PANDEMIA

"Fatiga de zoom", un malestar que nació con la pandemia

El contacto excesivo con lo digital produce hastío, apatía y agotamiento. En Rosario hay cada vez más casos de bournout entre los trabajadores que hacen tareas en forma virtual

Domingo 22 de Agosto de 2021

Zoom, videollamadas, whastapps, mails que ingresan directamente al celular, vínculos laborales y sociales que se trasladaron a las pantallas sin límites, en cantidad y en horarios a causa del Covid. A casi un año y medio de la pandemia la hiperconectividad está dejando sus huellas en la salud psicofísica de las personas de todas las edades, en un contexto en que la nueva normalidad todavía no termina de delinearse.

Agotamiento, apatía, aburrimiento pero también ansiedad e intolerancia aparecen como los síntomas más comunes de esta época. La denominada “fatiga de zoom” —un conjunto de situaciones emocionales que afectan a los que hacen muchas tareas al mismo tiempo o están constantemente online— es cada vez más frecuente. También van en aumento los casos de burnout (o desgaste profesional) que se observan en casi todos los rubros laborales y que padecen tanto quienes hacen tareas presenciales como los que trasladaron el trabajo al hogar.

El home office, alentado para disminuir los contagios de Covid, tiene su costado agobiante: no hay cortes, no hay horarios que ordenen la vida cotidiana y encima incrementa el aislamiento. El estrés crónico, después de tantos meses empieza a verse con frecuencia entre pacientes que consultan a psicólogos, psiquiatras, neurólogos o que buscan asistencia profesional por dolencias físicas que tienen su origen en la imposibilidad de la desconexión y en la readecuación o incluso la pérdida de lazos sociales y afectivos.

Distintos profesionales consultados por La Capital coinciden en que se atraviesa un momento crítico para la salud mental porque empiezan a emerger problemas o patologías que hasta ahora no habían hecho eclosión y afirman que resulta indispensable parar, reflexionar sobre los cambios que cada uno sufrió en su vida personal en este tiempo, en las cosas que se perdieron; pero también en las se instalaron como habituales cuando a lo mejor ya se pueden modificar un poco. Y en ese balance incluir las fortalezas que se consiguieron (porque eso también está).

Reaprendizajes

Rocío Suárez Ordoñez, psicóloga, cofundadora de Kozaca, una empresa rosarina especializada en salud digital, brindó su mirada: “Estamos viendo mucha ansiedad y angustia”, sostuvo sin rodeos.

La profesional también hizo hincapié en la intolerancia reinante. En los últimos años lo digital se hizo cada vez más presente en nuestras vidas y la pandemia lo intensificó “ahora estamos entre un mundo virtual y uno real que tienen una gran diferencia, entre otras, porque el mundo digital permite la inmediatez: a un solo click estamos conectados, tenemos la información que buscamos, pedimos la comida, no tenemos que esperar por nada. Pero cuando se pretende trasladar eso al mundo real, entonces sucede lo que sucede con el tránsito, con las personas que no pueden aguardar media hora en una fila, aumentan el maltrato y la intolerancia”.

Después de un año y medio “de vivir en la inmediatez” el cerebro “ya se habituó y tiene que desaprender lo aprendido, lo que implica, además, un enorme gasto de energía”.

La atención dispersa es otra característica que se profundizó en pandemia y está directamente relacionada con el denominado multitasking (multitarea): “Nosotros creemos que podemos prestar atención a muchas cosas a la vez, pero no es cierto. Si estamos leyendo y al mismo tiempo hablando con nuestro hijo, si estamos conectados en un zoom y al a la vez mirando whatsapp no nos concentramos ni en una cosa ni en la otra. Les sugiero que hagan la prueba: ¿cuánto retienen, realmente, de lo que están haciendo cuando hacen varias cosas al mismo tiempo?”, se preguntó Suárez Ordoñez.

En ese sentido hay una “fatiga cognitiva” que la gente “empieza a registrar ahora más que antes”, destacó. “El ser humano precisa las interacciones sociales que cambiaron de lo presencial a lo virtual, entonces, el cerebro, que está acostumbrado a leer lo que el otro dice verbalmente pero también a lo no verbal (gestos, silencios, posturas corporales, etc.) busca y busca esa información que no aparece en un chat, ni en una videollamda y se agota al no encontrarlo”, explicó.

Más tensión constante

Sobre el estrés crónico, la psicóloga dijo que es evidente que hay más personas con este cuadro. “El estrés es normal y lo son hasta los picos de estrés pero si eso se sostiene en el tiempo, si todos los días el cerebro está sometido a ese desgaste energético se hace crónico y eso impacta directamente en el sistema inmunológico”.

