La ciudad

El rosarino que diseña "la vida" de las óperas

Tiene 34 años, es escenógrafo y sus bocetos deslumbran en los teatros latinoamericanos.

Domingo 25 de Septiembre de 2011

Alguna vez se inclinó por estudiar medicina pero su verdadera vocación no tardó en aflorar y hoy deslumbra con sus creaciones. Esa es la historia de Nicolás Boni, un rosarino de 34 años que desde hace 10 diseña escenografías para óperas y su trabajo se destaca en los teatros de Perú, Colombia, Uruguay y Buenos Aires. El 2 de octubre se estrena en el teatro El Círculo la ópera “Lucia Di Lammermoor”, con una monumental escenografía, obra del artista rosarino.

  Todo viene de chiquito y en parte la culpa la tuvo su abuelo materno, que lo llevaba al teatro a ver óperas. Desde temprana edad aprendió a disfrutar de la música clásica, el canto y la belleza del baile. Sin embargo, al terminar quinto año se decidió por la medicina.

  En las aulas de la facultad estudió tres años, pero cuando empezó a recorrer los hospitales para atender a los pacientes reconoció que ese no era su camino y sacó a relucir un talento que había guardado desde su infancia.

  Empezó por estudiar piano y desplegó su fuerza artística a través de la música. Y volvió al teatro a ver óperas. Se decidió por la carrera de Bellas Artes y siendo estudiante tuvo la oportunidad de armar escenografías. Esas pequeñas experiencias que realizó en la facultad le permitieron descubrir un gran talento. Tanto es así que desde hace 10 años diseña sus propios bocetos para obras maestras y ya lo llaman del exterior.

  Como escenógrafo, en el 2003 diseñó el ambiente para la ópera Aída; en el 2004 para Otello; en el 2005 hizo El Barbero de Sevilla; en el 2006 Cavallería Rusticana y Madame Butterfly y en 2007 Pagliacci y Carmen.

  En estos días está trabajando en el teatro El Círculo para poner en escena una tradicional ópera italiana. Esta producción fue diseñada por Nicolás el año pasado en el teatro Solís de Montevideo.

  El teatro uruguayo la donó a El Círculo en virtud del acuerdo firmado por la Opera Latinoamericana y llegó en estos días a Rosario en dos camiones semirremolque, para ser restaurada, ensamblada y montada en esta ciudad.

Artista nato. “En la ópera encontrás todas las artes reunidas: la música, el teatro, la danza, la pintura, la escultura y la escenografía”, expresa convencido Nicolás en diálogo con La Capital.

  No se puede dudar de que el joven disfruta de lo que hace. Se nota en sus palabras que pronuncia con convicción. Su trabajo es delicado, requiere horas y horas de dedicación y un profundo conocimiento de la música, de las dimensiones espacio temporales y del canto.

  Para Nicolás trabajar es leer una partitura, calcular en cuánto tiempo se mueve un actor y cuándo empieza a cantar, para a partir de allí diseñar el ambiente en el cual va a transcurrir la escena. Casi se diría que debe “vivir” la ópera antes que diseñar la escenografía.

  La que presentará con la ópera “Lucia Di Lammermoor” la diseñó en el 2009 y se estrenó el año pasado en Montevideo. Es una de las escenografías más monumentales de su carrera. “Es una gran arquitectura gótica, que se va deconstruyendo a lo largo de la ópera”, describe y subraya que “la escenografía no es la ilustración de lo que está pasando, sino una interpretación de la obra del autor, porque de ella dependerá gran parte del éxito de la ópera”.

Más que un escenario. En la ópera el espacio está cargado de símbolos y si bien el espectador tal vez centre los sentidos en los personajes, todo lo demás agregará un importante simbolismo que, de no estar, la obra sería otra. “En este caso, la escenografía representa una historia en Escocia, en la época renacentista, y transcurre en una ruina. A mí se me ocurrió que todo podía parecer una ruina, desde el inicio de la ópera, y así se puede ver desde el principio. Es una interpretación que yo le doy porque todo lo construido termina en una destrucción, porque los protagonistas pasan por la ruina económica y el quiebre moral de una mujer se desarrolla en medio de un clima de decadencia”, explica.

  En esta obra cada escena tiene su escenografía, en total conforman siete cuadros distintos. Luego el escenógrafo debe acordar con el director cómo se adaptará cada uno.

  “Lo más importante en mi trabajo son los tiempos musicales, que los tengo que calcular muy bien porque según éstos los personajes recorrerán la escenografía; y no puedo hacer, por ejemplo, una escalera que sea más larga que los compases que el actor debe caminar hasta que comienza el canto”, describe con una sonrisa.

El desafío. “Creo que mi desafío está en que la gente se enamore del género, porque es un camino de ida, y cuando una ópera te llega al corazón, ya no se va más”, señala.

  En este sentido, es optimista y cree que “hay un retorno del interés de la gente joven por el género lírico. Lo demuestra la cantidad que se está dedicando al canto y el público que va a las óperas”, y admite que mucho tiene que ver con los escenógrafos.

  Nicolás trabaja y disfruta cuando se sienta entre el público a ver la función. “Es una satisfacción enorme ver cómo el boceto toma una dimensión real, en un espacio dinámico y lo aprecio enormemente cuando están todos los actores, bailarines, músicos, cantantes, técnicos y maquinistas. Ahí veo que lo que parecía un caos en partes separadas, por algo mágico confluye y da vida a una obra de arte”, reconoce satisfecho el joven talentoso que triunfa en Latinoamérica.

 

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