Miércoles 10 de Marzo de 2021
Nadie quedó al margen de los cambios que impuso la pandemia. Pero quienes integran los grupos de riesgo, y tienen enfermedades previas que los exponen a complicaciones de jerarquía si se contagian el Sars Cov 2, tuvieron que tomar medidas mucho más radicales y conviven con una preocupación mayor. Y esto no sólo le pasa a los adultos mayores. Las historias de María Andrea Bugnone y Elisa Fernández Casal así lo demuestran. Elisa tiene 35 años. Es estudiante de Derecho y empleada en un comercio en un shopping de Rosario. Trabaja desde los 19 años y muy joven decidió vivir sola. Fue por entonces cuando comenzó a tener episodios de asma, y aunque en un primer momento le dijeron que se trataba de algo relativamente leve, la situación fue empeorando. Las crisis asmáticas se profundizaron y con ellas el tratamiento.
Cuando hace un año se empezó a hablar del extraño virus surgido en China, que empezaba a diseminarse por Europa y tenía altas chances de llegar a la Argentina se preocupó. Se sabía poco y nada, pero los que conviven con una dolencia crónica saben que tienen que elevar los niveles de alerta ante situaciones como esta. Ella ya había estado un mes encerrada cuando se produjo la pandemia de Gripe A. Y entonces apuró las precauciones.
"Mi mamá es acompañante terapéutica en un geriátrico y también está en grupo de riesgo. Así que las dos advertimos rápidamente que la cosa era complicada. Veíamos las noticias de Europa, y allá, en los geriátricos era un desastre", recordó.
Antes de que se detectara la cuarentena estricta, Elisa empezó a ir al trabajo con temor. Llevaba una toalla con su propio jabón y un frasco de alcohol en gel. Por entonces ni se hablaba de los barbijos. "Un día le pedí al dueño del negocio en el que estoy empleada si podía empezar a hacer trabajo desde mi casa. Por suerte tuvo una buena recepción a mi pedido y me pude quedar. No podía dejar de pensar en las recomendaciones que mis médicos me habían hecho cuando fue lo de la Gripe A, sabía que estaba en riesgo", cuenta.
El amor, los amigos
Elisa estaba viviendo con su novio desde hacía tres años. El trabaja en un supermercado donde el contacto directo con la gente es inevitable. Era tanta la preocupación que los dos sufrían por temor al contagio. Por eso, después de pensarlo mucho, él decidió ir a la casa de su madre y espaciar el contacto con su novia para protegerla. "De hecho estuvo aislado en un momento por casos que hubo entre compañeros. Era terrible el miedo de que me pase algo. La verdad es que fue muy dura la decisión. Es mi pareja y tenía que irse para no ponerme en riesgo. Hace un año que estamos así. Viéndonos a lo lejos, manejándonos por celular, por videollamada. Cada vez que se va, lloro. La pandemia nos cambió la vida".
Elisa, que no volvió a reunirse con amigos, que no fue a cumpleaños ni a celebraciones, que pasó las fiestas con su hermana y su mamá ("pero sentadas en una mesa a dos metros de distancia o más, y mi hermana re preocupada porque me pase algo") dice que por momentos repasa el 2020 y le cuesta creer todo lo que fue pasando: "Aparte me doy cuenta de que después de unos meses, para mucha gente joven la vida volvió a ser casi como antes. Yo me siento como en un mundo distinto. A veces ni me creen que hace desde marzo que estoy en mi casa. Pero es la única manera de cuidarme de verdad".
Las vacunas, ese deseo
Cuando empezó la campaña de vacunación contra el Covid, respiró un poco. "Sé que no es la solución a la pandemia pero va a significar un gran paso. Es lento, entiendo que todos quieren vacunarse y es válido, pero por ejemplo, me hizo ruido que empiecen con los docentes que no tienen comorbilidades y no nos consideren a los jóvenes que estamos en grupo de riesgo sin poder trabajar, ni salir a hacer nada. De todos modos insisto: sé que todos la necesitan".
