Domingo 27 de Marzo de 2022
Felipe Gallo tenía 23 años, era suboficial de la Marina y era parte del crucero ARA General Belgrano, hundido el 2 de mayo de 1982 durante la Guerra de Malvinas. Es también uno de los pocos muertos tras el hundimiento del buque que tiene sepultura en el país, el único del que se tenga memoria que está enterrado en Rosario. Sus restos serán trasladados al Paseo de los Ilustres del cementerio El Salvador, como parte de los homenajes por el 40º aniversario del conflicto del Atlántico Sur. Pero la historia de esta nota empieza mucho antes, comienza con otro rosarino, Fernando Vitale, a quien le tocó participar del rescate de los náufragos del General Belgrano y narra la larga búsqueda que emprendió para sacar del olvido a Gallo.
Vitale aún no había terminado la secundaria, cuando en el 79 decidió ingresar a la Marina. Después de tres años de formación militar, a principios del 82 se le asignó como destino el destructor ARA Piedrabuena. Tenía apenas 18 años y lo que vino después lo tomó por sorpresa.
El 16 de abril de 1982, el buque General Belgrano, con 1.093 tripulantes, zarpó de la dársena de la Base Naval Puerto Belgrano rumbo a Tierra del Fuego. Tenía la misión de mantenerse fuera del área de exclusión vigilando las intenciones de las fuerzas enemigas. En Ushuaia se reunió con los destructores ARA Piedrabuena y ARA Bouchard y el petrolero Puerto Rosales.
El 1º de mayo, el buque navegaba hacia el sector asignado, sin saber que un submarino nuclear lo seguía con sigilo, esperando el momento justo para abrir fuego. El 2 de mayo, el primer torpedo del submarino impactó en la sala de máquinas, el segundo le destruyó la proa y el buque comenzó a irse a pique. Entonces, el comandante dio la orden de abandonar el buque.
El Belgrano tardó una hora en irse a pique, se estima a 4.200 metros bajo el mar, en el fondo de la cuenca de Los Yaganes, al sur de las Malvinas. Fue la mayor tragedia naval de la historia de la Armada Argentina: fallecieron 323 personas, casi la mitad del total de bajas argentinas en toda la Guerra de Malvinas. Unas 300 dejaron su vida en el primer instante del ataque; el resto falleció en las balsas por las heridas, el frío o el oleaje que los sepultó en el mar.
Felipe Gallo tenía 23 años y planes para ir a pasar un año en la Antártida cuando irrumpió la guerra. Tenía una esposa y un bebé de nueve meses, y tres hermanos y padres muy amorosos. “Era un chico muy querido en el barrio”, lo recuerda Norma, su hermana menor.
Por poco, Felipe era el mayor de los hijos de los Gallo. Su melliza, Teresa había nacido casi cuatro horas después. Norma dice que eran los mellizos “más desparejos del mundo”, ni siquiera tenían la misma fecha de nacimiento: Felipe había nacido a las 11.45 del 18 de noviembre, Teresa a las 4 del día siguiente.
Felipe también tenía más carácter. A los 14 años se plantó frente a sus padres y les pidió que les firmen los papeles para ingresar a la Marina. En la casa de los Gallo fue “todo un sacudón”, de todas formas no quisieron interferir en el camino que había elegido su hijo, quien se fue a vivir a Buenos Aires para cumplir con la instrucción militar, terminó la secundaria, se casó, tuvo un hijo, cursó el primer año de la carrera de Comunicación Social en la UBA y rindió con muy buenas notas todos los exámenes necesarios para participar de la campaña antártica. Pero comenzó la guerra.
“El 2 de abril —recuerda Norma— mi hermano estaba de licencia. Quería ordenar sus cosas y estar con su familia antes de embarcarse con rumbo a la Antártida. Pocas horas después de que la radio y la TV repartieran las primeras noticias sobre el conflicto bélico, a Felipe le llegaba el telegrama que le comunicaba que tenía que presentarse lo antes posible al destino que tenía asignado: el ARA General Belgrano. Iba a estar a cargo de la sala de máquinas del buque.
Norma dice que su hermano fue la única persona que pudo salir con vida de ese lugar, pero que las heridas que tenía (el 70 por ciento de su cuerpo había sufrido quemaduras de 3er. grado) se la hicieron difícil. El 5 de mayo, la familia recibió la peor noticia: Felipe había muerto en el buque hospital Bahía Paraíso. Una semana después viajaron a Buenos Aires a buscar su cuerpo. El más chico de los hermanos Gallo entró a la morgue a reconocerlo, lo pudo hacer por un lunar debajo de la garganta.
Los padres de Norma fallecieron pocos años después de todo eso. “Creo que murieron esperando que mi hermano volviera. Mi mamá no podía dejar de llorar”, recuerda y ella también lagrimea.
A Felipe lo enterraron en el cementerio El Salvador, en el primer subsuelo de un panteón que se encuentra sobre el acceso de Ovidio Lagos. Un nicho que le cedió el municipio a la familia y que lleva el número 385.
El pibe rosarino
Fernando Vitale tiene 58 años y forma parte de la Asociación de ex Combatientes de Malvinas de Rosario. Cuando se inició el conflicto del Atlántico Sur recién había cumplido su mayoría de edad. Lo habían asignado al Destructor Piedrabuena. El buque tenía como objetivo escoltar al ARA General Belgrano, pero terminó asistiendo en el rescate de sus náufragos.
“Estábamos en esa tarea cuando en el sector de curaciones vi a un muchacho muy malherido, me llamó la atención su cara, el gesto que dibujaba su rostro. Después lo volví a ver mientras estaban trasladándolo al buque hospital”, recuerda casi 40 años después de ese episodio. Entonces su comandante tiró la frase que lo acompañaría mucho tiempo: “Es Gallo, el rosarino”.
Las cuatro palabras quedaron dando vueltas en la cabeza de Vitale. “Creo que me enteré de que había fallecido en el buque hospital, pero fue mucho tiempo después. Me volví a encontrar con su nombre hace cuatro o cinco años, cuando la Cámara de Senadores de la provincia hizo un homenaje a los 51 santafesinos que fallecieron en las islas. Los senadores entregaron un diploma a cada una de las familias de los caídos y no conseguimos dar con los familiares de Gallo. Así que, pasado el acto me propuse encontrarlos. Empecé por las redes, no conseguía nada. Hasta que por Facebook llego al nombre de un sobrino. Lo googleo, veo una foto de un chico que tenía la camiseta de Universitario y lo empiezo a rastrear en el club”.
Así, Fernando encontró al hijo de Norma. Se reunió con ella, le entregaron el diploma y Norma le contó que su hermano estaba enterrado en Rosario.
Uno entre pocos
“En el país son muy pocos los compañeros que están enterrados cerca de sus familias. Por lo que estuvimos averiguando, en Rosario es el único”, señala Raúl Gómez, referente de la Asociación de ex Combatientes. Con esa certeza, junto a Vitale, comenzaron a gestionar la cremación y el traslado de los restos de Gallo al Paseo de los Ilustres del Cementerio el Salvador.
Hace unos meses a la iniciativa se sumó el secretario de Cultura del municipio, Dante Taparelli, y el Concejo Municipal, que facilitó los trámites.
El acto será el próximo 2 de mayo, cuando se cumplan 40 años del hundimiento del Belgrano.