La ciudad

La decoradora que trabaja para darle nueva luz a lo antiguo

La diseñadora e interiorista Laura Bredeston rescata objetos y recupera edificios, entre ellos algunos históricos, y cree que en eso hay arte.

Domingo 06 de Enero de 2019

A Laura Bredeston le brillan los ojos cuando ingresa a un amplio salón del edificio donde se reunirá con el periodista para hablar de lo que hace. Es que el lugar es una construcción centenaria, patrimonio de la ciudad, y entre otras cosas Bredeston se dedica a rescatar sitios como ese para que vuelvan a tener el valor que el paso del tiempo, las sucesivas intervenciones y hasta la desidia le quitaron con los años.

El edificio es el de La Capital y, ni bien sale del ascensor, Bredeston queda alucinada con los pasillos del primer piso, los mármoles y arañas, los muebles antiguos, los vitrales y el salón señorial del directorio.

Es el primer indicio de su pasión por lo que hace, de una auténtica vocación por el rescate. En Rosarito Ribera, el taller donde recupera objetos, pinta y decora, recicla y renueva, esa pasión se potencia. Allí, rodeada de piezas de diseño, muchas rescatadas por ella misma hasta convertirlos en algo bello y con un nuevo valor, es donde su tarea adquiere un sentido muy parecido al del arte.

"Soy interiorista", dice cuando debe ponerle un nombre a su vocación y su actividad. "Interiorista, restauradora, decoradora y escenógrafa", abunda.

Para explicarlo de otro modo, lo que hace Bredeston es emplear sus conocimientos de diseño gráfico, decoración y arte para darle nueva luz a lo viejo, a lo antiguo, a lo muchas veces descartado. "Para darle valor a lo que realmente tiene valor", explica.

Es tan rosarina como el Monumento a la Bandera. Después de completar su educación primaria y secundaria se formó en un instituto terciario. Estudió interiorismo durante cuatro años. Como todos, tuvo referentes. El pintor, ceramista y poeta argentino Pedro Giacaglia fue uno de ellos. Con el tiempo pudo completar una formación que incluye la escenografía, una actividad que para ella tiene "una veta artística" muy importante. Lo hizo en los talleres del mítico teatro Colón de Buenos Aires.

Conmueve cuando Bredeston habla de Giacaglia. "Lo conocí cuando tenía 70 años y apenas vi su obra supe que era lo que quería aprender a hacer", explica. No dice "hacer", sino "aprender a hacer", y eso la define como persona. El protagonismo del color en la obra del pintor nacido en Rafaela marcó el rumbo de su propia búsqueda.

"El color define algo bello o lo arruina", afirma al explicar la importancia de aquella influencia. Junto con la iluminación, para ella son la base de lo que embellece un objeto, un ambiente, una fachada o una habitación. "Son cualidades esenciales", recalca con un entusiasmo que contagia incluso a quien no entiende de su arte. Tal vez por eso, cuando debe restaurar algo, lo que sea, Bredeston acostumbra a verlo ("A mirarlo", prefiere decir ella) de día y también de noche. Es el punto de partida para imaginar cómo se verá ese mismo objeto, esa habitación o esa casa después de su intervención.

Bredeston trabajó en la restauración y decoración de algunas de las más destacadas construcciones de Rosario. Varias de ellas son patrimonio histórico de la ciudad. También hizo intervenciones en los museos Castagnino y De la Ciudad. Actualmente trabaja en una ambiciosa recuperación de la sede del Jockey Club, en el centro.

"Empecé en enero y voy interviniendo por ambientes", cuenta. El primer paso fue recuperar la planta baja, donde entre otras cosas está el comedor. "Quedó fresco y aggiornado", resume sin ocultar su satisfacción por la tarea realizada. Enumera además un sinfín de detalles que encaró para lograr ese resultado, aun cuando más de una vez tuvo que batallar duro para convencer a los socios. Su intervención allí está lejos de concluir, ya que seguirá trabajando en el bello edificio de Maipú y Córdoba hasta remozarlo por completo. En 2019 también empezará a hacerlo en el country del mismo club, en el barrio de Fisherton, cuyo predio curiosamente linda y le pone un marco verde a Rosarito Ribera, su coqueto taller.

La idea que guía su trabajo en sitios como el Jockey Club, explica, es restaurar interviniendo lo menos posible y respetando hasta donde se pueda lo que imaginaron quienes lo diseñaron y construyeron hace años. "Cuanto menos toque, mejor", afirma. Aun así, define su trabajo como "artesanal" y confiesa que fue su intervención en la Casa Fracassi, de San Luis y Corrientes, hace 15 años, lo que consolidó su pasión por la restauración. "Me voló la cabeza", confiesa.

Sabe que vive en una ciudad pletórica para alguien que restaura y recupera. "Me encanta la palabra «rescatar» y acá hay mucho por hacer en ese sentido", afirma. Sin embargo, advierte una severa falta de conciencia sobre la importancia de volver a darle valor a edificios u objetos históricos. Y afirma que "sin ninguna duda" ese déficit conceptual incluye a las instituciones públicas y a quienes están a cargo de gestionarlas. Algo que debería cambiar si se pretende conservar la esencia de lo que alguien diseñó y construyó hace años.

Cuenta que no tira nada y que trata de no gastar en cosas u objetos que no necesita. En Rosarito Ribera ("Por Rosario y por el río", aclara) se advierte sin necesidad de que lo explique. Para Bredeston, no tirar y rescatar lo que otros tiran es casi una vocación.

Trae al relato una anécdota: en uno de los lugares donde trabajó como restauradora pensaban invertir un montón de dinero en el marco para un cuadro. "Lo que no entendían es que lo verdaderamente importante era la pintura, no el marco", se explaya. Cuando los convenció no sólo había logrado que ahorraran plata: también le había dado valor a algo que parecía no tenerlo.

En su taller, cerca de donde el barrio de Fisherton ya casi se abraza con Funes, trabaja junto a su hija, que es orfebre, y con un fiel colaborador. Es un lugar distinto lleno de cosas bellas, en un entorno verde y bastante distendido a pesar de la cercanía de la ruidosa ruta 9. Los objetos de diseño se exhiben allí con una eficacia tentadora: es difícil no reparar en cada uno de ellos y a la vez es un placer disfrutarlos.

Bredeston vive en una casa de casi cien años, en el mismo barrio. Cuando la compró estaba casi abandonada. Allí atesora objetos que a lo largo del tiempo fue rescatando de acá y de allá, incluso de la calle. "Al lado de mi heladera hay un mueble que le compré a un señor que pasaba en un carro", cuenta y se divierte. Intenta contrarrestar así una tendencia corriente en el mundo de la decoración y el reciclado: que la gente compra lo que el mercado le ofrece sin pensar en lo que verdaderamente necesita, en lo que es útil o lo que es bello.

"Trabajo de otra forma: no tiro nada y recupero todo lo que puedo", explica.

Desde su mirada advierte una contradicción frecuente entre quienes acuden a ella para escuchar sus sugerencias. "Muchas personas no creen en el diseño y el rescate, en el valor de las cosas antiguas. Sin embargo es curioso, porque a todos nos gusta llegar a un lugar lindo y allí lo viejo se valora. A la gente le agrada vivir rodeada de cosas bellas". Ese es, intuye esta artesana de la restauración, artista de las formas y los colores, el motivo por el que, al contrario de lo que podría suponerse, su trabajo tiene una alta demanda: "Es que cualquier casa puede ser bella, y yo trabajo para conseguir eso".

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario

script type="text/javascript"> window._taboola = window._taboola || []; _taboola.push({flush: true});