Elisa dejó un comentario en una nota de La Capital sobre este tema. Fue así que este diario la contactó. En ese posteo explicaba la desilusión que le causaba que no haya planes de vacunación para los menores de 60, cuando hay dosis de Sinopharm disponibles en Santa Fe (esta vacuna sólo puede usarse para personas de entre 18 y 59 años porque no hay pruebas aún en adultos mayores).
María Andrea, entre la comprensión y el deseo de volver
"Tengo una enfermedad crónica que se llama fibrosis quística que afecta el sistema digestivo y respiratorio y además tengo diabetes insulinodependiente. Ambas enfermedades me incluyen, claramente, en grupo de riesgo", cuenta la licenciada en Comunicación Social, de 34 años.
La joven, más allá de las enormes dificultades que debe superar día a día, y de llevar un tratamiento muy exhaustivo, toda su vida se mantuvo activa. Trabaja en Villa Gobernador Gálvez en el área Joven (que depende de Cultura) pero desde el 12 de marzo tuvo que dejar la presencialidad. "Todo se restringió al principio de la pandemia pero cuando de a poco se reiniciaron las actividades yo tuve que hacerlo desde mi casa. Cuando bajaron un poco los casos, por mi cuenta, decidí pagarme un remise para poder ir al menos una vez a la semana. El mío es un trabajo muy difícil de hacer a distancia", dice con un dejo un poco de nostalgia porque extraña el contacto.
"Este año fue difícil, aunque no sé si es la palabra. Como tengo una enfermedad respiratoria, estoy acostumbrada a tomar precauciones, en ese sentido no fue tan diferente. El uso del barbijo, por ejemplo, para mí fue algo habitual desde pequeña, y lo es para los médicos también y otros trabajadores. Así que un poco me llamaba la atención que hubiera gente que se ahogara por usarlo dos horas o que se quejara porque se tenía que lavar más seguido las manos. Bueno, esas cosas...", reflexiona. María Andrea, al igual que Elisa, y tantas otras personas con comorbilidades, se "guardó" antes de la cuarentena estricta. "Sabía lo que se venía y al tener una patología respiratoria diaria, que me implica un tratamiento de dos o tres horas cada jornada para tener un 60% de capacidad respiratoria... ¡imaginate con Covid! No digo que me vaya a morir pero la voy a pasar mal seguro", dice, en un tono en el que intenta quitarle dramatismo, más allá de la contundente información que ofrece.
La familia, los afectos
Por dos meses no se asomó a la vereda. Después armó una mini burbuja con su mamá, su hermana, su cuñado. Vio a algunas pocas amigas y otros familiares en el patio, a distancia. No va a reuniones. "Supongo que me pasaron cosas como a todo el mundo, pero al ser de riesgo y tener un trabajo que no está preparado para hacerse a distancia me sucedió que había gente que me decía: pero vos estás de licencia, total... y no, no estoy de licencia, ¡estoy trabajando desde casa! Eso me hizo mal o me fastidió, aunque le ponga toda la onda. Lo que pasa es que noto que la sociedad no está preparada, no entiende a quienes tienen una enfermedad severa. Tampoco se integra de verdad a las personas con discapacidad, esto lo sentí de manera muy contundente en esta pandemia", comenta.
Sobre la vacuna dice que está feliz porque vacunaron a su abuela de más de 86 años: "Desde marzo que no la abrazo", menciona.
El día que le dieron el turno, y fueron a contárselo, a darle la buena noticia, su abuela le dijo: "¡Pero yo pensé que la vacuna era para vos!". "Que mi abuela, que hace un año que no sale, haya pensado en mí antes que en ella es una muestra de que todos necesitamos vacunarnos", dice con emoción. "Es muy complejo, yo lo entiendo, pero quiero que me toque vacunarme porque deseo volver a trabajar en el lugar donde se desarrolla lo mío, eso es lo que más me importa y que como sociedad seamos más empáticos, más comprensivos, miremos más al otro. Yo pude advertir como nunca que hay gente que me cuida, que cuida al otro y muchos que no. La pandemia nos mostró tantas cosas, tantas cosas....".