La ciudad

“La violencia es el último síntoma que expresa un malestar profundo”

Monseñor Eduardo Eliseo Martín tomará posesión canónica de la Arquidiócesis de Rosario hoy, a las 16, en el Monumento Nacional a la Bandera. Habló de la situación social en Rosario.  

Domingo 24 de Agosto de 2014

De charla afable y risa pronta, Eduardo Eliseo Martín nunca pierde de vista la visión de la Iglesia sobre la sociedad; es el hilo conductor de sus análisis, un cuidadoso ir y venir que articula trascendencia con realidad.

   Dice que la autoridad es servicio para ayudar a crecer y no dominio, y que hoy, en su homilía, dedicará un párrafo al tema citando al apóstol Pedro: “Cuidemos el rebaño confiados, no de mal modo ni por sórdida ganancia, sino buscando el bien”.

Compartió tareas con el Papa Francisco cuando ambos eran obispos y está sorprendido por el nuevo destino que le asignó.

   Aunque cueste creerlo, resistió su vocación todo lo que pudo, “tenía miedo que se notara cuando me hicieron el test vocacional”, cuenta entre risas. Pero la Iglesia lo sumó a los 20 años, cuando un profesor de ingeniería química lo hizo reflexionar sobre el poco éxito que estaba teniendo en esa carrera.  

   Hijo de Eliseo y Juliana, hermano de José María y María Teresita, es el único sacerdote de la familia porque no pudo evitar la “voz que le sonaba adentro, desde los 11 años”.

   Llegó a Rosario el viernes con una cama que le hizo un amigo carpintero porque es “largo” (de hecho, había averiguado cuánto medía la cama del Arzobispado porque suelen quedarle cortas) y varias cajas con libros. Estos días volvió a leer La Resistencia, de Ernesto Sábato, un autor que le gusta. Además de Charles Péguy, Georges Bernanos, Chesterton, Paul Claudel y Umberto Eco, y reconoce que debería dar una vuelta por literatura más nueva.

   Hincha de Boca, de ansiedad futbolera decantada, miró y sufrió el Mundial. Escucha música clásica y maestros del folclore como José Larralde, Atahualpa Yupanki, Eduardo Falú y Alfredo Zitarrosa.

   — Eliseo, usted tiene nombre de profeta.

   —Somos un pueblo de profetas, anuncio de la salvación y denuncia de lo que no corresponde a los designios de Dios.

   — Le toca venir como profeta a una ciudad que está especialmente compleja.

   —No son los problemas los que nos definen, Rosario tiene otras cosas muy buenas, lo que no quiere decir que no hay que trabajar para resolver lo que hoy nos aflige.

   —¿Y cuando lo que aflige es la violencia?

   —Como se manifestó (el jueves en el Monumento) la gente, pidiendo a quienes tienen la responsabilidad que esto cese, pero son problemas complejos, hay que buscar las raíces de la violencia.

   — ¿Qué llevó a que se reconfigure la violencia al punto de naturalizar las muertes?

   — Hay diferentes niveles de respuesta, el más profundo es la herida que hay en el corazón del hombre. San Pablo decía hago el mal que no quiero y no el bien que puedo. La violencia está dentro nuestro. Envidia, adulterio, crímenes, engaños, peleas, salen del corazón del hombre. Nosotros creemos que el médico es Cristo; si le damos acogida verdadera, él nos sana, eso da paz en la mente y el corazón. A veces la inquietud en el hombre es favorecida por circunstancias externas, inequidad, falta de condiciones objetivas para desarrollar la vida de las personas, de trabajo, que sumado a la herida interna, generan la violencia.

   —Es la frustración que provoca un entorno vulnerado.

   —Evidente. El ejercicio de la virtud reclama un mínimo de bienestar material. Pero hay varios tipos de violencia: psicológica, moral, las que se ejercen desde el poder. El aporte que puede hacer la Iglesia es que Cristo sea recibido para sanar la herida interna, pero hay que trabajar en todos esos otros niveles. La violencia es como el síntoma último que expresa un malestar profundo.

   —Ese malestar profundo sería el objetivo perentorio en este momento.

   — Sí. Para nosotros, es hacer bien nuestra tarea evangelizadora, que a mediano y largo plazo es sanadora. Por ejemplo, si tengo una pequeña empresa con cinco empleados, si tengo a Cristo en mi corazón voy a procurar de verdad ser justo con ellos y como consecuencia sus familias estarán bien.

   — Estamos un poco lejos de ese deber ser en la sociedad.

   — La Iglesia humildemente lo ofrece, es encontrar la gracia de Dios. Esto es la semilla de una humanidad nueva. Una semilla.

   — Haciendo foco en Rosario, ¿cómo interpelan a la Iglesia los 168 homicidios que hay hasta el momento en lo que va del año?

   — Nos interpela a un trabajo más evangélico, a la conversión personal, a ser más fieles a Jesús, que esto dará un compromiso mayor por el bienestar de los demás. Si tengo a Cristo en el corazón, el salario del obrero no me puede traspirar en la mano, lo dice la Biblia. Si somos cristianos de verdad, claro que se mejora la sociedad.

   —Hay comunidades cristianas, como las evangélicas, que tienen mucha presencia en los lugares más vulnerables en lo social y económico.

   — No conozco toda la realidad de la iglesia católica rosarina, pero esa presencia nos interpela, qué estuvimos haciendo, a lo mejor estuvimos durmiendo la siesta.

   Los evangélicos anuncian a Cristo y eso es muy bueno; uno tiene que tomar ejemplos, en buena hora que haya esa presencia. Nosotros también tenemos que estar presentes en todo Rosario, hay muchas parroquias en los barrios y es intenso el trabajo solidario de Cáritas.

     —¿Qué cosas quiso saber de la ciudad antes de venir?

   — No vengo a un lugar que me es extraño.

   — Parece la canción de Fito Páez.

   — Si, Rosario siempre estuvo cerca (risas). Sé que es una ciudad pujante, con construcción, el puerto, es hermosa.

   — ¿Le dijeron que hay otra realidad más dolorosa?

   — Si, la conocía. Hay que ver cuales son las causas. ¿Es la inmigración? ¿La marginación la produce la ciudad o llega de afuera? El gran desafío es ver cómo esta ciudad puede acoger a los que vienen para que puedan tener una vida digna.

   — ¿Ya pensó lo que va a decir en el Monumento?

   — Ya lo escribí. El eje será la misión. La Iglesia no está para resolver problemas sociales políticos y económicos, sino para que el hombre se encuentre con Cristo. Una Iglesia que se manifieste por la caridad y el amor concreto. También tengo un párrafo para la violencia. Pero el acento hay que ponerlo en lo positivo, ahí se puede edificar, haciendo el bien se combate el mal, porque sino nos pasamos de diagnóstico.

   —¿Tiene pensado visitar los barrios?

   — Tengo que encontrarme con los sacerdotes y a partir del año que viene llegar a todas las parroquias, los barrios y el centro, porque hay periferias geográficas pero también existenciales; puede haber gente que no tiene problemas económicos, pero no encontraron a Cristo; y esa sí es la pobreza más grande.

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