Entre los recursos “a mano” que ofreció para tratar de minimizar los efectos negativos de la hipervirtualidad, la psicóloga mencionó: “Algo simple es ponernos a distancia de la pantalla, porque de hecho, en lo virtual, nosotros y los otras personas estamos en primer plano, pegados, y eso no ocurre en la realidad. Hay estudios que muestran que esta simple acción puede ser beneficiosa para no sentir eso que vivimos como invasivo”.

Otro punto es que estando en pantalla demasiado tiempo nos vemos de manera constante: “No somos compasivos con nosotros mismos entonces terminamos pendientes de lo que consideramos defectos, de cómo nos vemos, de cómo creemos que nos ven los otro y eso termina siendo negativo. Es como estar el día entero frente a un espejo y encima nos criticamos”.

De hecho, los cirujanos plásticos admiten que las intervenciones estéticas en rostro y aplicaciones de bótox aumentaron llamativamente en pandemia desde que la gente se ve todo el tiempo en pantalla y registra “imperfecciones” que antes no veía.

De la pantalla al sillón

Reducir las horas de exposición a pantallas es la recomendación principal, y quizá más obvia, sin embargo, aún pudiendo hacerlo, muchos no lo ponen en práctica o consideran que el premio por tantas horas de zoom y trabajo virtual es, por ejemplo, ponerse a ver una película. Profesionales consultados mencionaron que es eso justamente lo que no se necesita hacer para aflojar con la hiperconexión. No es que aconsejen no ver cine en casa o desconectarse mirando un programa en la tele, pero cuando esa es la constante la cosa no va a funcionar.

Salir de la computadora implica, literalmente, salir. Ir a caminar, tomar contacto con espacios verdes (los que haya cerca de la casa), hacer un mínimo plan con un amigo o con la pareja o los hijos para tomar un café afuera o buscar un espacio al aire libre para charlar.

Cumpliendo con los protocolos hay opciones para despegar del celular y la notebook, que se han convertido en los más grandes “compañeros” en pandemia.

En países nórdicos ya hay médicos que recetan, con una orden por escrito, media hora o una hora diaria de actividad al aire libre o pequeñas escapadas a sitios con mucho verde como terapia “antipandemia”. Un concepto que se denomina “friluftsliv” y que está cada vez más instalado.

Desvitalización

Patricia Gascard, coordinadora del equipo de Enfermedades de Alta Complejidad y Proyectos Informáticos en Salud Mental de la Red Psicoterapéutica de Rosario, señaló que la ansiedad y la angustia son, sin dudas, dos de los síntomas más frecuentes en pacientes que asisten a una consulta psicológica.

“Incluso a algunos síntomas podemos vincularlos con la depresión, no porque haya una depresión propiamente dicha sino porque esa persona se está desvitalizando a partir de los cambios que se produjeron en su vida en pandemia”, explicó.

La especialista se detuvo en el esfuerzo que implicó e implica el rearmado de la vida en este contexto: “Hay otro modo de encontrarnos, de conectarnos y hasta de pensarnos”.

“Cuando estamos presencialmente en un lugar ocupamos un espacio, la pantalla nos obliga a quedarnos quietos, nos vemos en un formato que no es habitual y también nos redescubrimos y nos sorprende. Cambió totalmente la conexión con el otro y con nosotros”, comentó.

Incluso, en charlas, conferencias o clases, muchas veces quien diserta por medio de una pantalla termina hablándole a “cuadraditos negros porque la gente apaga la cámara” lo que puede generar frustración, y sensación de soledad.

“Antes llegábamos a un sitio y nos dábamos un beso, o la mano, o charlábamos a cierta distancia, y ahora eso quedó reducido al espacio de la casa, a una habitación y si vas al trabajo también estamos evitando el contacto. Todos esos impulsos, que ingresan a nuestro cuerpo y que recibe nuestro cerebro, están acotados en este momento”.

Las consecuencias no son menores. “Signos de burnout o muy similares los vemos todo el tiempo”, comentó la psicóloga.

Gascard dijo, que sin embargo, el panorama puede no ser tan oscuro teniendo en cuenta la “capacidad de adaptación que tenemos como humanos” y “sin necesidad de irnos a los extremos (o me descuido completamente o me cuido al extremo de aislarme) podemos vitalizarnos, construir lugares posibles para relacionarnos con lo que nos está pasando”.

“El mundo tal como existía no está más y aceptar eso es muy difícil porque nos expuso a nuestra vulnerabilidad, a todos. Apareció una corporalidad distinta y por eso es tan importante la salida, aprovechar el sol, los lugares y encuentros al aire libre cumpliendo con las normas. El gran desafío es volver a una vitalidad y a una alegría (no carnavalesca) pero sí posible”.

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