Domingo 24 de Agosto de 2008
Por los parlantes suena La Nueva Luna. Hay unos 20 vehículos de todo tipo estacionados en el césped: camionetas nuevas, autos familiares y renoletas derruidas. El olor a choripán domina el aire. Faltan 10 minutos para el mediodía y la cumbia anuncia el comienzo del programa en ese canódromo improvisado, en la vieja pista de caballos de Hernández, un pueblo de 2.000 habitantes ubicado a 80 kilómetros de Paraná (Entre Ríos).
Las primeras carreras de galgos de la jornada, en este tipo de pistas, se asemejan a las peleas que abren los festivales marginales de box: hay poco en juego, pura hambre de futuro, y excepto los que compiten o los principiantes, el resto sólo atiende de a ratos el ritual previo de apuestas. Lo que todos quieren es que pongan los perros a largar "la furia", que comience la pelea.
Parado arriba de un escritorio, al lado del pizarrón de apuestas, el martillero pide un minuto de silencio. "El viernes falleció el padre del organizador, muchachos, y decidió hacer igual a la carrera para no quedar mal con la gente". El grupo reunido espera un poco, aplaude y largan las apuestas desde cinco pesos para los cachorros. Un poco más lejos, Hugo Ojeda mira los posibles competidores de Jeremías, su perro más chico, que correrá por segunda vez este domingo, en la otra largada. "Corrió en La Salada (Santa Fe) hará un mes atrás, y ganó", dice. Ojeda es de San Lorenzo, y es su primera vez en pista entrerriana.
En Santa Fe, las carreras con perros no están permitidas, aunque a veces se hacen: en La Salada, dice, se corrió con un permiso a medias, que autorizaba a hacer "destreza" canina, "pero esto no es destreza, es competencia". Cuando se larga la primera carrera y los cachorros disparan detrás de la liebre (una botella envuelta en arpillera), los galgos que esperan su turno se desesperan, aúllan al unísono, se salen de la vaina por empezar a correr, excitados. Algunos dueños calman a sus animales, otros los alejan de la pista. El greyhound (un tipo de galgo) está considerado el más veloz entre los perros; es una raza elegante, estilizada, nacida para correr y usada durante siglos para la caza.
En estas competencias, los chiquitos de las primeras categorías pueden demorar unos 10 segundos en hacer 150 metros, y eso es lento. Los perros adultos buenos, los que compiten un clásico, pueden tardar 11,50 segundos en hacer 200 metros. Vuelan. "No te digo que no, se les da cosas, la verdad es que se les da cosas, pero uno siempre trata de cuidar a los perros. Los tenemos lo mejor que podemos", dice Hugo González, un perrero de Puerto San Martín. "Si los cuidás bien", explica, pueden llegar a competir "cuatro o cinco años. Ahora, si lo maltratás, te duran un año o dos y no tenés más perro".
Diego Crosa, de Nogoyá, organizador de duelos de canes, aclara por las dudas que "el 50 por ciento de las cosas que se le dan al perro son todas de cristiano, para ser humano". Crosa, que prepara una carrera en Viale para el próximo domingo, se queja de que los rosarinos "se hacen rogar" para ir. González se defiende: "El problema que tenemos con vos es que te vas cada vez más lejos, y a nosotros no nos sirve. Vos sabés que lo nuestro es pelear por la plata, la carrerita".
Cosas de cristiano. Los perros aúllan ansiosos, y el diálogo se interrumpe. Se acaba de largar la tercera carrera, y el grito de uno de los dueños, parado en las gateras, queda flotando en el aire: "Vamos perro viejooo". A lo largo de la pista hay unas 70 personas, y otros tantos diseminados por el lugar. El clima se va animando. Una familia come un asado en el capó de un Falcon. Algunos se instalan con sillas cerca de las gateras. De afuera llegan otros aficionados y competidores. Un auto blanco trae un pequeño trailer para perros, un carrito tuneado, pintado con llamas y con el nombre del corredor que traslada: "El chupa-cabras".
