Hartos de la inseguridad, eligen vivir en pueblos cercanos a Rosario
La cuestión económica también es un factor decisivo para las familias que abandonan la ciudad en busca de serenidad y de estar más cerca de la naturaleza

Domingo 25 de Octubre de 2020

Por el mismo precio que un monoambiente en el centro de Rosario, Cecilia Borgatello y Lucas Grivarello consiguieron una casa en un terreno de 2.500 metros cuadrados, en la zona rural de Alvarez. No lo pensaron dos veces. Dejaron el departamento de San Juan y Buenos Aires, y se mudaron con sus dos hijos pequeños.

Belén Brunelli y Martín Postma tomaron una decisión parecida, pero decidieron trasladarse a la zona rural muy cerca de la comuna de Alvear, también con dos hijos pequeños. Al igual que Cecilia y Lucas viajan todos los días a Rosario para trabajar, pero no les importa, porque es más lo que ganaron que lo que dejaron.

Después de dos entraderas, Alejandro Mohan se fue a vivir con su pareja a Ricardone, donde sale tranquilo a la calle y puede andar en bicicleta sin que se la roben. Y Carolina prefirió instalarse en Bigand con sus tres hijos y su marido para tener la libertad de andar por la calle “sin miedo”.

Así, se repiten las historias de los rosarinos que se alejan de la ciudad y buscan lugares amplios, tranquilos y con costos mucho más bajos. Y no buscan en Funes o en Roldán, dos localidades que se sienten “invadidas” por los rosarinos, sino que se van más lejos, y no le temen a los kilómetros de viaje diaria que esto les implique. Dicen que ganaron en calidad de vida.

Vida sana y natural

A unos 30 kilómetros del centro de Rosario se encuentra Monte Flores, entre Coronel Domínguez y la comuna de Alvear. Hace cinco años que Belén Brunelli y Martín Postma decidieron instalarse y armar su familia. Viajan 25 minutos a Rosario a veces en auto y otras en colectivo.

“Soy de Alcorta y siempre viví en una casa grande con patio y saludando a la gente del pueblo. Después, me fui a estudiar a Rosario, y luego trabajé en varias ciudades del país, y lo disfruté mucho. Pero, cuando tuve que pensar dónde echar raíces no dudé en buscar un pueblo”, cuenta Belén desde su casa en Monte Flores.

Cuando nació el primer hijo de Martín y Belén vivían en un departamento, en Mitre y Catamarca. “Me empezó a dar claustrofobia y me iba al parque España, que era como el patio de mi casa, y a mi marido le daba miedo. Pero yo no podía pensar en criar a mi hijo en un balcón”.

A los dos siempre les había gustado la tranquilidad, el contacto con la naturaleza, el campo. “No teníamos un peso, y nos salió el Procrear, que nos permitía acceder a un monoambiente en Rosario, pero averiguamos y vimos que con el mismo dinero podíamos comprar un terreno y construir una casa fuera de Rosario. Y decidimos irnos”.

Hace cinco años Monte Flores era un paraje rústico y con pocas casas. Hoy el lugar “explotó” y hay varios desarrollos inmobiliarios en marcha.

En cuanto a los servicios, recién ahora tienen agua potable y luz “más estable”, es decir que no se corta a cada rato. En cuanto a la conexión a internet, cuentan con el mejor sistema de la zona porque lo provee una cooperativa de Gálvez. “Mis compañeros de trabajo de Rosario me envidian”, confió Belén.

El gas natural no llega y esto los llevó a buscar alternativas más ecológicas. “Tenemos termotanque solar y dependemos del sol para bañarnos”, explicó entre risas la mujer que en estos años tuvo a su segunda hija.

“Estamos mucho más tranquilos que en Rosario. No tenemos miedo, dejo la puerta abierta de mi casa, conozco a mis vecinos y todos conocen a mis hijos. Para mí esto no tiene precio”, reconoció quien subrayó que desde que se mudaron a la zona rural se despojaron de cuestiones innecesarias.

“No compramos más comida hecha, que a veces por la urgencia en Rosario no nos quedaba otra. Ahora cocino yo con lo que tenemos en la huerta y lo que compro en el super de acá que es “polirrubro”.

“Acá no hay quioscos, no hay pochoclero, ni taxis, ni otras propuestas de consumo que te llevan a gastar. Acá los costos son otros porque todo es mucho más casero, y sobre todo, lo más importante es que veo a mis hijos crecer sanos, libres, sin demasiadas necesidades. No están todo el día con el celu o la compu. Disfrutan de jugar con sus amigos en el campo. Ni nos prendemos la tele, aunque la tenemos”, manifestó.

“Hace pocos días, en clase de jardín por Zoom, la maestra les pregunto a los chicos qué escuchaban cuando salen a la calle. Los amigos de mi hijo decían autos, ambulancia, el churrero, y José dijo “teros””, yo con eso ya estoy hecha, confesó la mujer feliz de ver crecer allí a sus hijos.

Con la pandemia los viajes a Rosario se suspendieron, pero antes la familia se trasladaba todos los días a Rosario, cada uno a su trabajo (en pleno centro) y los niños al jardín de infantes. Al mediodía Belén los retiraba y con los dos pequeños partía rumbo a su casa en colectivo.

