La ciudad

Epopeya de 170 almas en los Andes tras los pasos de San Martín

Entre el 15 y el 25 de enero 170 hombres y mujeres realizaron el decimocuarto Cruce de los Andes a lomo de mula y caballos. Lo hicieron por dos pasos; los Patos y Uspallata. Estuvieron bajo climas que van de los 35 grados a los 5 bajo cero. Es casi imposible que en esas piedras se haya desplazado un ejército de 5.000 hombres, 12.000 animales, 22 cañones y pertrechos, pero sucedió.

Domingo 30 de Enero de 2011

Entre el 15 y el 25 de enero 170 hombres y mujeres realizaron el decimocuarto Cruce de los Andes a lomo de mula y caballos. Lo hicieron por dos pasos; los Patos y Uspallata. Estuvieron bajo climas que van de los 35 grados en el día (mientras se cruza el desierto de piedra y tierra), hasta los 5 grados bajo cero (cuando se llega a 4.500 metros de altura). Sólo montando esas inmensidades se comprende la libertad americana y la lucha por lograrla. Es casi imposible que en esas piedras se haya desplazado un ejército de 5.000 hombres, 12.000 animales, 22 cañones y pertrechos. Imposible, pero sucedió.

  Los pasos son distintos. Uspallata es un paso insignia, Los Patos un desafío. En Uspallata al cruzar se pone en juego la voluntad. Hubo expedicionarios discapacitados, enfermos y hasta hombres que estaban en el límite de los 80 años. Igualmente no es sencillo, pero en la travesía se cruza la ruta internacional. El trayecto es: Uspallata, Picheuta, Polvaredas, Paramillo, Puente del Inca y finalmente el Cristo Redentor. Lo difícil es mantenerse montado.
  En Picheuta se realizó un simulacro de batalla. Colores ocres, grises y verdes son testigos de una carga de caballería que comanda el jefe de paso, David Cabrera Rojo, y a quien acompañó en varios tramos el jefe de la expedición, Víctor Hugo Rodríguez, ambos directivos de la Asociación Cultural Sanmartiniana Cuna de la Bandera, que organiza el evento. Uspallata es de bajo riesgo, pero complicado para quienes no acostumbran a cabalgar; con alturas como el Paramillo y desfiladeros cercanos a precipicios de 500 metros.
  Caídas de arriba de las mulas, golpes imprevistos y calor es lo que acompaña cada una de estas jornadas, que por la noche se calientan aún más en los fogones. La banda del Regimiento de Infantería amenizó esta marcha. A medida que avanzaba hacia el Redentor se encontraron nieve y emociones. Cada uno supo lo que la montaña guarda y les da. En las alturas se depende de la gracia y de la suerte. Sobre todo de la suerte.
  Los Patos es un paso más difícil; durante ocho días sólo hay comunicación satelital, no siempre confiable. Este trayecto fue desde Alvarez Condarco, un puesto de Gendarmería, atravesando el Peñón. Los Lepes; Vega de Gallardo, Sardina y el valle de los Patos y terminó en el hito fronterizo, para volver por la temible quebrada Honda, luego Manantiales y regresar a Alvarez Condarco. Ocho días en los que la tierra, el calor y hasta nevadas intensas pondrán a fuego la tozudez de 40 expedicionarios, 70 mulas y 11 baquianos.
  Los responsables de este cruce fueron Marcos Giani e Iván Nasatski y la logística la hizo la empresa Huarpe Expediciones, de Fabián Campusano. Un baquiano acostumbrado a llevar a europeos y argentinos por esos infinitos. La comida no es la habitual; guisos carreros, torta asada, fideos y chivito. Por las noches, cuecas, zambas y algún tema de rock son parte de las fríos fogones.

Esto da paso a confesiones en el silencio de las alturas.

Por dentro

Esta comunidad de 40 almas busca fundirse en el silencio y la emoción, cansados de cabalgar. Accidentes hubo varios, un camarógrafo se quebró el húmero y se dieron caídas de todo tipo. Al cruzar el espinazo del diablo, más conocido como espinacito, a 3.800 metros sobre el nivel del mar, se desciende con el caballo a tiro y se baja a pie sobre la piedra. Era media tarde y un cóndor clavado en el cielo descendió como ala delta sobre los 51 jinetes, sólo se escuchaba la respiración agitada y el relinchar de la caballada.
Las cabalgatas se hicieron duras, un promedio de 8 horas diarias en las que el calor castiga el alma. En dos oportunidades las mulas se perdieron y esto retrasó la marcha, llegando a cabalgatas forzadas en la noche, una de ellas con una luna imposible sobre el cerro nevado. Se durmió al sereno, con viento frío. El azul intenso fue la manta precisa. Si Dios hizo el mundo, es claro que se iluminó con el cielo de los Andes. El cuerpo duele, las piernas son débiles y los músculos pesan en esta parte de la tierra. Un día, luego de 10 horas de marcha, los jinetes fueron parte de las piedras.
Al promediar la expedición se entregaron cartas de los familiares y la distancia se convirtió en pupilas llorosas, la emoción es diaria igual que la fatiga y la risa asombrada en esta montaña eterna. Precipicios y hondonadas son el día a día.
Al cuarto día la expedición hizo pie en Sardina, armando carpas en el valle de Los Patos, los fríos ríos fueron el baño reparador y de allí se fue al hito con Chile. El valle de los patos es una gran llanura verde cruzada por ríos y un tenue viento que se mete en el cuerpo. Es el lugar de San Martín, el camino libertador.
  Con la fuga de las mulas hubo que hacer noche en los bajos del Colorado y la impaciencia ganó la partida. Horas después se encaminó la columna, dolorosa y cansada al gran desafío, la quebrada de la Honda, un paso de 3.800 metros en picada profunda. Allí lo que comenzó como una lluvia fue una fuerte tormenta de nieve.
  La Honda es una bajada de 1.000 metros que se hace a pie, no hay otra forma de lograrlo, los mulares se ponen muy nerviosos. Los ojos duelen en la noche frente a los precipicios. A un costado y muy abajo, hay dos mulas muertas. Se lleva el caballo de tiro y con la nieve la piedra tosca es resbaladiza, igual que el barro de la Honda. Los animales caminan en falso y atropellan de atrás. El silencio sólo escucha el viento y el caer de la nieve sobre los expedicionarios. Los pies fríos se afirman en la roca, el caballo relincha, las manos se lastiman y se tensan los cordeles, no hay espacio para la palabra. El único mandato es el del cerro Aconcagua, que todo lo ve desde los abismos.
  Las cuestas no tienen fin, igual que las bajadas, finalmente se llega al llano. De allí el regreso fue mas generoso. Pasaron ocho días de cambios de planes, de tierra en la boca y de bañarse en aguas congeladas. Diez días para entender la primera libertad de América y la obstinación de ese hombre cuestionado; José de San Martín. Es que la montaña elige a quienes la desafían.
  Las 40 almas llegaron salvas a Alvarez Condarco, sólo un herido. Las nubes como dragones, como caballos alados y el viento gritando en los oídos fueron la compañía, además de las charlas y las risas. Los hombres ya no son de piedra y sus ojos no olvidarán este cruce de vidas, a 4.500 metros de todo lo que hasta ese momento había sido su existencia.

Hace 194 años

El Ejército de los Andes de las Provincias Unidas del Río de la Plata atravesó la cordillera entre el 19 de enero y el 8 de febrero de 1817, hace ya 194 años. El cruce, uno de los grandes hitos de la historia argentina, formó parte del plan que el general José de San Martín desarrolló para llevar a cabo la expedición libertadora de Chile y Perú.
 

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