La ciudad

“El ataque del pitbull me cambió el carácter”, afirmó la mujer que casi pierde un brazo

El perro la atacó en 2009. Estuvo internada 30 días, pasó por tres cirugías y quedó con secuelas físicas y psíquicas, pero eso no modifica su relación con el mejor amigo del hombre.

Domingo 22 de Marzo de 2015

A Delia Beatriz Rodríguez le gustan los perros. Aunque en su casa ya no queda ninguno, a lo largo de sus 56 años casi siempre convivió con ellos y en algún momento llegó a tener cuatro al mismo tiempo. Ahora “cuida” a varios que no le pertenecen: son de sus vecinos, o perros callejeros que la siguen y a los que les da cariño y a veces también de comer, cuando vienen hasta el frente de su casa, en el barrio Tablada. Ni siquiera el ataque de un pitbull que casi le arranca un brazo a dentelladas, hace casi seis años, en la vereda de su casa, modificó su afecto por ellos. Estuvo internada 30 días, pasó por tres cirugías y quedó con secuelas físicas y psíquicas, pero eso no modifica su relación con el mejor amigo del hombre. “Sólo me dan miedo los perros grandes”, confiesa.

En Rosario hay decenas de casos de personas atacadas por perros cada año. Las crónicas periodísticas suelen ocuparse de los más graves, como el de Rodríguez, pero hay muchos más que nunca llegan a conocerse. Muchas de las víctimas de esos ataques quedan con marcas de por vida. Delia es una de ellas.

El ataque. Delia vive con su madre en 24 de Septiembre casi Chacabuco. Allí también atiende una pequeña granja y verdulería. El negocio lo inició su padre hace 60 años y ella lo sostiene. De eso viven las dos mujeres.

El perro la atacó el 17 de julio de 2009. La mañana del hecho debía ir al Mercado Central para hacer las compras con las que abastece la verdulería. Hacía mucho frío y por eso resolvió encimarse dos pulóveres, aunque en ese momento no imaginó que un rato después esa decisión probablemente salvaría su brazo. Mientras calentaba el motor del auto salió a la calle con sus dos perritas y de pronto escuchó el grito de una mujer que provenía desde la esquina de 24 de Septiembre y el pasaje Gerrico. La mujer llamaba con desesperación a su perro. Cuando se dio vuelta vio que el animal se le venía encima. Era el pitbull de una pareja joven que vivía en una casa ubicada en esa esquina y que casi no tenía contacto con los vecinos. Tampoco con ella.

Como pudo, Delia alcanzó a meter a sus mascotas en el garage y casi al mismo tiempo sintió un golpe en la espalda que la tiró al suelo. “Fue tan rápido que casi no me di cuenta”, recuerda ahora parada en el mismo lugar donde sucedió todo. Quedó boca arriba, con el perro sobre su cuerpo. “Estaba aterrada y pedía que me lo sacaran de encima, pero nadie podía”. El animal buscaba su cuello, pero ella le puso el brazo y la pierna (“Fue instintivo y eso me salvó”) y así consiguió evitarlo. “Creí que me mataría”, confiesa ahora.

La dueña del pitbull llegó corriendo. También un par de vecinos y un tío de Delia que estaba en su casa y oyó sus gritos y los bramidos del animal. “Entre cinco personas no podían sacarmelo de encima”, cuenta. El brazo ya sangraba y la furia del perro parecía ir en aumento.

Cuando finalmente el ataque se detuvo (“No sé bien por qué: la dueña le puso algo en la boca y por fin me soltó”), ella misma se envolvió el brazo con una toalla y le pidió a su tío que la llevara al hospital. Fueron al Clemente Alvarez en su propio auto y los acompañó un vecino. Piel y músculos del brazo lastimado se habían convertido en un colgajo. Perdía mucha sangre.

El hospital. Entró al hospital de la avenida Pellegrini esa mañana y recién pudo volver a su casa 30 días más tarde. Pasó tres veces por el quirófano. Los médicos dijeron que las dentelladas del perro estuvieron a milímetros de destruirle tendones y ligamentos. Lo primero que hicieron fue limpiar la herida y curarla. Luego también le sacaron un coágulo. A los 20 días otra vez la operaron porque las lesiones producían muchas hemorragias. La última vez fue una cirugía plástica: le quitaron piel de una pierna y se la injertaron en el brazo lastimado.

“Los médicos fueron claros desde el principio, tendrían que operarme tres veces y debería estar mucho tiempo internada”, cuenta. Al trauma del ataque, a los dolores, a la preocupación por el hecho de que su madre enferma había quedado sola en la casa y al frente del negocio, se sumaba una experiencia nueva: jamás había estado enferma y mucho menos internada.

Pero la sacó barata. “Eso fue lo que me dijeron los médicos, porque por las heridas que sufrí pude haber perdido el brazo”, recuerda. Y añade: “Estoy convencida de que me salvó el hecho de que me encimara dos pulóveres”.

En todo ese tiempo el dueño del perro nunca fue a verla. Tampoco la mujer. La pareja alquilaba y al tiempo el dueño de la casa los echó. Dice Delia que desde entonces los vecinos vivieron más tranquilos. “Al pitbull ese todos le teníamos miedo y casi nadie se animaba a pasar frente a esa casa”, afirma. Un día ella se lo dijo al propietario y le advirtió que los vecinos lo iban a matar. El ni siquiera la escuchó.

La recuperación. Una vez que volvió a su casa, la vida de Delia ya no fue igual en muchos sentidos. Durante mucho tiempo no se animó a salir a la calle y pedía a quien estuviera cerca, casi siempre su sobrina Sabrina, que se fijara si veía al pitbull. El recuerdo del ataque la perseguía y se sentía nerviosa. “Me cambió el carácter”, confiesa.

Mejoró de a poco, con paciencia. En algún momento volvió a trabajar, pero para entonces ya había perdido dinero porque el motor del negocio es ella y durante mucho tiempo no pudo ocuparse. Más tarde también se reconcilió con los perros. “Ya no tengo ninguno en casa, pero me llevo bien con los de la calle”, afirma satisfecha. Va a la puerta, busca con la mirada en la vereda de enfrente y llama. La que responde es una perra simpática y remolona que se pone a juguetear con ella. Es una mestiza con algo de pitbull.

“Sólo le tengo miedo a los perros grandes”, repite Delia, sentada en la cocina de su casa. Lleva un vendaje permanente en el brazo, donde le injertaron piel. De fondo se escuchan los ladridos de los callejeros del barrio.

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