La ciudad

"Hoy se argumenta en nombre de Dios sin pudor en pleno Parlamento"

Ricardo Terrile defendió el proyecto de interrupción legal del embarazo (ILE), que logró media sanción.

Domingo 09 de Junio de 2019

Esta semana hizo apenas 32 años que el divorcio vincular se hizo ley en la Argentina. Ricardo Terrile no llegaba a los 40 y en plena recuperación democrática impulsaba ese debate como diputado radical, mientras afuera del Congreso las plazas del “sí” y del “no” copaban las calles de Buenos Aires, el obispo de Luján Emilio Ogñenovich amenazaba con las siete plagas y el fin de la familia cristiana, y Bernardo Neustadt, desde el programa Tiempo Nuevo, convocaba a favor del “no” la plaza de Mayo. El 26 de abril pasado, como abogado y profesor de Derecho Constitucional de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Rosario (UNR), y con el principal argumento de que “no hay derechos absolutos, y tampoco lo es el derecho a la vida”, defendió el proyecto de interrupción legal del embarazo (ILE), que en junio logró media sanción de la Cámara de Diputados. A días de que una nueva iniciativa, con millares de mujeres en la calle, reingresara en el Congreso, evaluó ambos escenarios y procesos. “Hay un sector conservador que se repite en estos debates, que es el mismo de aquél momento, pero ampliado ahora por la presencia de las iglesias evangélicas”, remarcó como denominador común, pero sumó: “Hoy se argumenta en nombre de Dios sin pudor en pleno Parlamento, es un retroceso tremendo”.

—¿Cómo fue el escenario en el que se dio el debate por la ley de divorcio vincular?

—En ese momento Raúl Alfonsín ya había planteado el Congreso Pedagógico, el Juicio a las Juntas, y pensando cómo impulsar el divorcio vimos que la experiencia de España tras el franquismo podía servir para salir del atraso, porque entonces sólo Argentina y Chile no tenían ley de divorcio. Me demandó varios meses a estudiarla y con eso elaboramos el proyecto, que tuvo un debate precioso durante meses.

—¿Cuáles fueron al interior del Parlamento los argumentos a favor y en contra?

—Nosotros planteamos el sinceramiento de las relaciones de familia, esa fue la consigna frente a una sociedad hipócrita donde nada estaba legalizado. Por años, la mujer había sido una cosa y aún en los 60 ni siquiera podía administrar sus recursos, porque lo hacían sus hermanos varones o sus maridos, y era agraviante que no usara el apellido de su esposo. Además estaba el tema de los hijos, que sólo heredaban dentro del matrimonio legal y en concubinatos lo hacían sólo en un 50 por ciento; y ni hablar de la patria potestad que era sólo del padre, todo eso se abría al debate. Uno de los principales argumentos en contra eran las estadísticas, algo que ya se veía en España, que sólo tenían un pico en la regularización de las separaciones de hecho existentes, pero que luego decaían.

—¿Y en contra?

—Tomas González Cabañas, diputado por Corrientes, fue uno de los portavoces de los sectores más conservadores, ligados a la religión, y además se jactaba de su foto con el Papa. Porque los partidos justicialistas de las provincias como La Rioja, Catamarca, Corrientes, Formosa y Chaco fueron los que desplegaban concepciones muy conservadoras; y sólo el sector de (Antonio) Cafiero estaba a favor.

—¿Y qué pasaba afuera del Congreso?

—Recién habíamos recuperado el estado de derecho. La Iglesia Católica estaba mortificada y uno de los principales protagonistas fue el obispo de Luján, y en la televisión (Bernardo) Neustadt, en Tiempo Nuevo, en un momento en que no existían las redes sociales, hacía campaña y convocaba a la plaza del “no”. Lo acusaban a Alfonsín de tener una actitud marxista de destrucción de la familia, de provocar la desunión total por equiparar lo ilegal con lo legal, equiparar los hijos nacidos fuera del matrimonio, y de legitimar la “impureza” porque le daba derechos a los hijos “guachos”, como les decían. Claro que esgrimían “valores cristianos”, y planteaban que la ley daba por tierra con la autoridad paterna como centro de esa “familia cristiana”.

—¿Cómo hace un paralelo con el debate del aborto?

—La hipocresía aparece como un factor común, pero además sin fundamentos. Porque no hay fundamentos para argumentar en contra de una planificación de vida donde no entró nunca la idea del hijo. Ahí está la “dignidad personal” y entender el derecho de la mujer a decidir sobre su propio cuerpo, sus proyectos y procesos vitales. Lo que sucedió entre un debate y otro es que, con la reforma de la Constitución de 1994, cuando se suman los instrumentos internacionales de derechos humanos con la misma jerarquía que la Constitución Nacional, y las decisiones de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, que empiezan a ser vinculantes, se puede invocar en el tema del aborto lo que refiere a la “dignidad de la persona” que está contemplado ahí.

—El discurso religioso reaparece ahora, pero con matices.

—Ahora se da una situación que no existía antes y es que las iglesias evangélicas no estaban en el territorio, y hoy el avance es impresionante y sólo basta mirar a Brasil. Eso aparece en debate del aborto como un actor que no estuvo en del debate del divorcio. Sin embargo, en los 80, el discurso religioso aparecía algo más velado, se hablaba de familia cristiana, pero ahora se argumenta en nombre de Dios en el Parlamento sin pudor, y ese es un retroceso tremendo. Sin embargo, creo estos debates son verdaderos hitos y aunque estoy convencido de que a la larga siempre se gana, cuesta mucho. Los sectores de poder, como la Iglesia Católica antes, y sumados los sectores evangélicos ahora, tuvieron y siguen teniendo peso, y hoy más que nunca utilizando la figura del Papa. Y si no, pensemos en el caso de (Amalia) Granata, que de golpe suma esa cantidad de votos (a diputada provincial). ¿De quiénes son esos votos? De las iglesias evangélicas.

—¿Qué denominadores comunes encuentra en ambos procesos?

—Hay un sector conservador que se repite en estos debates, que vuelve a oponerse con argumentos similares. En el divorcio, en nombre de los hijos que quedarían “traumados”, y ahora en nombre de los no nacidos que “pagan los platos rotos”. Otro factor, pero que marca una diferencia, es que en el 87 teníamos un Congreso machista en un 85 por ciento, donde la ampliación de derechos a las mujeres aparecía como una concesión de los varones para que no griten ni se pongan histéricas. Esa mirada hoy no existe, ni puede existir porque la mujer ha logrado otro protagonismo y la presencia femenina en las legislaturas ha cambiado.

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