El ex combatiente que gana batallas junto a bebés prematuros
El neonatólogo Claudio "Tato" Petruzzi transitó la posguerra aferrado a la Medicina. Enfrentó la muerte junto a muchachitos de solo 18 años, hoy sigue resistiendo junto a criaturas de menos de 32 semanas que pesan menos de un kilo y medio

Lunes 28 de Marzo de 2022

Ya no viste borcegos ni casco, no carga un fusil y su cara y sus manos no están heladas. Una suerte que esa imagen haya quedado en el pasado, si no asustaría a cada bebé prematuro al que se acerca. Claudio "Tato" Petruzzi ya no es un soldado de 18 años, no está en las islas Malvinas. Tiene 58 años y es médico neonatólogo en el Hospital Eva Perón. Lleva un ambo gris con vivos verdes, un barbijo celeste sobre la boca y así se arrima a una incubadora de terapia intensiva. Levanta la funda blanca, se nota que sonríe, toma con calidez la mano diminuta de un bebé de apenas 500 gramos y la acaricia, mientras posa los ojos sobre los números y ondas del monitor.

El próximo 4 de abril, sus compañeros y compañeras de sala le harán a las 10 un homenaje en el hospital, a quien fue soldado y sigue peleando con los más pequeños de los internados. Porque aunque la comunidad médica recomendó durante la pandemia de Covid no igualar los términos bélicos a los de la a salud, en el caso de Tato será inevitable. Dirá más tarde que las áreas intensivas tienen algo de batalla. Que las alarmas de los monitores son como las alertas rojas que sonaban en la guerra ante un inminente ataque aéreo porque son un aviso de la pelea entre la vida y la muerte, así de simple, así de grave.

"Cuando suena la alarma de un monitor te avisa que algo no está bien y hay que estar en alerta, hay todo un equipo tratando de evitar que estos pacientes tan pequeños, que deberían estar aún adentro de la panza, puedan sobrellevar ese desafío al que los enfrenta la vida", explica Tato y esas últimas ocho palabras, "ese desafío al que los enfrenta la vida", bien podrían retratar su propia historia y la de todos los ex combatientes, hace 40 años.

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Tato nació en Monte Maíz (Córdoba), fue arquero en las inferiores de Rosario Central, también fue a la guerra y volvió. Contó muchas veces su paso por Malvinas. De hecho, lo hizo por primera vez para La Capital en 2014 y seguirá narrando esos años siempre, a quien quiera escucharlo, para mantener viva la memoria, "como militancia", dice.

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Pero su vida también es la posguerra y para este 2 de abril compartirá algo de estas últimas cuatro décadas aferrado a su familia, a la medicina y a su actividad laboral en la salud pública.

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Lo hará una tarde de trabajo, en su trinchera desde 1996: la sala de cuidados críticos del hospital de Granadero Baigorria, junto a quince bebés de menos de 32 semanas y por debajo de un kilo y medio de peso.

Dialogará con este diario cerca de esas criaturas mínimas y los compañeros y compañeras -médicos, médicas, enfermeras y mucamas- que no les quitan la vista de encima y las incubadoras. Tato presentará a cada colega con devoción, convencido de que "para sobrevivir hay que trabajar en equipo, con buena gente".

Los socios del silencio

La primera familia de Tato estaba integrada por Elba, la "Negra", su mamá; Coco, su papá que ya falleció, y Horacio, el hermano nueve años menor que él.

Cuando su mamá tenía 20 años, nació Tato, a término y por cesárea. Pero a los pocos días Elba hizo una infección intrauterina muy grave por lo que la tuvieron que trasladarla de Monte Maíz a Rosario.

"Zafó", cuenta su hijo médico, quien por entonces ni soñaba con que esos escenarios críticos serían actualmente parte de su rutina.

Esa mujer, hoy de 79 años, también echa mano a postales de hace cuatro décadas. "Con Coco y Pinky, la perra, nos pegábamos a la radio desde las 7.30 hasta que una mañana escuchamos que tropas argentinas del regimiento 25 de Sarmiento Chubut habían desembarcado de Malvinas, allí estaba Claudio, nuestro hijo, nos abrazamos con mi marido y lloramos. Diez días estuvimos sin noticias hasta que llegó una carta de él".

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Tato contará que en esa carta le prometía a su hermano estar de regreso para su cumpleaños el 7 de julio de 1982. Cumplió, regresó a Monte Maíz justo ese día. Festejo por duplicado.