En la cantina reponen cervezas y largan la segunda tanda de choripanes. Un hombre del pueblo que pasea con una botella de Toro Viejo vacía, se acerca al mostrador y pide que le repongan, por un peso, un poco de vino. "¿Sabés donde hacen furor, acá? En Nogoyá. Ahí está el centro", dice Mauricio Silva, de Aranguren, que recuerda que empezó a asistir a las carreras de perros cuando tenía 15 años, y hoy tiene 30. En Nogoyá, cabecera del departamento que lleva el mismo nombre, las carreras se oficializaron hace "cinco o seis años. Con personería jurídica y todo. Está todo en regla, por el Concejo Deliberante", dice Crosa.
Allí, cuenta orgulloso, en la única ciudad que tiene una comisión municipal que se encarga de las carreras, hasta "les ofrecieron a los protectores de animales darles el quiosco para que vayan y hagan plata. Pero no aceptaron".
En Entre Ríos, más que regulación, lo que existe es un vacío; una situación difusa que varía según el pueblo y los intereses en juego. "Acá, la provincia lo derivó a los municipios. Si el municipio te autoriza, podés organizar", dice Juan Carlos Romero, armador de esta velada. Romero es de Crespo, pero allí las carreras se prohibieron hace unos años a causa del reclamo de los proteccionistas. "Porque habían enchufado a un perro", explica después Crosa. "Por supuesto.
Si no, no tendrían que hacer carreras de caballos tampoco, si todos enchufan. No vas a comparar: una chuza de un caballo tiene 10 centímetros, y la del perro tiene medio centímetro", argumenta, convencido de lo que dice, hablando del tamaño de las dosis.
Tal vez no es casual, puede pensar uno que lea el programa de este domingo, que haya una competidora bautizada como "Drogadicta". Y tampoco que uno de los cachorros, de Crespo, corra con un nombre publicitario: "Importado".
Los animales de más pedigrí suelen tener padres extranjeros o campeones, y por lo general compiten en otros canódromos, a otro nivel, por más plata, en Córdoba o en Buenos Aires. Entre Ríos es un circuito menor, más amateur: una tierra de fogueo, donde criadores entrerrianos y santafesinos sueñan con descubrir un "campeón" que pueda reportarles algo de gloria y dinero, y alguna vez correr un nacional en Marcos Juárez, el Palermo de los galgos. A las carreras entrerrianas asisten competidores de Crespo, Concepción del Uruguay, San Salvador, Colón, Paraná, Hernández, Aranguren, Galarza, Viale, Seguí, Villaguay. Y, de "más allá del puente", llegan criadores de San Lorenzo, Puerto San Martín, Granadero Baigorria, Capitán Bermúdez, Roldán y hasta Rosario.
Antes de la cuarta carrera se arma revuelo en la rueda de apuestas. Un criador del Gran Rosario se queja por los competidores que le pusieron y uno local interrumpe el remate y lo desafía: "A ustedes no les gusta que les mojen la oreja, ¿eh? Vamos a correr mano a mano, si te animás".
La gente se entusiasma con la rivalidad. La mueve la competencia y el hambre de revancha, más que el dinero, que nunca es mucho para los principiantes. "No creo que nadie viva de esto", asegura González, de Puerto San Martín. "Yo trabajo, y los domingos me gusta correr, lo tomo como hobby, y si me va bien, bueno, hacemos una platita; pero esto es una competencia. Cada cual quiere tener el mejor perro, y quiere ganar, e ir creciendo". Afuera de la pista, el dueño de un galgo que corre clásicos, de Villaguay, se acerca hasta donde está Diego Crosa, y le habla de la competencia del 31: "En 250 le corro a cualquiera. Al que quiera, traé al que quiera. Allá ya les gané a todos", dice.
Mimos para ellos. El muchacho quiere "distancia para correr más tiro", explica Crosa, "porque el perro de él es más guapo". Más allá, en las gateras, concentrados, los criadores abrazan a sus perros antes de la próxima carrera, les hacen masajes en las patas traseras, les acarician el lomo, les hablan al oído, le mojan las bocas. Los galgos se dejan hacer, fieles a sus dueños, ansiosos por correr detrás del señuelo. Parece indiscutible que en ese momento, al menos, los animales comparten con sus propietarios el deseo de correr más rápido que el viento, más veloces que cualquiera, para volver por más.