La ciudad

“La calidad de las viviendas sociales es mala porque el Estado hace negocios”

Critica la calidad de las viviendas sociales que construye el Estado, elogia los barrios Cura, Rucci y Parquefield, fustiga los barrios cerrados “porque es una manera medieval de vivir”.

Domingo 26 de Octubre de 2014

Critica la calidad de las viviendas sociales que construye el Estado, elogia los barrios Cura, Rucci y Parquefield, fustiga los barrios cerrados “porque es una manera medieval de vivir”, pronostica que Funes “va a terminar siendo un asilo de ancianos” y dice que en las plantas bajas de los nuevos edificios habría que dejar de poner locales comerciales y cocheras pensando sólo en la rentabilidad económica, y en su lugar se deberían hacer grandes palieres o recovas como lugares de encuentro social. Contundente, crítico, reflexivo e innovador. Así se muestra en una charla con La Capital el reconocido arquitecto Rafael Iglesia, considerado todo un “maestro” por sus propios colegas.

“Rosario es una ciudad que está bien. Pero la sociedad rosarina es muy conservadora y mira mucho a Buenos Aires, que es una ciudad muy egoísta, y eso me molesta un poco”, admite.

El “Rafa”, como le dicen su amigos, nació en 1952 en Concordia, se crió en Monte Caseros y tras terminar la secundaria llegó a Rosario para estudiar en la universidad, donde se instaló definitivamente.
Entre los galardones más destacados que recibió se encuentran el Mies van der Rohe de Arquitectura latinoamericana de Barcelona por su obra “Casa en la barranca” en el 2000; el de la XIII Bienal de Arquitectura de Santiago de Chile en el 2002; el Premio Konex Platino en Artes Visuales 2002; el de la IV Bienal Iberoamericana de Lima en el 2004 por su obra “Parque de Diversiones”; The Excellence Award Designtope Design Competition (Japón, 2006); y el de la XV Bienal Panamericana de Arquitectura de Quito en 2006 por el edificio Altamira. Esta misma torre, ubicada en San Luis 470, fue seleccionada recientemente como una de las siete mejores obras de arquitectura del continente americano. Lo distinguió el Mies Crown Hall Americas Prize, organizado por el Instituto de Tecnología de Illinois, que en pocos días más definirá cuál de las nominadas se quedará con el primer premio.

Iglesia revela que se dedicó a la arquitectura de “pura casualidad”. “Mis amigos estudiaban esa carrera y yo empecé a cursarla”, comenta. Y es más, considera que es “un milagro” que haya sido arquitecto. “Es que vengo de una familia militar y fui al Liceo Militar”, cuenta. Y concluye: “Lo que cambió mi vida fue la lectura”. Justamente, numerosos libros, esculturas y objetos de diseño visten su casa-estudio de 1º de Mayo al 1000. Y entre ellos sobresale una amplia colección de textos de Jorge Luis Borges. “Me gusta mucho Borges, para mí es el mejor arquitecto. En sus libros el concepto de espacio lo maneja como los dioses. Cuando Borges agarra un puñado de arena en el desierto y dice: «modifiqué el Sahara», me está dando un concepto espacial que no me lo puede dar la arquitectura. Construyo conceptos a partir de sus frases”.

Iglesia califica a su estudio de “laboratorio” y revela que su método de trabajo es la observación (“soy un cazador”, se autodefine) con el objetivo de “construir otra mirada”. Lo que ve y lee lo convierte en un concepto. Vive experimentando, y cuando le llega un trabajo evalúa cuál de sus experimentos puede encajar. “Si supiera qué busco, no experimentaría. Me encantan ver vidrieras porque de cualquier objeto saco una idea, hasta de un par de zapatos. Soy producto del aprendizaje, no del conocimiento. No sé mucho, ni leo tanto como parece”, afirma.

El “Rafa” opina que “en Rosario hay muy buenos arquitectos” y se queja por lo ingrata que es la ciudad con sus profesionales. “Yo formaba parte del Grupo R que fomentó la arquitectura de Rosario por todo el mundo. Ahora el Moma de Nueva York está por sacar un libro con toda la obra del Grupo R. Pero siempre acá se mira a otro lado, a arquitectos de otros países para hacer las grandes obras, cuando en la ciudad hay muy buenos profesionales. Lamentablemente nadie es profeta en su tierra”.

   —¿Qué diferencias ve entre la formación de los arquitectos en su época de estudiante y la actual?