Varios años después, tras volver de Malvinas y cambiar la pelota de fútbol y tardes enteras bajo los tres palos por cinco años de estudio en la Facultad de Medicina, residencias y guardias, Tato formaría su segunda familia.

Se casó con Patricia, también médica de la salud pública y tuvieron tres hijos: Francisco, profesor de educación física, Vicente, estudiante de abogacía y Dante, estudiante de diagnósticos por imagen. El equipo que junto a los veteranos de Malvinas y sus compañeros y compañeras en el hospital lo sostuvo en la dura posguerra.

"Siempre digo que mientras yo encontraba un lugar en la facultad y un cable a tierra en la inserción laboral, mis compañeros veteranos, socios del silencio, en lucha permanente cuando nadie nos escuchaba, consiguieron leyes con las que hoy nos beneficiamos todos, les estoy siempre agradecido porque esa es la verdadera militancia, no tengo más que 'gracias' sobre todo con los muchachos que ya no están, como Daniel Castillo que nos dejó hace un año", dice Tato, desde la sala de descanso, parado debajo de un reloj de pared que le regalaron sus compañeros y compañeras del equipo de "neo", con el mapa de las islas y la frase: "Hoy, mañana y siempre. Las Malvinas son Argentinas".

El cuenta y dos colegas y dos residentas lo escuchan en un silencio atento, casi reverencial.

"Es que Tato para nosotras es un grande poco reconocido: como ex combatiente y como médico, entra a neo y mira todos los monitores, como si mirara toda la cancha como cuando era arquero, está siempre atento a todo: al equipo, a los padres, nunca te deja sola, no se desentiende en momentos críticos ni cuando hay que dar un mal informe a una familia", dice la neonatóloga Antonella Troielli. Y su compañera Gabriela Rampo agrega: "Tato se da tiempo, enseña, siempre tiene en cuenta al otro".

Y es fácil comprobar que lo que dicen estas médicas no es forzosa adulación. Tato baja a recibir a la puerta del hospital y cuando vuelve sobre sus pasos saluda a todos: se detiene frente a compañeros y relata quiénes son y en qué área trabajan. Dice que "El Eva Perón", a diferencia de otros hospitales de Rosario, tiene muy poca prensa pero cuenta con equipos "invalorables".

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También se para frente a rincones y explica como un guía.

"Esto es maternidad, esto pediatría, esta es la residencia de madres que se quedan muchos meses acá con sus hijitos...". Se detiene frente a un mural inmenso y enumera a todas las facultades de la UNR que le dieron color a la pared, habla también de la experiencia "Pinta Cuentos" que se ve plasmada en los muros y en la que participó parte del equipo de salud y excombatientes amigos, siempre con la camiseta puesta, como él que la luce también en el hospital.

Explica que una exhibición artesanal de carteles y notitas pertenece a padres y chicos que pasaron por las salas y que con sus compañeros, y ahora también compañeras, disputan en picados de fútbol, una vez al año, una copa que lleva el nombre de un ex personal de mantenimiento del hospital que se terminó de construir como Complejo Hospital Escuela-Hogar Escuela en 1954.

La "segunda casa de Tato" fue parte del segundo plan Quinquenal del ex presidente Juan Domingo Perón y se equipó con recursos de la Fundación Eva Perón. Era un espacio sanitario modelo para la época que solo llegó a prehabilitarse porque cinco meses después, el golpe del dictador Pedro Eugenio Aramburu demoró su actividad y expropió bienes de la Fundación.

"La atención a los menores era suntuosa, incluso excesiva, y nada ajustada a los normas de sobriedad republicana que convenía para la formación austera de los niños", había denunciado en su informe la asistente social de la Acción Católica e interventora Marta Ezcurra, en esa época. Una historia que no cuenta Tato pero que marcará la propia.

De todos modos, él narrará muchas otras, cada trazo, quiénes participaron en cada actividad, con cada pequeño paciente. Porque Tato se empecina en no dejar a nadie afuera. Retumbarán irremediablemente, estonces, las seis palabras que expresó su colega: "Siempre tiene en cuenta al otro". Así es como vive este ex combatiente y camillero en Malvinas, médico, padre, pareja, hijo, hermano, jugador de fútbol y estudiante de medicina. Un muchacho que hace 40 años se sacó el casco y los borcegos, tiró el fusil y no volvió a sentir el frío aquel que sintió al volver de la guerra.