Investigadores le buscan la vuelta a cómo despertar vocaciones científicas en la secundaria
Científicos del IBR compartieron laboratorios con jóvenes de 4º y 5º año de la escuela media. "Hay mucho potencial entre los jóvenes, tenemos que identificarlo", señalan en el instituto

Lunes 18 de Abril de 2022

Las buenas preguntas abren el camino al conocimiento científico y a muchas cosas más. Pero la semana pasada, en el edificio del Instituto de Biología Molecular y Celular de Rosario (IBR/Conicet-UNR), la curiosidad no la aportaron los investigadores sino unos veinte estudiantes de los últimos años de la secundaria, convocados por un programa que busca despertar vocaciones científicas entre los jóvenes. Una apuesta a largo plazo, en tiempos en que las postulaciones a integrar grupos de investigación empiezan a decrecer.

La invitación a experimentar un día de trabajo en un laboratorio busca fomentar la cultura científica a través de acciones y actividades de divulgación en escuelas de nivel medio. "Hay muchísimo potencial en la gente joven, tenemos que tratar de identificarlo", aseguró la vicedirectora del IBR, Nora Calcaterra, y apeló a su experiencia personal para ilustrar la importancia de esta tarea.

"Cuando yo llegué a Rosario, a estudiar bioquímica, pensaba en recibirme y poner un laboratorio; en ningún momento se me ocurrió que podía hacer ciencia. Nos interesa llegar a ese estudiantado, para contarles que ser investigador científico no sólo es posible sino apasionante", sostuvo.

Con ese objetivo, becarios e investigadores del IBR recibieron a unos 20 estudiantes de cuarto y quinto año de las escuelas Gurruchaga, Superior de Comercio, Maristas y Estrada (de la localidad de Santa Teresa) que llegaron hasta el predio con vista al río del Conicet Rosario, en Ocampo y Esmeralda, para recorrer los laboratorios del instituto, participar de una experiencia de modificación genética de bacterias y charlar con los científicos.

Casi como en un juego de cambio de roles, los secundarios lucían pecheras blancas, los investigadores remera y zapatillas y, esta vez, eran los jóvenes los que hacían preguntas. ¿Cómo eligieron su carrera? ¿Su trabajo les permite viajar?, ¿Cuánto gana un investigador?, ¿Quién les paga los sueldos?, ¿Qué pasa si un experimento sale mal?, fueron algunos de los interrogantes que los becarios se encargaron de desandar.

Franco Savoretti, Natacha Baffo, Cecilia Vranych y Susana Delgado se encargaron de dar por tierra el mito de que "el trabajo del investigador es súper aburrido" y contaron cómo eligieron su carrera. "Lo único que tenía claro era que me encantaba estudiar, quería seguir estudiando toda la vida", blanqueó Natacha. Cecilia confesó que antes de elegir carrera cotejó las libretas de los cinco años del secundario para determinar en qué materias tenía mejores notas.

También le quitaron dramatismo al momento. "Siempre hay que pensar que siempre se puede cambiar de elección. Y también se puede ser investigador y seguir haciendo otras cosas que te gusten como jugar al fútbol o estudiar teatro", enfatizaron.

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Einstein, el GPS y la penicilina

Diego de Mendoza -uno de los fundadores del IBR, distinguido en 2018 como Investigador de la Nación Argentina, uno de los máximos galardones a los que puede acceder un científico en el país- también se encargó de despejar alguna de esas dudas.

"Todo lo que hoy día nos resulta obvio, existe porque alguien lo pensó antes. Con preguntas sumamente elementales se puede llegar al fondo de muchas cuestiones. Si Albert Einstein no se hubiera preguntado por la teoría de la relatividad, hoy no existiría el GPS, y si Alexander Fleming no se hubiera preguntado por qué sus cultivos de bacterias se llenaron de hongos, no habría descubierto la penicilina", contó.

Pero, sobre todo, destacó que "lo más importante de hacer ciencia es que podemos construir conocimiento y hacer contribuciones que resulten trascendentales para el país".

La carrera, los obstáculos

El IBR ocupa un ascético edificio de tres plantas inaugurado hace diez años, uno de los primeros en levantarse en el predio de la zona sur de la ciudad, conocida como La Siberia. En sus laboratorios y oficinas trabajan unas 200 personas, entre investigadores de carreras, becarios, personal de apoyo, tesinistas y pasantes, con el objetivo de generar conocimiento básico en ciencias biológicas que permita desarrollos para el sector productivo y la salud.

Si bien el número varía año a año, en función de las promociones de profesionales y de la cantidad de oferta que haya en otros institutos de ciencias biológicas o en empresas del sector privado, en promedio unos 20 jóvenes ingresan al IBR a partir de las convocatorias del Conicet o las lanzadas por el instituto, asociadas a distintos proyectos de investigación.

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En los últimos años, apuntó Calcaterra, las postulaciones empiezan a decrecer. "Años atrás, en cada convocatoria teníamos muchas más presentaciones que las que estamos teniendo ahora ahora. Y uno de los principales problemas que estamos viendo es la falta de vocación científica o la dificultad de que un joven pueda pensar qué es lo que va a estar haciendo dentro de cinco años", consideró.

Es que la carrera de investigador científico tiene tanto de pasión como de paciencia y empieza una vez que se termina una carrea de grado universitaria. Una tesis doctoral insume cinco años, una posdoctoral otros dos. Y, una vez terminadas ambas instancias, se puede aplicar a los concursos para ingresar a la planta estable del Conicet.

Lo sueldos de los becarios son otro factor aparte: la remuneración inicial ronda los 70 mil pesos, menos de dos salarios mínimos, contando el aumento de abril.

Una vez en el organismo de investigaciones estatal se pueden ocupar distintos puestos: asistente, adjunto, independiente, principal y superior. "Es una carrera muy larga y competitiva, en la cual no sólo hay que ingresar y permanecer sino que hay que pasar continuamente evaluaciones, anuales o bianuales", resumió la subdirectora del IBR y consideró que muchas veces va a contramano de la inmediatez con la cual las personas más jóvenes están acostumbradas a alcanzar sus metas.

"Por eso creemos que hay que trabajar sobre las vocaciones -remarcó- por eso es importante que los científicos vayamos a las escuelas, que promovamos estas vocaciones. Es una manera de contribuir a despertar intereses porque quizás tenemos gente súper valiosa a quienes nunca se les mostró la posibilidad de desarrollar su vocación científica".