La ciudad

Escenas que ya no sorprenden y revelan ausencias

Tres escenas, tres momentos y muchas ausencias. Situaciones que dejan al desnudo reacciones tardías o directamente nulas.

Domingo 13 de Mayo de 2018

Tres escenas, tres momentos y muchas ausencias. Situaciones que dejan al desnudo reacciones tardías o directamente nulas. Todas se dieron esta semana y su sola descripción hace foco en una suerte de anomia a la que, con el tiempo, la ciudad parece adaptarse.

   La primera empezó a plasmarse durante el fin de semana pasado, en los albores de la semana transitada. Decenas de adolescentes acamparon en las inmediaciones de una cadena de electrodomésticos en pleno centro de la ciudad para llevarse un autógrafo de los integrantes de un grupo de reggaetón de moda.

   Las carpas y reposeras invadieron veredas, parte de la calle y frentes de comercios. Propietarios y vecinos de la zona pusieron el grito en el cielo. Nadie los escuchó hasta que la movida adolescente fue reflejada por los medios. Tres días después del desembarco de las chicas ávidas de fotografiarse junto a los integrantes del grupo CNCO, aparecieron las vallas, los agentes municipales, la policía y hasta los baños químicos. Alguien tomó nota de que en pleno centro había que organizar una movida que estaba generando inconvenientes en la tan mentada convivencia. Le demandó 72 horas.

   El lunes, el foco informativo local se centró en el sudoeste. En barrio Vía Honda un niño clamaba por auxilio para su pequeña perra, que cayó en una alcantarilla. Llegaron policías, agentes municipales y bomberos. La tapa del hueco por el que se introdujo el animal nunca estuvo en su lugar. De hecho, los propios vecinos habían improvisado una. La perrita fue rescatada, el hueco quedó al aire libre y pocos parecieron reparar en lo que sucedía a metros de allí: un templo evangélico devenido en búnker de drogas y la desesperación del pastor.

   Al lugar acudían a comer más de 200 pibes, hasta que los delincuentes se quedaron con el sitio.

A los tiros

Un día después trascendió el video captado por una cámara de seguridad de un comercio en la zona oeste, en bulevar Seguí y Espinillo. Un muchacho a bordo de una moto pasó a toda velocidad por allí rociando a balazos a un grupo de jóvenes que estaba en la vereda.

   No eran más de las 17. A pocos metros hay una escuela. Los vecinos aseguran que los tiroteos son frecuentes durante la noche.

   Este se dio a plena luz del día. El tirador disparó contra el grupo y terminó derrapando y cayendo al suelo tras impactar contra un corralito de Aguas. Se levantó y se fue. Dos días después volvió a tirar en el mismo lugar. Unas horas antes, cuatro personas habían sido asesinadas en Rosario durante la misma jornada.

   Hace algunos años, las tres escenas despertaban al menos atención. Hoy nadie pareció prever que una multitud en busca de autógrafos generaría problemas a quienes viven o trabajan en la zona; nadie tampoco reparó en un templo tomado por delincuentes y para los vecinos ya es "cotidiano" que sicarios rocíen de tiros frentes de viviendas en distintas barriadas.

   Tres escenas, todo un mensaje en una sola semana. ¿Total normalidad?

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