   — En general la formación de los arquitectos no es buena, ni antes ni ahora. No nos damos cuenta de lo que está sucediendo. Los arquitectos pasamos a hacer edificios más lindos o más feos, pero no nos damos cuenta de que la verdadera revolución en la arquitectura está pasando dentro de la casa, no en la calle, no en los edificios. Internet ha revolucionado los conceptos de espacio y tiempo con los que se organiza nuestra realidad. La computadora ha hecho que los chicos sepan más que los grandes. El chico dice: “Mi papá no sabe nada, no sabe bajar un mail”. Y el concepto de familia está cambiando. La vida en pareja es cada vez más difícil. Los matrimonios duran 48 horas.

   — ¿Y la arquitectura no está teniendo en cuenta estos cambios en los modelos de familia?

   — No, nosotros seguimos haciendo los mismos tipos de casas y departamentos. Viviendas de dos dormitorios, con baño, y hoy la gente vive diferente. El loft parecería ser el espacio para el futuro. Pero no nos hacemos esa pregunta. Nos quedamos con la forma, pero deberíamos utilizar la arquitectura como herramienta social, como herramienta de encuentro. El hombre está cada vez más aislado con la tecnología.Todo ha cambiado, y va a cambiar aún más. Hay que ver qué lugar tendrá la arquitectura en la sociedad que viene.

   —¿Qué actitud debería asumir el arquitecto?

   — Los arquitectos perdimos la capacidad de crítica, de cuestionamiento, aceptamos cosas como si fueran verdades reveladas, sin detenernos a analizarlas y las repetimos. Un ejemplo: los azulejos los colocamos unidos por juntas, que son las partes que siempre se ensucian, cuando podríamos colocarlos unos al lado de otros. Pero seguimos haciéndolo así porque así nos enseñaron.

Iglesia sobrelleva una enfermedad que lo aqueja desde hace algunos años, pero esto le ha dado más tiempo para pensar, generar ideas, que luego sus colaboradores llevan al papel y a las maquetas. “Una cosa que no sé por qué no hacemos los arquitectos es colocar espejos en las viviendas económicas de pocos metros cuadrados. El espejo te amplía el lugar, al menos psicológicamente, te da otra dimensión, y no es una cosa cara. Y te genera la sorpresa del movimiento. Nosotros decimos que la arquitectura es espacio, y hacemos espacio, pero no tiempo. Con el espejo incorporaríamos el tiempo.
Iglesia también está trabajando en un proyecto de viviendas sociales que las pensó para una de las zonas más privilegiadas de la ciudad: la barranca de los parques Sunchales y de las Colectividades. Casas que estarían colgadas de vigas y que no serían visibles desde los parques.

   —¿Cómo calificaría las políticas de vivendas sociales?

   — El Estado siempre hace negocios con las viviendas sociales. No trabaja seriamente. Detrás de las licitaciones siempre hay un negocio. No se hace con fines sociales, y como consecuencia el producto que sale es malo, de mala calidad.

   —¿Usted realizó viviendas sociales?

   — Sí, hace unos años construí viviendas del barrio Supe en la ciudad de San Lorenzo, y hasta el día de hoy están impecables porque pusimos materiales de calidad, como aberturas de aluminio. Allí negociamos con el intendente cambiar la altura de 2,50 a 2,40 metros, que es una altura normal con la cual podemos vivir perfectamente, y con ese ahorro en el presupuesto mejoramos la calidad de los materiales.

   —¿Hay algún barrio de Rosario que se haya hecho con planes sociales que se pueda destacar por la calidad de sus viviendas?

   — Sí, las casas de barrio Rucci son muy buenas. Los mejores planes que hubo acá fueron los de Eva Perón, donde se buscaba el progreso del ciudadano, no sacárselo de encima. Barrio Cura, que fue construido en la época de Perón, también está integrado por viviendas económicas hechas con materiales de calidad. Y yo no soy peronista, pero realmente esos planes eran muy buenos. Parquefield también se destaca.

   —¿Hay alguna zona de Rosario que le llame la atención por su singularidad?

   —La primera vez que vine a Rosario me sorprendieron dos cosas: los silos y bulevar Oroño. Cuando pasé por Oroño y vi las palmeras me parecía que estaba entrando a una ciudad centroamericana. Siempre me quedó esa imagen. Y los silos son parte de la historia de la ciudad, los deberíamos conservar, como en Galicia, que son monumentos históricos, pero acá la gran mayoría los demolieron.

