Joan Manuel Serrat y Roberto Fontanarrosa en el Citroën del Negro
El día en que el cantautor catalán llegó a Rosario a visitar a su entrañable amigo, por fuera de su agenda de recitales

Domingo 13 de Noviembre de 2022

A mediados de los años 80, Joan Manuel Serrat visitó a su amigo Roberto “El Negro” Fontanarrosa en Rosario para ver un recital de Les Luthiers, que estrenaban invariablemente sus espectáculos en la ciudad y con quienes el Negro trabajaba como “colaborador creativo” desde 1979.

El catalán recordó ahora en su presentación en la esquina de El Cairo (donde se inauguró un paseo con el nombre del músico y el dibujante) cómo se conocieron con Fontanarrosa en el Mundial de España 1982, cuando el Negro iba al banco de suplentes de la selección argentina con su amigo, César “El Flaco” Menotti, el día que el equipo perdió en el debut contra Bélgica. “Después del partido ellos fueron a un bar de la colectividad argentina en Cataluña; yo estaba en la barra y el Flaco me lo presentó, pero obviamente el Negro estaba mal de ánimo, así que no fue una charla que uno recuerde”, contó el Nano, 40 años después.

“El Negro era un tipo de pocas palabras. Disfrutaba mucho de jugar al fútbol en un grupo que teníamos los sábados a la tarde en Universitario, donde cada uno que llegaba colgaba su carnet en un árbol y los primeros 14 salíamos a la cancha”, recuerda Quique, un amigo de aquellos picados memorables.

“Ando jodido de los meniscos, pero no le doy bola a la rodilla. Voy a jugar hasta que se rompa”, me confió el Negro en su primera entrevista para El Gráfico, una mañana de octubre de 1988, en su estudio de la calle José C. Paz, en Alberdi.

Extrañamente, aquella visita de Serrat a Rosario no coincidió con sus habituales giras por Argentina, que se repitieron desde 1969, en 1975 y desde 1983, con la recuperación de la democracia, sino que vino especialmente a visitar a su amigo Fontanarrosa y a ver el debut del recital de Les Luthiers, que presentaban varios textos con chistes suyos.

Durante esos días Serrat fue a comer a la casa del Negro en Alberdi, a la que llegó en un remís que estacionó en la puerta para esperarlo, y fue perseguido hasta el ingreso por una nutrida guardia de cronistas.

Las horas pasaban lentamente en una sobremesa interminable, sobre todo para los periodistas apostados en la puerta. Los dos amigos comenzaron a debatir sobre la mejor forma de salir sin que el catalán fuera acosado por los cronistas hasta que al Negro se le ocurrió una idea: dejaron al remís estacionado en la puerta y ellos se subieron al viejo Critroën 3 CV verde junto a otros tres amigos, con la precaución de sentarlo a Serrat en el medio del asiento trasero, con la cara semicubierta por un sombrero y salieron de la cochera lo más campantes. El contingente de la prensa se quedó apostado junto al remís de la puerta, mientras el Negro, Serrat y sus tres amigos se reían como aquellos locos bajitos.