La ciudad

Las cursos los dicta el papá de una de las chicas que atropelló Sebastián Pira

Aquella madrugada, su hija menor, Daniela, de 16 años, fue atropellada por un auto junto a una amiga, Celeste Haiek. Ambas fallecieron y el episodio trascendió las fronteras.

Domingo 17 de Agosto de 2014

Una de las personas que lleva adelante los talleres de concientización vial para los conductores de motos es nada menos que Felipe Caruso, un hombre cuya vida cambió drásticamente el 2 de marzo de 1997. Aquella madrugada, su hija menor, Daniela, de 16 años, fue atropellada por un auto junto a una amiga, Celeste Haiek. Ambas fallecieron y el episodio trascendió a nivel nacional e internacional. Es que el conductor del vehículo, Sebastián Pira, quien iba a alta velocidad por Salta y Oroño, no sólo las impactó, sino que las arrastró 30 metros y las abandonó. El viernes pasado, la Justicia dictaminó la prescripción de la causa. Pira está prófugo desde hace 17 años.

   Poco tiempo después del siniestro, mientras acomodaban pertenencias de Daniela, Felipe y su mujer encontraron una carpeta con recortes periodísticos correspondientes a un trabajo práctico que la adolescente había realizado en el colegio. Y justamente se trataba de artículos sobre siniestros viales.

   “El primer recorte es de un choque que le costó la vida a un vecino de la cuadra, del barrio. Un auto lo atropelló cuando él iba en su moto. La foto que acompaña la nota es impresionante: el casco estaba en el canasto de esa moto. Recuerdo que todos comentábamos que no había sufrido lesiones visibles, que no tenía ni rasguños en la cara. Si hubiera llevado el casco colocado en la cabeza, quizá la historia sería otra”, narró Felipe.

La mejor nota. “Ese caso fue cercano a Daniela, porque todos conocíamos a la víctima; fue el disparador para que ella comenzara a investigar e interesarse en el tema”, abundó.

   Daniela logró la mejor nota de todos los trabajos presentados en su curso.

“El valor agregado de lo que hizo fue su compromiso por la problemática, y por haber redactado una carta dirigida al director de Tránsito de ese momento, donde le pidió controles a la salida de las discotecas a raíz de que gran cantidad de chicos maneja alcoholizado”, volvió a sorprenderse el papá de la joven.

Sin rencores. De todos modos, más allá del dolor, el tiempo pareció curar heridas: “Hoy no estoy enojado con Dios. Soy muy creyente. ¿Por qué no iba a pasarme a mí? ¿Acaso tengo coronita? A cualquiera le puede ocurrir lo que le pasó a Daniela, a Celeste, a nuestra familia. No compramos la vida. Pero, sí estoy enojado conmigo mismo, por no haber hecho cosas antes, por no trabajar a tiempo para evitar que siniestros viales se lleven la vida de tantas personas. Daniela fue quien me impulsó a que yo saliera a hacer algo”.

   Felipe trabaja en la Dirección General de Tránsito de la Municipalidad de Rosario desde 2004 y cuatro años después comenzó, junto a integrantes del Departamento de Educación Vial, a brindar charlas en escuelas de la ciudad, organizaciones y empresas.

Luego de sancionada la ordenanza municipal 8.014, el Ejecutivo inició el dictado de los talleres de concientización destinados a los motociclistas que, al conducir, hayan cometido infracciones graves.
A disgusto. “Generalmente son cerca de 30 personas las que asisten por taller. Cada vez que arrancamos, los infractores están bastante enojados. Empiezo el curso pasando lista, leyendo el motivo de la sanción por la que están alli y los escucho a cada uno”, remarcó el instructor.

Entre las quejas, la más recurrente está relacionada con lo que muchos creen que es “una pérdida de tiempo”.

Incluso otros manifiestan que quieren “pagar la multa y listo, irse de una vez por todas”.

   No obstante, Felipe sigue con la charla.

El inicio. “Comenzamos a hablar sobre las faltas que cometieron, sobre la importancia de ser responsables a la hora de circular en la ciudad, de respetar las normas, de llevar los elementos de seguridad y la documentación. Ahí empiezan a aflojar, los intereso y mucho”, contó antes de remarcar un logro: “Se van dándome la mano, una palmada, un abrazo, y agradeciendo la oportunidad que se les brinda de remediar lo que hicieron”.

   El remate del papá de Daniela es netamente personal.

“Al cierre de las actividades les cuento mi historia, lo que le pasó a mi hija y a su amiga Celeste. A mí me interesa la vida. Por eso lucho. Que la muerte de mi hija no quede en vano, que sirva para que a otros no les pase lo mismo que le pasó a ella”, reflexionó.

   “Tengo 78 años. Estoy grande y muchas veces me pregunto si es hora de dejar. Pero cada vez que lo hago siento la vocecita de Daniela que me invita a juntar fuerzas para seguir adelante. Hay mañanas en las que me quedo en la calle mirando y, de pronto, aparecen cosas increíbles. Por ahí frena en la calle una moto conducida por una persona con casco que me marca que lo tiene puesto o surge alguien que indica que ya no lleva a los chicos en ese vehículo. Esas son las cosas que te incentivan. Eso es lo que te motiva a seguir adelante”, concluyó.

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