El Desubicado: La isla de Sauron
—¿Y para dónde vamos? —No sé, mire, mi existencia siempre fue más urbana. Esto es muy bucólico para mí: pastos verdes, cielo azul, flores amarillas, cupés rojas que pasan a 200, ese humo negro que serpentea entre las nubes sobrevolando barcos y esquivando edificios.

Viernes 19 de Septiembre de 2008

—¿Y para dónde vamos?

—No sé, mire, mi existencia siempre fue más urbana. Esto es muy bucólico para mí: pastos verdes, cielo azul, flores amarillas, cupés rojas que pasan a 200, ese humo negro que serpentea entre las nubes sobrevolando barcos y esquivando edificios.

—Bueno, ¿pero le gusta o no este paisaje?

Esta es una conversación

de dos bolsitas de nylon

practicando parapente

en un campito adyacente

a la circunvalación.

—Me encanta. La verdad que el pasto quemado a mí me pone mal, realmente mal. Pero no puedo negar que también me gusta, me hace ver las cosas desde otra perspectiva. Yo sufrí mucho, tengo un pasado en basurales clandestinos donde más de una vez estuve por derretirme en fuegos atizados sólo por la miseria, de esos que piden permiso, ayuda y asistencia para seguir prendidos porque ya no pueden más, que no se extinguen sólo porque el estigma que los alimenta es más fuerte, exprimen hasta el final la última gota de querosén y se aferran a cada átomo de oxígeno, devorando lo que pueden: un viejo bidoncito, un neumático traspapelado, un cartón que ya no se puede reciclar y quién sabe cuántas pruebas de delitos. Es muy feo arder en esos lugares.

—Se nota que usted se pone mal con el pasto quemado...

—Le digo en serio, nunca vi algo así. Tal vez usted tenga otro punto de vista, pero mire, mire esas columnas emergiendo de las islas. ¿No es un espectáculo de soberbia opulencia? Fíjese que bella foto: parece Mordor, el Ojo del Mal, la morada de Saurón. No se trata de un pobre fueguito de esos que pugnan por un lugar en el mundo a un costadito de una autopista, no. Mire ese humo: cómo se yergue ante todo y avanza contra el qué dirán, contra el fanatismo ecológico y la prohibición de fumar, todo en nombre de la ganadería, una noble actividad. Así sí que vale la pena derretirse. ¿Podemos ir para la isla? Hay buena onda, está lleno de vaquitas, y las vacas son rebuena onda, mmuuuuuuuu loco, vaaaamooooo fiera.

—No sé. Su actitud me suena incomprensible, me parece que a usted le está haciendo mal el pasto quemado.

—Puede que sea cierto que me hace mal, pero también me hace bien. Además no sabe cómo estoy ganando desde que me hago las rastas.

—¿En serio se gana con esas trenzas mugrosas?

—Sí, sí, se gana. El otro día estaba trabajando en un maxiquiosco y me pusieron en pareja con otra bolsita para cargar un par de porrones. Después la otra no me podía soltar, bien enredad@s quedamos.

—Bueno, me convenció, vamos a la isla antes de que se haga efectiva la prohibición de quema que aprobó la Legislatura entrerriana.

—¿Cómo? ¿Van a prohibir la quema? ¿Ahora la van a prohibir?

—No, ya la prohibieron, pero hasta que se implemente ese impedimento no habrá más que improperios e impostaciones, no habrá inspecciones ni intromisiones, será imposible impedir incendios, lo impostergable, usted ya sabe, es inaplicable, no hay punitorios para lo impune y el tránsito sobre el puente será improbable. Perdone las imprecisiones, son impresiones, oiga, ¿por qué me mira impávidamente?

—Me parece que el humo también le está haciendo mal a usted.

—¿Le parece que me hace mal? Pues crucemos el río, entonces. Vamos a desafiar las prohibiciones, el fuego purifica, elimina viejas pasturas y le abre paso a las nuevas, es un medio de renovación, de crecimiento, ideal para cualquier proyecto de arrendamiento.

—Vamos, hace mucho que no siento un calorcito que me estimule.

—Pero hay un problema, el viento viene para Rosario.

—Ah. Sí que es un problema. ¿Cómo vamos a cruzar?