La ciudad

Las calles se convirtieron en el agitado escenario de la violencia social

Los los límites se perdieron al igual que el respeto por el otro. Se presenta un contrato de convivencia que se resquebraja y la palabra se ausenta como elemento necesario de mediación.

Domingo 26 de Abril de 2015

Rosario tiene sus estados alterados. Las calles parecen un telón de fondo que envuelve exaltación, crispación permanente y reacciones violentas. Se pierden los límites y el respeto por el otro. Se presenta un contrato de convivencia que se resquebraja y la palabra se ausenta como elemento necesario de mediación. Cada respuesta se potencia por una realidad social que fomenta y multiplica conductas cargadas de negatividad y agresividad.

   En los últimos 15 días, la ciudad fue testigo de hechos que exponen crudamente esta situación. El viernes 10, alrededor de las 20, un hombre chocó de atrás a un vehículo, se subió al cantero central de bulevar Oroño (entre Salta y Catamarca), bajó y terminó incrustado contra una camioneta. Visiblemente fuera de sí, se ubicó sobre el techo de su auto y, desde allí, lanzó gritos, insultos y amenazas a la gran cantidad de gente que circulaba por esa tradicional arteria rosarina.

   El viernes 17, un motociclista se negó a que le llevaran la moto al corralón y la prendió fuego. Ocurrió a media tarde durante un operativo de tránsito que se estaba llevando a cabo en pleno centro (Sarmiento al 600). Los vecinos tuvieron que actuar para extinguir las llamas.

   El lunes 20, un agente de tránsito resultó con heridas leves y debió ser internado en el Hospital de Emergencias Clemente Alvarez (Heca) luego de que el propietario de un auto, que estaba por ser remitido al corralón, lo embistió al tratar de evadir el control con una maniobra peligrosa. Los inspectores habían detenido al vehículo por la tarde cuando manejaba su pareja con la tarjeta verde vencida y sin carné de conducir, en un operativo de rutina en Provincias Unidas y Marcos Paz.

   En tanto, el martes 21, una mujer que estaba gestionando la Asignación Universal por Hijo en la delegación centro de la Ansés (Rioja y Sarmiento) agredió a una supervisora y rompió una computadora al no poder completar su trámite por fallas en la documentación. Ese ataque provocó una inmediata medida de fuerza por parte de los empleados.

   Son sólo algunos incidentes, los que más trascendieron, los que llegaron a los medios en los últimos días, de una serie de relatos salvajes que no se detienen y que tienen características comunes: la desaprensión, la irracionalidad y la violencia como inconducentes métodos de respuesta.

   Estas cuestiones se repiten con los médicos en las salas de espera de los dispensarios y hospitales, y con los maestros en las escuelas. Muchas veces son blanco de ataques incomprensibles, que no reparan ni siquiera en el vital rol que cumplen en la sociedad.

Ausencia de palabras. “Todo esto no puede dejar de contextualizarse ya que, en parte, suceden hechos agresivos como siempre ocurrieron, pero ahora cuentan con el agravante de la asiduidad con que suceden y la gravedad que van tomando”, señaló la psicóloga Claudia Estecho en contacto con La Capital.

   “A estas situaciones hay que pensarlas en el contexto del momento social y cultural en el que estamos: divisiones entre buenos y malos, trabajadores y delincuentes, de un partido y de otro. Y las dificultades económicas también suman palpables motivos de descontentos”, profundizó en el mismo sentido.

   La psicóloga destacó particularmente la ausencia de un aspecto esencial en el funcionamiento de la dialéctica urbana. Una cualidad perdida entre la efervescencia, los malestares y los exabruptos: “Fundamentalmente, todo esto sucede porque no aparece la palabra, que es la mediadora y reguladora de las acciones. Hay muy poco interés en relacionarse con otros, y menos en ponerse en su lugar. Hay miedo al otro desconocido y se centran en las propias necesidades”.

   La profesional reconoció que se verifican más consultas en relación a estas conductas. “Personalmente, recibo muchas personas preocupadas por estos síntomas personales, que muestran posiciones egocéntricas y falta de inhibiciones”, confió.

Estrés colectivo. Intentando ampliar el análisis de este fenómeno de reacciones desmedidas que atraviesa e inquiere la realidad de los rosarinos, el psicólogo Angel Ayuso apuntó que “se puede pensar que la gente necesita que se visualice el gran estrés en que vivimos diariamente en las grandes ciudades, con acciones extremadamente violentas. Y que se puede expresar desde situaciones insignificantes como, por ejemplo, una moto que se cruza y te encierra en la calle, poniendo en peligro la vida de él y la tuya”.

   “Esto revela que nuestros umbrales de represión, en cuanto a la convivencia social, son cada vez más vulnerables. Y las leyes, que son las que nos garantizan el marco de convivencia, hoy se presentan muy débiles y flexibles”, ahondó.

   Acerca de la predisposición a esta suerte de estallidos, Ayuso comentó que “se puede pensar desde el orden de lo individual que hay personalidades más predispuestas desde la negatividad y el pesimismo de su visión de vida social”.

   Según el profesional, muchas veces los temas que disparan estos comportamientos son “del orden de lo pasional, como fútbol o política, en los que predomina esta gran pulsión que comanda y muchas veces hace perder la objetividad y el control”. Asimismo, admitió que también se presentan ante instancias de control o presencia de una autoridad. “A veces esto genera un descontrol y una carga emotiva en la que se explota en una gran descarga verbal o física, sin mediación posible, sin filtro psíquico”, aunque aclaró que esto debe ser analizado “desde el contexto social en el que vivimos”.

   El psicólogo sostuvo que “la naturalización de la violencia social hoy emerge en la mayoría de las consultas como un tema de gran preocupación y malestar generalizado, tanto en adolescentes como en adultos. Siempre aparece un gran malestar como algo que nos interroga a todos como sociedad”.

Cuestionamientos. Ante estas situaciones descriptas y el análisis de los profesionales de la salud psíquica, la ciudad, como hecho social colectivo, debería al menos cuestionarse más seriamente su postura ante estos comportamientos violentos, que cada vez se presentan con mayor frecuencia y que no tienen una solución rápida, sencilla o unimembre.

   Probablemente haya que comenzar a indagar las causas que disparan estos efectos. Los hechos sucedidos estos últimos 15 días en Rosario, y tantos otros que se multiplican en otras grandes urbes, lucen como síntomas observables de conducta que se fueron dando dentro de contextos sociales determinantes, y que se replican en otros espacios.

   Bajo esta mirada, la sociedad no puede, ni debe, permanecer estancada subrayando síntomas, sino reparar en sus orígenes. En ese marco, el bienestar social, la educación, la seguridad y lo económico, aparecen como factores fundamentales de la construcción de un semblante social, que se inicia desde lo individual, y que luego se direcciona hacia lo colectivo.

   Estos cuatro pilares parecen definir en estos momentos el clima de convivencia social. Un espacio que necesita ser trabajado y apuntalado desde las políticas públicas, para que se pueda vislumbrar una sociedad más tolerante, inclusiva, en la que cada ciudadano consiga la capacidad de ponerse en el lugar del otro.

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