La Ciudad

La oportunidad de los adolescentes del barrio Toba habitar el río de un modo distinto

La asociación Fijando Miradas organizó cuatro días de kayakismo y cruce a las islas. Para muchos, la primera vez

Domingo 20 de Diciembre de 2020

El río Paraná no significa verano para todos. Puede ser parte de una geografía más bien distante marcada por las barreras, el agua que se lleva todo, la noticia de quien se ahogó en ese lugar, el miedo a no saber nadar y, con suerte, el resultado de un día de pesca. Romper esa pared, resignificar esa referencia tan cercana y al mismo tiempo tan lejana para una decena de adolescentes del barrio Toba de Juan José Paso y Travesía fue el desafío que tomaron Tomás Eder y Gastón Schiavone, los profes de “Fijando Miradas”, junto a la guardería Río Marrón. La asociación civil trabaja con las primeras infancias en ese barrio del noroeste y sumó en los meses de pandemia a los jóvenes a sus actividades, esos que incluso fueron parte del espacio años atrás pero ahora se encargan de repartir la merienda a los más chiquitos y que además se quedaron huérfanos de lugares de contención en el barrio desde marzo pasado, con apenas algún contacto con la escuela. Ellos, que se pusieron al frente de más de un proyecto se ganaron la posibilidad de por una vez acercarse al Paraná de otro modo, sentirse seguros en él, aprender algo de kayakismo, cruzar remando a la isla y romper límites mucho más que geográficos.

Para el barrio la avenida Sabin, más conocida como Travesía, es toda una barrera territorial. El río y la costa norte no están lejos, sin embargo, no forman de los espacios a los que concurre la comunidad qom que está asentada en la zona. Ahí hace ya una década Tomás y Gastón, dos profesores de educación física, desembarcaron con un proyecto pedagógico y recreativo para las primeras infancias, y una merienda casa por casa que además es todo un termómetro para conocer las necesidades de las familias.

La pandemia no evitó que siguieran yendo casa por casa este año y, además de los chiquitos, se encontraron con los que habían sido integrantes del proyecto años atrás y que ahora, adolescentes, se habían quedado sin red ni espacio de contención en plena pandemia.

“Hay un Centro de Convivencia Barrial, pero está del otro lado de la avenida y no van, y la mayoría de ellos no tuvo contacto con la escuela”, cuenta Tomás, que señala el centro de salud como el espacio con el que trabajan más articuladamente. La falta de contacto con la escuela la ratifican los propios chicos. “Fui una sola vez este año y no volví más”, dicen entre bromas, y apenas hacen referencia a los cuadernillos que recibieron ya que sus posibilidades de virtualidad son nulas.

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Fueron cuatro jornadas donde aprendieron nociones básicas de kayakismo.

Fueron cuatro jornadas donde aprendieron nociones básicas de kayakismo.

En ese contexto, sumarse a las recorridas por el barrio con los profes, armar iniciativas e incluso por estos días estar preparándose para organizar la llegada de Papá Noel al barrio para los más chicos fue una de sus mayores motivaciones desde marzo a esta parte. “La idea de ir al río y que puedan acercarse de otro modo es el mimo que podemos hacerles a ellos por este tiempo de trabajo”, agrega Tomás, convencido de que los adolescentes son el sector de la población del barrio más vulnerado, menos tenido en cuenta y menos escuchado.

Vencer el miedo

Para llegar al Paraná había que romper con los relatos, las malas experiencias y los miedos que muchos de los chicos cargaban por vivencias personales, en algunos casos, por desconocimiento, en otros, e incluso por las historias que circulan entre sus familias y vecinos de las desgracias sucedidas en el río.

“Nunca había ido, además en mi pago no te encontrás más que un charco o una laguna”, dice Julieta, que es chaqueña, lleva 30 años en Rosario y aunque ya no es adolescente, se sumó al grupo y participó la experiencia. Ella se reconoce “con mucho miedo” por una situación traumática de la infancia, sin embargo, tras cuatro lunes de concurrir al río, cruzar a la isla y aprender a remar, asegura que quiere volver. “Y de paso festejé mi cumpleaños”, cuenta como una anécdota.

Los varones de pocas palabras no refieren del río más que algún paseo por La Florida o la pesca “detrás de las torres”, dicen en referencia a los edificios Dolfines Guaraní que están sobre la costa, a la altura de avenida Francia. No fueron pocos los que también tuvieron que vencer temores e incluso algunos se sumaron recién en la última etapa de la propuesta.

La idea de Tomás y Gastón, y que pusieron en marcha junto a los profes de la guardería Río Marrón, fue que los jóvenes pudieran acercarse al río, aprender de él, tomar nociones básicas de cómo cuidarse en el agua, darles herramientas y elementos de seguridad para aprender a remar y cruzar a las islas.

Así lo hicieron a lo largo de cuatro encuentros que se llevaron adelante cuatro lunes consecutivos y se extendieron a lo largo de toda la mañana.

“Íbamos caminando hasta la guardería y cruzamos dos veces”, cuenta alguno de los muchachos de pocas palabras. Melanie, entre las más entusiasmadas, asegura que remó “tanto el primer día que no podía mover los brazos”. Algo parecido le pasó a Gastón, otro de los pibes, que recién se animó para el último día y salió a remo con extremo entusiasmo al punto de que a mitad de camino “no daba más”.

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Junto a los coordinadores de la Guardería Río Marrón llevaron adelante dos cruces a las islas.

Junto a los coordinadores de la Guardería Río Marrón llevaron adelante dos cruces a las islas.

Cruce y asado

Entre risas y afirmaciones, todos admiten que la experiencia del río fue de las mejores cosas que les pasaron en este año pandémico.

Sin nexo con la escuela, viendo en muchos casos la pérdida de los trabajos informales que sostenían a sus familias, sosteniendo trabajos propios como el caso de Melanie que no dejó de ir al lavadero de autos donde colabora y saliendo la mayoría de ellos a cartonear como la única forma de aportar un sustento a sus casas, la experiencia fue sin dudas una bocanada de oxígeno.

Los profes buscan repetirlo el año próximo y ellos se entusiasman. Pero sobre todo Tomás y Gastón buscan sumarlos al espacio y al proyecto, escucharlos y hacerlos partícipes de lo que pasa en el barrio. “A estos chicos hay que darles el lugar que no tienen”, insiste Tomás.

El cruce a la isla se hizo la primera y la cuarta jornada, sin embargo, la última fue la mejor. Hubo remo, pero también asado y un encuentro donde compartieron entre ellos, con los profes y también con los coordinadores de la guardería que a lo largo de las cuatro jornadas les enseñaron que ese espacio de la ciudad también pueden hablarlo de un modo diferente. “Fue lo mejor”, dicen al unísono y con muchas ganas de volver.

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