La ciudad

El vuelo más alto que emprenden los aviadores

Una calurosa tarde de diciembre de 1988 Hugo Maiorano (el Picho, como todos lo conocíamos) entró al largo dormitorio al que habíamos sido asignados los cadetes que pasábamos a quinto año del Liceo de Funes.

Miércoles 09 de Enero de 2019

Una calurosa tarde de diciembre de 1988 Hugo Maiorano (el Picho, como todos lo conocíamos) entró al largo dormitorio al que habíamos sido asignados los cadetes que pasábamos a quinto año del Liceo de Funes. La mala fortuna determinó que, justo ese año, quinto no tuviera piezas de cuatro ocupantes y siguiera en las pobladas compañías en las que dormíamos uno al lado del otro.


Ofuscados y con la rebeldía adolescente, igual la decoramos a nuestro gusto. Pósters en las paredes, camas atravesadas, placares en medio de los pasillos, luces de colores y equipos de música. Todo siguiendo estándares lo más alejados posibles de lo que impone la vida militar.

En eso estábamos cuando el Picho entró junto a otro oficial de mirada adusta. "¡Atención!", gritó alguien y el jolgorio terminó al instante. Parados firmes donde podíamos, esperamos la reprimenda. "¡Esto es un desastre!, ¿usted qué opina señor?", le preguntó el oficial. Maiorano observó la escena sin dejar de mover los brazos, algo característico en él. "Me gusta. Quedó lindo", dijo sin inmutarse.

Así era el Picho. Un tipo alejado de los parámetros que uno podría tener de un militar. Afable, bonachón y muy amigo de sus amigos.

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Lo volví a cruzar varios años después en la pileta del Círculo de Obreros de Rosario (Entre Ríos al 1200), donde él nadaba cada mañana. Lo miraba y me preguntaba si quienes nadaban a su lado a caso imaginaban quién era, qué historia había detrás de ese señor que soportó el cañoneo inglés durante tres meses y, a pesar de todo, logró que la pista de Malvinas siguiera operable en plena guerra. Un héroe al que no le gustaba que lo nombraran como tal. "Los héroes son los que quedaron allá", me dijo un día.

Hay un viejo refrán que dice que los aviadores no mueren, sino que sencillamente vuelan más alto. Así que vuele alto Comodoro, quienes lo conocimos, sin dudas lo vamos a extrañar.

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