   — ¿Cómo calificaría la arquitectura de Rosario?

   — Es muy buena. Pero la mejor de Sudamérica es la de Santiago de Chile, incluso mejor que la de Buenos Aires.

   — ¿Le gusta el estilo de los nuevos edificios que se están construyendo en Rosario?

    — Hacemos siempre lo mismo. Habría que usar las plantas bajas como lugar social. Me parece que la entrada es lo que jerarquiza un lugar. Las plantas bajas que tienen los edificios de Buenos Aires son fantásticas porque generan un ámbito de encuentro, de recreación. Hay pocas ciudades en el mundo que tienen esas plantas bajas, con esos palieres. En cambio, en las plantas bajas de los edificios de Rosario ponemos locales comerciales, departamentos, cocheras, porque somos genoveses. Aquí en Rosario sólo se ve algo parecido a lo de Buenos Aires en los edificios de avenida Belgrano, que tienen plantas bajas generosas, de primera línea, y departamentos poco exigentes, avaros.

  —Usted plantea una arquitectura que genere lugares de encuentro, pero hoy producto de la inseguridad lo que se multiplican son las rejas, los muros...

   — Precisamente, lo importante para la arquitectura es generar lugares de encuentro porque eso ayudaría a mejorar la seguridad. Debemos sacarle el jugo a las recovas, que tengan mesas y sillas, crear lugares como el bar Pasaporte (Maipú 509), donde con una sola maniobra arquitectónica -el ensanche de la vereda en la ochava donde no doblan los autos- se construyó un lugar de encuentro. ¿Por qué las dos veredas tienen que ser iguales? ¿Por qué no hacemos una más ancha y la otra más angosta para ocupar el espacio público, para que la gente se pueda sentar en la vereda? Esto es dar seguridad.

Porque la seguridad no se resuelve con policías. La seguridad se consigue dándola. Si mi vecino tiene educación y trabajo, yo estoy seguro. Así de fácil y así de difícil es el tema. Este tipo de cosas deberíamos hacer en Rosario. En muchos barrios de la ciudad se han mantenido las veredas anchas. Antes los padres decían “mi hijo está en la vereda”, y ahora dicen “está con la computadora en internet”, lo cual quiere decir que no saben dónde está.

   —¿Qué opinión tiene de los barrios cerrados?

   —Soy contrario al barrio cerrado porque es una manera medieval de vivir. Es una manera de separarse de la sociedad. ¿Por qué no puedo transitar determinadas calles y debo dar toda una vuelta porque hay un barrio cerrado? ¿Por qué una persona que vive en un barrio cerrado puede pasar por mi vereda y yo no puedo pasar por la de él? Eso es discriminatorio. Encima mucha de la gente que vive allí está armada, y así tienen a la propia violencia adentro de los barrios cerrados, y eso es peligroso. La gente que vive en un barrio cerrado está diciendo “acá tenemos plata”, entonces me parece que es una estrategia tonta para defenderse de la inseguridad. Es un llamador, “somos ricos” es lo que dicen las personas que viven allí. No entiendo en verdad esa estrategia.

   —En Rosario hay pocos barrios privados, pero proliferan en las localidades vecinas.

   —Sí, entonces hay que ver qué hacemos con esto. Los barrios cerrados se deberían mimetizar con el resto de la sociedad, y de alguna manera lo están haciendo. Hay cosas que son ridículas. Por ejemplo, hacer un barrio privado en Funes es ridículo. Funes mismo ya es un barrio privado. Inclusive yo creo que el día de mañana Funes va a terminar siendo un asilo de ancianos porque los nietos en el futuro les van a quitar a sus abuelos las casas con parque y pileta para usarlas los fines de semana, y los mandarán al pueblo a un departamento chiquito o a un geriátrico. Es lo que está pasando en Buenos Aires con las casonas de Olivos.

  —Si no hubiera sido arquitecto, ¿qué profesión hubiera elegido?

   —Investigador. Me gusta investigar, buscar lo que no hay. El trabajo mío se basa en la investigación fundamentalmente. La curiosidad es una cosa que llevo adentro. Como Dostoievski en la novela “El jugador”, que quiere perder pero haciendo todo el esfuerzo por no perder. Yo investigo tratando de perder pero haciendo todo el esfuerzo para no perder, porque cuando pierdo se termina el juego.

  —¿Cuál diría que es su mejor obra?

   —Mi hijo, y no lo hice solo.

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