La Ciudad

"En el barrios somos doctoras, maestras, psicólogas, y todo lo que haga falta"

María Rosa y su hermana Belén conducen espacio comunitario en Los Pumitas. En la pandemia no quedó nada por hacer

Martes 23 de Febrero de 2021

María Rosa Vega tiene 32 años. Es mamá de tres hijos. Su vida laboral fue en la informalidad. Fue cocinera y empleada doméstica. Ella y su hermana Belén están desde hace cuatro años al frente de un espacio comunitario en barrio Los Pumitas que es parte de la organización La Poderosa. La pandemia las encontró junto a sus compañeras dando de comer, asistiendo a niñas, niños y adolescentes en edad escolar, reclamando servicios de internet para sostener la escolaridad, acompañando a las mujeres violentadas, preocupándose de qué ponían en las raciones de los hipertensos, los celíacos y los diabéticos "en la medida de lo que se puede porque la cosa está difícil”, aclara María Rosa. “Los médicos jugaron en el mejor equipo, pero en los barrios construimos el día a día haciendo de doctoras, psicólogas, maestras y todo lo que haga falta”, afirma la mujer, que dice sentirse "de más de 40” y reflexiona: "Siempre trabajamos en negro y ahora paramos las ollas y no nos reconocen como trabajadoras esenciales; estoy llena de achaques, saltan enfermedades y pienso que no voy a tener nunca ni obra social ni jubilación porque nunca nadie me pagó en blanco por todas esas horas dedicadas”.

La discusión sobre las labores domésticas y los cuidados multiplicados en contexto de coronavirus fueron transversales a barrios y familias de toda la ciudad, sin embargo, sin dudas fueron las clases populares donde mayores redes comunitarias hubo que tejer para sostenerlos ante la escasez de lo más básico.

María Rosa y Belén están al frente de uno de los cinco espacios comunitarios que La Poderosa tiene en la Rosario y la zona, uno de los cuales, La Cava, surgió justamente ante la emergencia de la pandemia y ante la necesidad de los vecinos de la zona sudoeste de acceder a los alimentos.

Sin embargo, en la casa que levantaron frente a una de las plazas de Barrio Los Pumitas, ahí nomás de donde a la calle Ottone la corta la cancha del Club Los Puma y a no más de cien metros del arroyo Ludueña, hubo que hacer mucho más que cocinar en el último año.

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El espacio que arrancó hace cuatro años con un merendero y que sostienen todas mujeres _“no porque los varones no hayan sido convocados, sino porque no vienen”, explican_, sostenía hasta marzo de 2020 actividades de contención, alimentación, apoyo escolar y talleres, y trabaja coordinadamente con la Casa de la Mujer y Disidencias de la misma organización que funciona a pocas cuadras.

Hubo que hacer mucho más, cubrir a la compañeras aisladas por problemas de salud, acompañar al os vecinos, pero además acompañarnos entre nosotras mismas que estábamos encerradas con nuestros hijos y empezar a atender a las madres que no sabían cómo hacer para sostener la escolaridad”, contó María Rosa.

De la cocina a las tareas

Esos cuidados concretos multiplicados en la pandemia se tradujeron en horas de trabajo extra. En cada uno de los cinco espacios alimentarios de La Poderosas se sostuvieron entre 100 y 150 raciones de comida, sin embargo, una de las principales preocupaciones fueron las enfermedades preexistentes de los vecinos a la horas de darles de comer, ya que más del 11 por ciento de los asistidos eran celíacos, hipertensos o diabéticos.

“Había que empezar a pensar en el marco de lo posible darles lo que menos daño les hiciera”, contaron las hermanas, y recalcaron las dificultades que enfrentaron y enfrentan, como el resto de los espacios comunitarios, para acceder sobre todo a mercadería fresca como frutas, verduras y carnes. Sobre todo teniendo en cuenta además que casi el 30 por ciento de quienes reciben los alimentos son niños y niñas de hasta 5 años, y el 46,5 por ciento tienen entre 6 y 12 años.

La escolaridad fue otra de los puntos de trabajo ante las preguntas de las mamás del barrio e incluso se trabajó coordinadamente con las escuelas Nº456, la Técnica Nº660 y el Jardín Nº261. “No había plata para comer, menos para cargar los teléfonos para que los chicos recibieran las tareas”, contó María Rosa sobre su propia situación y la de las mujeres del barrio.

Así que fue que consiguieron ser el Punto de Conectividad en el barrio y así, con wifi garantizado y algunos dispositivos disponibles _dos computadoras y algunas tablets_, además de la ayuda de talleristas que dan apoyo escolar se comenzó a trabajar en ese sentido dos veces a la semana.

La violencia de género que padecen muchas de las vecinas fue otra de las demandas que hubo que atender, de hecho en la Casa de la Mujer y Disidencias la demanda se incrementó en un 58 por ciento y actualmente, se están acompañando 38 caos.

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Feminismo villero: el espacio es parte del Frente de Género que la organización conformó en los barrios.

Feminismo villero: el espacio es parte del Frente de Género que la organización conformó en los barrios.

“Ahí no se paró de trabajar nunca, se hacía lo que se podía y si siempre hay dificultades, con la pandemia y las mujeres viviendo con sus agresores fueron mucho más los problemas, pero siempre se atendió”, contó Belén, y recalcó que no solo mujeres del barrio llegan hasta allí.

“Funciona el boca a boca, mujeres, vecina o cocidas llegan de otros lugares y consultan”, contó.

Sin embargo, ese lugar por estos días también volvió a ser un espacio también de actividades para las mujeres, donde incluso pueden concurrir con sus hijos e hijas cuando no tienen con quien dejarlos.

“Trabajamos en organizar un espacio de cuidados y crianzas, pero buscamos que las mamás puedan ir a los talleres de zumba, aerobox o gimnasia, sino que además los chicos estén en un lugar seguro y que quienes los cuiden puedan funcionar como cooperativa y cobrar por eso”, explicaron.

Feminismo villero

María Rosa y Belén, como sus compañeras de la organización, son parte del Frente de Género y reconocen como parte del "feminismo villero". Se trata de "poder alzar nuestras voz, decir las cosas que nos molestas, por las que nos dejaron de lado por ser justamente negras, villeras y pobres, y al mismo tiempo entender que tenemos mucho para dar", contaron ellas mismas.

Y así son ellas mismas las que enumeran esas cosas que les molestan. “Nosotras somos las que salimos a buscar trabajo, nos piden secundario y experiencia y a veces no tenemos experiencia, las que siempre trabajamos en negro y paramos las ollas en los barrios y nadie nos cuenta como esenciales”, agregaron.

Pero sobre todo saben y lo dicen, que todo esos cuidados que sostuvieron antes y durante la pandemia, lo que hacen en sus propias casas y en el trabajo organizado del espacio comunitario, es trabajo no remunerado.

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