escalón antes del canal) que puede tener de dos a cinco metros de profundidad.

A su vez, la distancia es dinámica porque el río se mueve constantemente, y esto lo convierte en una trampa para quienes no están familiarizados. Además, los árboles que estaban en la barranca, cuando cede el terreno se caen y quedan debajo del agua. "Si alguien va con la lancha, se queda cerca de la costa y decide saltar al agua, puede caer sobre un árbol, porque ahí abajo no se sabe lo que hay. Y no hay nada señalizado", comenta un viejo habitué de la isla.


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