La ciudad

Imágenes que regresaron al barrio Itatí como gigantografías

Los versos del mexicano Gerardo Grande dieron algunas vueltas en la cabeza de Roberto Leguizamón. Con 13 años nunca había pensado en eso de “estar inmóvil”.

Domingo 15 de Noviembre de 2015

“Juegos al filo del barranco. Trifulcas. Todo está bien. Menos la inmovilidad y el silencio”. Los versos del mexicano Gerardo Grande dieron algunas vueltas en la cabeza de Roberto Leguizamón. Con 13 años nunca había pensado en eso de “estar inmóvil”. Lo más parecido que encontró, dice, son los jugadores de plástico de un metegol, “siempre tan quietos, con lo bueno que está correr detrás de la pelota”. Después sacó la foto, el muñeco de plástico amarillo, cabeza abajo, en primer plano; detrás las casillas de la esquina de su casa de barrio Itatí. En septiembre, las imágenes tomadas por chicos como Roberto ilustraron afiches y postales del Festival Internacional de Poesía. La semana pasada, el proyecto concluyó con una pegatina: reproducidas en gigantografías las instantáneas volvieron a las mismas calles de los mismos barrios que las habían inspirado.

Roberto mira los afiches con una sonrisa grande, el pelo y las manos llenos de engrudo. Es uno de los quince pibes que durante todo el año participaron de los talleres que la Escuela de Experimentación en Cine y Fotografía del municipio lleva adelante en el barrio de la zona sudoeste de la ciudad. La escuela no tiene un espacio físico, está repartida en una decena de barrios como Itatí, Emaús, Tío Rolo, Mangrullo o Ludueña y semanalmente reúne a unos 150 alumnos de entre 8 y 18 años.

Las clases persiguen dos objetivos. “Hay un espacio educativo en el lenguaje audiovisual, pero no sólo pretendemos capacitar en términos técnicos sino también resaltar la importancia de la mirada de estos chicos y jóvenes sobre su entorno, su territorio, y la producción de sus propios mensajes”, señalan Andrés Nicolás y Germán Aponosovich, coordinadores del proyecto.

La experiencia se completa con la exhibición de esas producciones (ver aparte). Y, por eso, la invitación a participar del festival de poesía fue una buena oportunidad. Durante dos semanas, en los talleres se leyeron fragmentos de las obras de los poetas invitados, pensaron qué querían decir y, después, a la manera de un ensayo fotográfico les pusieron imágenes.

La semana pasada, los mismos afiches que en el centro de la ciudad promocionaron el festival, volvieron a poner esas palabras y esas imágenes en su justo lugar. Primero fue en barrio Emaús, en el distrito noroeste, y el miércoles pasado se sumó el barrio Itatí, en el sudoeste.

El paredón rojo. El centro de convivencia barrial de Itatí tiene sus paredes pintadas de rojo. La construcción llama la atención cuando se llega a Garibaldi y Pueyrredón, casi en el corazón del barrio que hace unos 40 años empezó a formarse entre las calles Ovidio Lagos, Doctor Rivas, Oroño y Juan Canals, en cercanías de la ex fábrica militar de armas, actualmente sede de la policía provincial.

El vecindario, beneficiado sucesivamente por la intervención de varios programas estatales (Rosario Hábitat, Promeba y, ahora, plan Abre), tiene casi completa su red de servicios urbanos; sin embargo, el déficit habitacional y sobre todo la situación de los jóvenes, desescolarizados y desempleados, representan todavía un desafío para las políticas sociales.

El paredón rojo de la fachada del centro de convivencia fue uno de los lugares elegidos para exhibir el trabajo de los chicos de la escuela de fotografía.

Los autores. Roberto Leguizamón encontró su foto en la esquina de su casa, una callecita a apenas dos cuadras del centro de convivencia. Sus compañeras del taller, María Julía García y Yasmila Blanco, ambas también de 13 años, tampoco tuvieron que caminar muy lejos.

A Yasmila le bastó hallar un charco armado al costado de un contenedor de residuos para componer su foto. “El barrio está muy contaminado, recorrés una manzana y la basura es lo que más resalta”, advierte.

La toma de Marijú también comenzó en una recorrida por el barrio. “Encontré un muñeco tirado en la calle, igual a uno que yo tenía cuando era chiquita, y lo quise fotografíar”, recuerda. Así, el juguete de paño, desgarrado, llegó al estudio improvisado en una de las clases del taller y, en ese contexto, adquirió otro sentido.

Ahora, con su foto reproducida a escala “gigante”, Marijú se entusiasma con la posibilidad de que “todos vean lo que me gusta hacer”, dice con una sonrisa.

La misma sonrisa que ofrecen sus compañeros, llenos de engrudo, casi al final de la pegatina. Y la que se les dibuja en la cara a un grupo de mujeres que mientras esperan que sus hijos salgan del jardín, toman sus celulares y sacan una foto.

 

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