La ciudad

Jóvenes y vulnerables: las caras más expuestas en los últimos saqueos

Marisa Germain, Silvia Robin y Hugo Quiroga comparan hechos de jueves y viernes con los de 1989 y 2001. En el diagnóstico coinciden especialistas que consultó La Capital para entender lo ocurrido.

Lunes 24 de Diciembre de 2012

Con las imágenes de los últimos días aún frescas en sus retinas, tres especialistas en temas de política y sociedad ensayaron ayer alguna explicación sobre lo que ocurrió en Rosario y otras ciudades del país. ¿Fueron robos o saqueos? ¿Qué tuvieron de distinto y qué en común con los eventos del 89 y el 2001? En sus hipótesis, los investigadores Marisa Germain, Silvia Robin y Hugo Quiroga coincidieron al menos en destacar el protagonismo que en el asalto a supermercados mostró un sector social aparentemente poco permeable a las políticas estatales y singularmente expuesto a ser cooptado por las redes del delito y el narcotráfico: los jóvenes más vulnerables, los que no estudian ni trabajan, los que no accedieron a un proceso de integración social porque el Estado llegó demasiado tarde.

"Al menos en las escenas que yo vi, había muchas más bandas de jóvenes organizados que familias o mujeres con chicos, una imagen que en cambio sí fue común en momentos en los que se trataba de un problema de supervivencia alimentaria", aseguró ayer Marisa Germain, investigadora y docente de la cátedra de Social I en la Facultad de Psicología de la UNR.

Para la especialista, el asalto a supermercados que sacudió a Rosario y otras ciudades la semana pasada se diferencia, al menos en sus inicios, de los que se vivieron durante la hiperinflación de 1989 y el 2001.

"El saqueo tiene un componente de impugnación de la propiedad del otro en términos de posibilitar la propia supervivencia: cuando la gente se lleva alimentos, cosas indispensables, está haciendo esa impugnación", asegura, algo que a su juicio no se dio esta vez. "Acá pasó otra cosa, no sólo por los contextos, sino por el tipo de objetos que se apropiaron y por la composición del grupo que realizó esa actividad".

El perfil del protagonista mayoritario en estos saqueos le permite a Germain, a su vez, marcar diferencias con los anteriores. "En el 2001 había una extensión aguda de la pobreza por el volumen que socialmente alcanzaba: la mitad de la población estaba por debajo de esa línea, algo que hoy no sucede".

Pero en la actualidad sigue habiendo "formas estructurales de pobreza, franjas a las que aún no llegó el efecto de las transformaciones que se vienen produciendo". Y en ellas, Germain recorta a "los sectores de jóvenes (varones, aunque no exclusivamente) que no logran el proceso de integración que se espera acompañe a un mejoramiento de la situación económico-social".

Esos chicos están particularmente expuestos a ser tentados por tramas o acciones delictivas aun tan puntuales como un saqueo.

"Cuando estos pibes deberían haber ido integrándose socialmente el Estado no estaba, empezó a aparecer cuando ya tenían cierta edad, pero esa integración no se puede remontar y por desgracia no se soluciona con la asignación universal, que es fantástica y va a solucionar muchas cosas, pero no repara hacia atrás", dice Germain, una problemática con la que el país deberá "lidiar por muchos años".

La vicedecana de Ciencia Política, Silvia Robin, enfoca también sobre el protagonismo de un sector de jóvenes vulnerables.

Para Robin, los chicos que no estudian ni trabajan representan un núcleo duro para las políticas sociales que encaran los gobiernos. “Eso los deja en una posición muy vulnerable, expuestos a caer en redes de delincuencia o narcotráfico, lo que hace que, sin ser delincuentes o narcotraficantes sin más, permite que hoy changueen y mañana roben”.

Son sectores “fácilmente manipulables”, en un cruce que varía según los contextos pero que puede asociar “a la delincuencia y el narcotráfico con cierto amparo que viene por el lado de la policía, la política e incluso la Justicia”, dice la especialista.

“Y ese podría ser también el embrión de explicación para estos últimos saqueos —afirma—: sectores marginales que rápidamente pueden ser incitados a cometer desmanes con la tentación de obtener una recompensa rápida a una necesidad que quizás efectivamente tengan”.

Claro que los jóvenes no fueron protagonistas exclusivos de los saqueos ni el alcohol fue el único objeto de codicia. Y allí pueden haber operado mecanismos de contagio. “Fenómenos como estos se pueden difundir a otros sectores sociales por algo que podríamos llamar una cierta modalidad de imitación”, recordó Germain, para explicar por qué ningún reduccionismo agota lo que ocurrió. “Hay muchos fenómenos donde eso ocurre; por ejemplo, los suicidios”, graficó.

Y por supuesto, en materia social nada puede ocurrir si no están dadas las condiciones.

Para el investigador y politólogo Hugo Quiroga, ese plafón tiene larga historia en el país y se nutre de una vocación a persistir en “comportamientos anómicos”, en el “resquebrajamiento del tejido social” y en la “violencia”, expresada en escenarios tan diversos como el fútbol, la escuela, las estaciones de tren y la calle.

Y sólo por esa combinación, “aunque de menor alcance e intensidad”, los últimos saqueos tienen bastante en común con los del 89 y el 2001. Aun así, Quiroga sintió asombro. “No esperaba una revuelta, entre comillas, de sectores empobrecidos de la sociedad, o de sectores no tan empobrecidos pero que, aunque minoritarios, expresaron una fuerte situación de anomia”.

El politólogo se pregunta por el “grado de espontaneidad” de los ataques. “Es importante saberlo”, dice, pero aclara que “aunque haya habido instituciones u organizaciones alentando estas expresiones, lo que aparece claramente es que existe un caldo de cultivo para esto”.

Por eso advirtió que “sería malo que tanto el oficialismo como las oposiciones no leyeran esto como señales muy claras de lo que pasa en la Argentina”, porque se trata de “una cuestión de fondo” de extrema gravedad.

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