“A una cuadra veo vacas”

Por el mismo precio que un monoambiente, Cecilia Borgatello y Lucas Grivarello pasaron a una casa de 120 metros cuadrados, en un terreno de 2.500 en la zona rural de Alvarez. “A media cuadra de mi casa hay campo con vacas”, contó Cecilia quien con su marido y sus dos hijos desde hace casi un mes se mudaron a este lugar.

Toda la vida vivieron en el centro, muy cerca de San Juan y Buenos Aires, un departamento donde se instalaron después de casados. Pero, cuando tuvieron su segundo hijo se dieron cuenta de que ese lugar ya no daba para más. “Yo siempre fui del cemento, me encanta ir al gimnasio, caminar por la ciudad, pero cuando tenés hijos te cambian las prioridades y me di cuenta de que quería que ellos crecieran al aire libre y con espacio para jugar”, expresó Cecilia, de 32 años, quien aún se asombra de que puede dejar la puerta de su casa sin llave cuando sale a hacer un mandado.

“Yo quería luz natural, sol, naturaleza, espacio y le pedía a Dios esto, pero mi marido me decía que con el presupuesto que teníamos no íbamos a conseguir más que unas macetas”, recuerda la mujer que visitó inmuebles durante dos años a la vez que intentaba vender el departamento donde vivían.

“Busqué por Alberdi, por zonas más lejos, donde hubiera algo más grande para una familia, pero era tan difícil y además no nos daban los números”, confesó.

Como a los dos les gustaba pasear en auto, un día decidieron recorrer la zona de Alvarez. “No conocíamos ese lugar, y nos encontramos con una zona muy linda con muchos árboles y lotes grandes. Para nuestra sorpresa, vimos una casa a la venta que era ideal ¡hasta pileta y parrillero tenía!”, manifestó. Al poco tiempo vendieron el departamento y con ese dinero compraron la casa tal como la había soñado y “rezado” Cecilia.

Los dos trabajan en Rosario. Ahora en 25 minutos están en el centro, pero no les molesta porque “llegar acá te cambia el humor”, reconoció la mujer que atiende en un consultorio de nutricionistas y prepara viandas.

Los chicos van a empezar, cuando se pueda, las clases en la escuela de Alvarez que si bien es privada sale cinco veces menos que en Rosario. “Además, me lo pasan a buscar por la puerta y sus compañeros son sus amigos del barrio”, contó entusiasmada.

“Tomamos la decisión por los costos, que son otros y por su puesto que influyó muchísimo la inseguridad porque acá dejás la bici en la puerta y no pasa nada. Salimos a caminar tranquilos y está todo bien”, relató.

Después de dos entraderas

Alejandro Mahon, de 38 años, es el encargado general de un apart hotel de 3 de Febrero y Pueyrredón desde hace más de 10 años. Vivía muy cerca de las Cuatro Plazas, en barrio Belgrano, cuando sufrió dos entraderas. En una estaba toda su familia y en la otra estaba él solo y durante dos horas, ladrones con armas lo retuvieron. Le costó mucho recuperarse y se fue a vivir a Brown y Moreno. Sin embargo, ya no se animaba a salir en bicicleta tranquilo.

Por eso, cuando se dio la oportunidad, hace tres años, se fue a vivir a Ricardone. “Al principio no tenía auto, viajaba en el 35/9 durante dos horas para llegar a trabajar, y eso fue duro. Pero después me pude comprar un auto y ahora en 40 minutos estoy”, relató.

El joven confesó que está “mucho más tranquilo, estás al lado del campo, volvés de trabajar y te encontrás con esta tranquilidad, y te podés dedicar a hacer cosas que te gustan, en cambio en Rosario, como tenés tanta oferta al final te la pasás corriendo de un lado a otro”.

El hombre contó que aunque la zona es tranquila, en los últimos años “cambió muchísimo y se ven emprendimientos y construcciones”

Chicos libres

Carolina creció en Bigand y hace tres años, con su marido y tres hijos decidieron volver a vivir al pueblo. “Viviámos cerca del parque España y por mi trabajo tenía que dejar a los chicos muchas horas con las niñeras, además de las incontables rondas y horarios de colegio hacían muy difícil y estresante la vida”, contó la mujer.

Ahora está feliz porque ve a sus hijos crecer en libertad. Aunque sigue yendo una niñera a cuidarlos mientras ella trabaja, la realidad es que los chicos “se mueven solos en la calle, salen en bicicleta y nosotros estamos tranquilos porque acá no hay inseguridad”, explicó.

La vida les cambió totalmente. Sus hijos pasaron de asistir a un colegio privado del centro de Rosario a una escuela pública donde comparten las aulas con todos los chicos y “pueden ver que la vida es mucho más que lo que se ve en una escuela privada”, reconoció Carolina.

“Vivimos sin miedo, la gente te saluda, es amable, y estamos mucho más tranquilos”; destacó. Y si bien extraña a su madre y hermana que viven en Rosario, no cambiaría su vida actual por otra.