Viernes 13 de Junio de 2008
"Recientes estudios sociológicos sostienen que el grado de civilización de una sociedad puede medirse en función de la cantidad y calidad de bocinazos que se oigan en sus calles", lee El Desubicado en el anverso de un paquete de galletas de arroz con el cual comparte últimamente sus tardes de angustia en una plaza, alimentando a palomas y a pobres niños piqueteros. De pronto "fiuuuuuummmm!!!", un bocinazo le destripa el moño y enciende la yugular. Ese estruendo es el medio por el cual un camionero pide a los albañiles de uno de los 9 edificios en construcción de la cuadra que le abran el obrador para descargar. Mientras tanto, a la voz de "boing, boing, booooooinng", un taxista solicita lugar a una mujer al volante que ha estacionado en una parada para poder hablar con una amiga por celular. Ese pedido se confunde con el "luaaaaaang pra-baaaaang" que un joven automovilista espeta sonoramente a un anciano que tras cometer el error de no morirse hoy salió a pasear demasiado displicentemente en su Rambler color caqui. Cada tanto un refrescante "la puta quelorremilparió" embellece el ambiente sonoro trayendo al menos algo de entendimiento entre los seres.
Tal vez, piensa El Desubicado, el bocinazo no sea un buen sistema de comunicación: su decodificación no siempre es clara y lo que se dice puede interpretarse erróneamente. Ejemplo: Marcelito a bordo de un Twingo avizora a un amigo cruzando la calle y, emocionado, pulsa el claxon para decirle "ey Cachito, qué hacé, cómo andá". Sin embargo, el "cue, cueee, cue, cueeee" que levanta la tapa de los sesos de Cachito es decodificado como "cruzá bien, badulaque descerebrado, o la próxima vez te levanto como un panqueque". "Ajá, con que badulaque..." masculla Cachito al darse vuelta e increpar de un cascotazo al desconocido que resulta ser su amigo... hasta el momento en el que el adoquín traspasa la ventanilla. De esto se puede inferir que el bocinazo, además de dañar siempre a terceros que no participan de la charla, no garantiza la amistad.
El problema es que todos parecen comunicarse exclusivamente a bocinazos. "Plaaa-taaaaaaaa", dice el acampe de la plaza San Martín. "Aura-noooooo, vie-nel-Cheeeeee", responde la Municipalidad. "Oink oink" interceden los ruralistas, "buiiiii-tóóóóón, gaaa-baaa-náaaaa" ordena de la presidenta, "ex-car-ce-la-cióóón" gritan los defensores de un dogo que está en la perrera por morder a alguien, "tra-trááá, tra-trááá" exclama la familia de una chica de 18 años que prefiere creer que la jovencita protagoniza una novela con Facundo Arana sobre redes de prostitución antes que admitir que la piba se rajó enamorada del impresentable mequetrefe de la otra cuadra.
Desorientado y sin saber qué trole hay que tomar para seguir hacia algún lugar donde impere la razón, del cual emanen ideas nuevas para un mundo en crisis, que renueve paradigmas para afrontar los nuevos problemas que se van sumando a los viejos, El Desubicado se dirige a la Facultad de Humanidades y Artes. Pero ingresa a un ruinoso hall que bien podría albergar el set de filmación de un surrealista drama situado en la Guerra de los Balcanes. En este lugar las clases se han suspendido mientras un grupo de alumnos y otro de profesores dirimen el ingreso o no de niños que pululan por pasillos y salones con una bolsita de pegamento como única contención.
El Desubicado escucha el diálogo de bocinazos también dentro de los muros de la otrora casa de estudios. "No podemos hacernos cargo de los niños pobres, para eso está la calle. Pongamos vigilantes para que no entren", proponen algunos profesores asustados de un feroz vendedor de curitas de 7 años. "No sabemos cómo hacernos cargo de los niños pobres, pero preferimos que entren ellos y no los guardias", dicen algunos alumnos mientras una ambulancia saca a un nenito que se dio vuelta con poxi en el patio.
Al final, tras tantos años de divorcio entre la universidad y la sociedad, ya no hay diferencias entre la facultad y la calle, piensa El Desubicado, mientras la mayor parte de la comunidad educativa se acerca a preguntarle cuándo serán los exámenes. Tal vez la suspensión de las clases sea lo más sano...