Lunes 18 de Noviembre de 2019
Para Alfredo, el padre de Dios Punk, el problema tuvo dos ejes principales. Uno es la Justicia: “Era una causa de archivo, y que siga abierta a Javier lo mató. La fiscal dijo que iba a dar una conferencia de prensa desvinculándolo, que a él le hubiese permitido caminar por la calle. Dilató la cuestión argumentando que formalmente no llegaron los análisis y sabía que mi hijo no andaba bien. Tenía las cámaras, el testimonio del policía que iba en el colectivo. No hacía falta nada más”, lamenta.
Pero para el abogado, que ejerce hace 42 años, lo que más lo desequilibró fue el escrache virtual.
“El no era sano mentalmente, no voy a negar que había algo que ya le venía sucediendo, pero no era una persona capaz de infligir daño. Ensuciaron a una persona inocente. Se lo estigmatizó demasiado. Esto muestra lo deletéreas que pueden ser las redes sociales, porque llevaron a Javier al precipicio”, considera con dureza.
Es difícil saber cuánto peso tuvo aquel 12 de octubre negro sobre su decisión.
Para la psicoanalista Alexandra Kohan, los escraches producen “muchísimo padecimiento”, pero no sólo en el que es blanco, sino también en el que lo lleva a cabo.
Kohan dice que en el «escrachado», el sufrimiento aparece “porque es literalmente segregado, silenciado, anulado como sujeto; pasa a ser un objeto de la crueldad de la masa y no tiene ninguna posibilidad de tomar la palabra. Es automáticamente arrasado en su posición de sujeto. Es tratado como resto, como basura y estigmatizado en niveles altísimos de los que, la mayor parte de las veces, no se puede volver”.
Sin embargo, para la autora del libro “Psicoanálisis: por una erótica contra natura”, la que escracha “tampoco la pasa bien. Ese gesto nunca es sin consecuencias. Muchas veces, una vez que baja ese estado de masividad y euforia, queda en una soledad enorme y coagulada en el lugar de víctima, haciendo de ese lugar casi un destino”, sostiene.
La docente de la Facultad de Psicología de la UBA aclara además que esta práctica, que considera “nefasta”, produce además “efectos absolutamente devastadores, no sólo en adolescentes y jóvenes, sino también en adultos a los que, por ejemplo, se los despoja de sus espacios de trabajo. Nadie está a salvo de los efectos subjetivos del linchamiento, nadie sale de ahí indemne. El sufrimiento que conlleva es enorme”, puntualiza.
Por ello, manifiesta que “es indispensable agregar que la práctica del escrache no sólo no contribuye a luchar contra los abusadores sino que termina banalizando el abuso y las violaciones, porque ahora a cualquiera —no importa qué haya hecho— se lo denomina banalmente violador, o «violín»”.
En ese sentido, destaca que “somos cada más las personas que estamos tratando de visibilizar y pensar los efectos nocivos de las prácticas punitivistas e intentando reflexionar para que empiece a frenarse este gesto que arrasa con el otro de una manera, la mayoría de las veces, irreversible”.