En altura y sobre escaleras: tiene 74 años y restaura aberturas

La historia de una mujer mayor que se mueve en un ambiente poco usual para su edad y con hombres a cargo. Se enamoró de las restauraciones y no le tiene miedo a nada

06:30 hs - Domingo 16 de Agosto de 2026

Para Carola Bolognino, el tiempo corre a la inversa del almanaque. A sus 74 años, lidera con orgullo un equipo dedicado a la restauración y creación de aberturas de obra. “Cuando quieren ajustarme una tuerca, huyo”, define esta jubilada que eligió la libertad y la soledad como estilo de vida. Hasta los 70 años se movía en moto y todavía se ríe al recordar su sello distintivo: un casco con una calavera de dientes grandes pintada por ella misma. Sin nostalgia y con el taller como búnker, asegura: “Soy muy feliz, espiritualmente por sobre todas las cosas; ni me acuerdo de la edad que tengo”.

En su casa de barrio Abasto, abundan herramientas, plantas y objetos de diseño propio. Pero su lugar es la terraza en la que armó un bosque, la pintó como una plazoleta, con un quincho “bien hecho y todo a pulmón”, dice sobre el lugar de asados y amigos, casi todos más jóvenes: músicos, artesanos y aventureros muy importantes en su vida. Con ellos comparte recitales, cumpleaños, mates y charlas. “Los amigos son parte de mi salud mental, soy divertida, tengo buen humor, buen carácter, no soy simbiótica, pero puedo contar con ellos y ellos conmigo”, describe Carola, versión de su nombre (Carolina) con la que se identifica.

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Hace treinta años que trabajo en restauraciones, siempre con equipos, el actual lo integran Romina, Florencia, Leo y Darío, que es el carpintero; trabajamos en el taller restauramos muebles y aberturas en obras”, dice.

En un rubro históricamente masculinizado, asegura no haber sufrido jamás el peso de los prejuicios. Lideró cuadrillas de operarios desde la paridad y el respeto mutuo. “Si los tuvieran, dirían: «¿Qué me va a venir a mandar esta?». Tuve hombres a cargo y siempre me amoldé a ellos, nunca me subí a un pedestal. Si se sentaban a almorzar sobre una lata de pintura, yo me sentaba en otra al lado a comer mi sándwich”, relata con naturalidad.

La mujer describe con detalle el oficio: limpieza a mano con viruta y removedor, pulido a mano y máquina, dar color y sellador. Hasta hace poco tiempo trepaba escalera con baldes de 20 litros, ahora está “un poco más precavida”, dice riendo. Entre sus restauraciones cita: las aberturas de las galerías internas y del subsuelo de Gobernación (Santa Fe 1950), en 2015; departamentos enormes con 25 aberturas; portales sobre bulevar Oroño; y cúpulas del Teatro El Círculo, junto a otros restauradores, bajo la dirección de Carlos Sánchez, de quien destaca lo aprendido.

Restauraciones: se enamoró del oficio por accidente

Su rutina arranca temprano. “A las 8 ya estamos trabajando hasta las 14 o 15. Sólo paramos los días de lluvia o humedad, porque los materiales no responden”, detalla sobre este oficio del que se enamoró por accidente. Durante 25 años fue artesana, dedicada al soplete y a la joyería de metal. Sin embargo, el rumbo cambió por completo el día que entraron unas aberturas de madera a su taller. “Uno se va enamorando de los materiales. Dos carpinteros de Fisherton fueron mis maestros y, desde ahí, no paré”, explica.

“Me gusta trabajar. Fui artesana de soplete cuando casi nadie lo hacía y trabajé en varios países. Disfruto lo que hago y me reconforta ver a los clientes contentos. En madera, restauré a medio Rosario; pasé por muchas casas con dueños amorosos”, evoca con satisfacción. Sin embargo, su vigencia a los 74 años no responde únicamente a la vocación. Carola define su presente con una dosis cruda de realidad: “Sigo en acción en lo que sé hacer porque me obliga la economía del país, con una jubilación mínima”.

Sin hijos, pero con una familia “muy buena, presente y amorosa”, que forman su cuñada, tres sobrinos y dos sobrinos nietos, Carola prioriza la libertad de acción. “Si mañana quiero levantar el taller e ir a vivir a Córdoba lo hago”, dice a modo de ejemplo y reconoce que fue una aventurera, como sus amigos, pero “me calmé al comenzar a trabajar en restauración, porque había que dejar de viajar, tener taller, quedarse”.

Le gusta cocinar, escucha música a la tardecita y todos los géneros. “Mi papá ponía toda música clásica y mi mamá toda música de diversión, incluido el rock que lo aprendí a bailar con ella; crecí en una cultura por la música, por eso admiro a mis amigos que son músicos”, comenta. “Voy a recitales, me meto por todos lados, me encantan las ferias, los grandes festivales, adoro Rosario”, enfatiza.

“Estuve en pareja, pero hace 25 años decidí vivir sola. Siempre que me querían ajustar una tuerca, yo me disparaba”, confiesa con humor. Reconoce que la independencia total tiene dos caras: “Te da libertad para salir con amigos y manejar tus horarios, pero eso sí: cuando querés un café con leche, no hay quien te lo haga”. A pesar de los desafíos, su motor sigue encendido. “Me siento viva trabajando. Claro que cuando te enfermás es peor, pero siempre hay gente buena, ángeles dando vueltas”, concluye Carola a modo de agradecimiento.