La ciudad

La vida de Antonia, antes y después de recibir el órgano de un donante

Tuvo lupus y padeció durante mucho tiempo. Esperó un trasplante por 8 años, hasta que finalmente pudo hacerlo. Desde entonces todo cambió.

Miércoles 30 de Mayo de 2018

Antonia Ramírez todavía recuerda el día que un médico le dio la noticia. "Hay un órgano para vos", le dijo y ella no se lo tomó muy en serio. Llevaba años esperando un riñón y ya había pasado por tantos momentos de angustia que casi no le asignó crédito al comentario. Pero era cierto: alguien que era donante de órganos había fallecido y había llegado el día de recibir un riñón. Fue en 2007 y entonces, después de años de padecimientos, su vida cambió para siempre. "Ahora tengo una vida buena", afirma ella.

Fue un miércoles. "Ese día llovía y no tenía ganas ni de comer", recuerda. Estaba en diálisis cuando un médico llamado Fabio Costa le avisó que había en marcha una ablación de órganos. "No le di mucha importancia porque ya me habían llamado siete veces y siempre pasó algo", cuenta. Parecía otra falsa alarma, pero no: esa vez había un riñón para ella.

En el Hospital de Emergencias Clemente Alvarez había fallecido una mujer. Antonia sólo sabe que sufrió un ACV y que tenía 24 años. Algunas horas después la trasplantaron. Y su vida empezó a parecerse a una vida. "Si no fuera por ella, no sé qué sería de mi hoy", dice agradecida.

Antonia tuvo una vida difícil. A los 17 años perdió a su primer pareja cuando estaba embarazada. Poco después sus riñones dejaron de funcionar como debían y empezó un largo calvario. Hizo diálisis durante años y pasó por varias cirugías e internaciones, algunas de ellas de varios meses. Durante ocho años esperó un donante mientras su salud la sometía a toda clase de padecimientos. La cirugía fue en 2007 y desde entonces los buenos momentos empiezan a equilibrar a los anteriores. Y ella está bien, ocupándose de ser feliz.

Nació en Pilar, Paraguay. Pero muy pronto su familia vino a vivir a Rosario y aquí se quedó. Era muy joven cuando conoció a un hombre. Quedó embarazada , pero pronto él murió en un accidente de moto antes de que el hijo de ambos naciera. Anonia tenía 16 años.

En el embarazo aparecieron las primeras alertas. Tenía serios trastornos y dolores severos en las articulaciones. "No podía levantarme de la cama y sin la ayuda de mamá no podía hacer nada", recuerda. Entonces le diagnosticaron lupus, una enfermedad de los riñones para la que no hay cura, y le dijeron que su bebé también corría riesgos.

Convivió con los problemas físicos y los dolores. Contó siempre con la ayuda de sus padres y dice que sin eso no hubiese podido seguir. Conoció a otro hombre. Fue él quien a los 26 años la llevó al Hospital Italiano por una descompensación severa y un dolor que literalmente la tiró al piso.

"Ahí me dijeron que mis riñones ya no funcionaban", recuerda. Era el año 1998 y entonces comenzó a hacerse diálisis, después de pasar algunos días por el Hospital de Emergencia y terminar internada en el Centenario. Ella ni siquiera sabía de qué se trataba ese tratamiento y cuando empezó a hacerlo pensó que aquello no era vida.

Se sentía entregada. Casi no comía y pensaba que no quería continuar. Hasta que un episodio la impulsó hacia adelante. "Vino una de las médicas que me atendían, la doctora María Laura Benítez, y me hizo pensar de otra manera". Benítez le dijo:

— Hay enfermos que no tienen solución, con cáncer o graves problemas coronarios. Vos te podés trasplantar y volver a una vida normal. Ahí afuera tenés un hijo que te está esperando.

Antonia identifica ese momento como el que la hizo cambiar de actitud. Siguió con diálisis y entró en lista de espera para un trasplante de riñón. En el Hospital de Emergencias conoció al doctor Acosta y él hizo las gestiones para que la dializaran en el Centenario.

Mientras lo hacía vio cómo muchos pacientes como ella se quedaban en el camino, en su mayoría víctimas de un brote de Hepatitis C. "Hubo gente que murió delante mío, fueron momentos horribles", cuenta.

Por entonces vivía en una zona alejada de Funes y había personas que la ayudaban. "El camino era de tierra y cuando llovía la intendencia me mandaba un tractor para que pudiera salir. Después siempre había algún remisero que me llevaba hasta el Centenario". Sola, dice ahora, no hubiese podido pasar por todo aquel trance.

Hasta que el doctor Acosta, aquel miércoles lluvioso, le avisó que había un operativo de ablación en el Heca y podía haber un riñón para ella. La trasplantaron en el mismo Centenario. "Si no fuera por mi donante no sé qué sería de mi hoy", reflexiona.

Después siguieron pasando cosas. Se separó de su pareja, empezó a trabajar y capacitarse y hasta pudo manejar. También cumplió con un sueño que era imposible en las épocas en que pasaba todos los días por diálisis: viajar. Fue a Ushuaia, uno de los lugares que quería conocer, y volvió a Pilar, en Paraguay. Tenía una motivación muy personal: volver a ver a su abuela, que hoy tiene 92 años. "Pude darme el gusto de cuidarla", cuenta emocionada.

Conoció a un tercer hombre y esta vez se casó. Se contagió de Hepatitis C y se curó. Como padecía de un problema de várices, se operó y está mejor. Dice, entre risas, que ahora tiene un nuevo proyecto para su salud y bienestar: "Quiero mejorarme un poco la panza", afirma. Es que allí quedan aún los rastros de 13 cirugías y ahora que está bien quiere corregirlos.

Antonia es una mujer agradecida. Hacia sus padres, hacia su marido ("Lo tengo que cuidar como oro, no debe haber muchos como él"), hacia su hijo. Y sobre todo hacia su donante, que no sólo le salvó la vida sino que le devolvió una mucho mejor a la que había tenido hasta el trasplante. "Estoy viva gracias a ella", dice a los 46 años.

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario