La ciudad

"Después de la media sanción hubo un aumento de la crueldad"

Marta Dillon es periodista, militante feminista y del colectivo Ni Una Menos, lesbiana e integrante de la agrupación Hijos.

Domingo 02 de Junio de 2019

Periodista, lesbiana, feminista e integrante del movimiento Ni Una Menos. Así es como Marta Dillon prefiere que la nombren, aunque hay más que decir de ella: es parte de Hijos, escribe, edita el suplemento Las 12 y creó el suplemento LGTBQ Soy. Como parte de esa marea verde que explotó el año pasado —aunque lleve más de una década— y en la semana de la octava presentación en el Congreso del proyecto de ley de interrupción legal del embarazo (ILE) de la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal Seguro y Gratuito, Dillon pasó por Rosario y por Plataforma Lavardén. Allí afirmó que ese "es un proceso que está vivo" y ratificó la apuesta del movimiento de "seguir agitando y diciendo que a esta demanda no la bajamos, seguimos en la calle y con nuestra agenda más allá de lo electoral". Si bien consideró que la media sanción lograda en junio pasado no sólo "sacó del closet a los sectores fundamentalistas y conservadores que operaban en silencio", también remarcó que desde entonces "hubo un aumento de la crueldad en las intervenciones cuerpo a cuerpo", algo que claramente se vio en el caso de Tucumán, donde en febrero pasado una niña de 11 años fue obligada a parir.

—¿Cómo ve a la distancia el debate de la legalización del año pasado?

—Es un proceso que esta vivo, que tuvo momentos de impacto como la media sanción, con ese modo de ocupar la calle y con la constancia de hacerlo. Empezamos con un 8 de Marzo desbordante y los sentidos que venimos poniendo en la calle y en los debates posteriores hicieron eclosión en la posibilidad de hacer una demanda concreta y al centro de la transversalidad feminista. Porque el aborto es un asunto de salud pública, pero no sólo eso: tiene que ver con nuestra autonomía, replantea los modos de hacer familia, de pensar la maternidad y la paternidad, abre sentidos y desbarata otros; separa la maternidad de su carga de mandato, de fijación de identidad, de rol social; eso es no sólo una ley, sino un cambio en la subjetividad importante. No podemos permitir más muertes por abortos clandestinos ni esa puja que se da sobre nuestros cuerpos como si fueran ajenos a nuestros proyectos vitales.

—El proyecto volvió a presentarse, ¿cómo analiza la posibilidad de tratamiento en el contexto electoral?

—La decisión de presentarlo aun en un año electoral es una apuesta a seguir agitando y a decir que a esta demanda no la bajamos; seguimos en la calle instalando nuestra agenda más allá de lo electoral. Nuestra voluntad es seguir en la calle y seguir construyendo feminismo.

—Habló de disciplinar, ¿hubo un disciplinamiento tras la media sanción, un recrudecimiento de la violencia?

—Sacamos al aborto del closet, también a fuerzas fundamentalistas y conservadoras que operaban más en silencio. Hablemos de Tucumán, pero también de Amalia Granata (candidata a diputada provincial en Santa Fe y militante pro vida). Hay un aumento de la crueldad en el sentido de las intervenciones cuerpo a cuerpo cuando se va a demandar una ILE y no sólo en Tucumán, sino en muchos lugares. La idea de empezar a cruzar las religiones con las apuestas electorales, es un proceso que se viene viendo y no hablo sólo de Brasil, sino de acá nomás.

—De hecho Amalia Granata encabeza una lista donde hay representantes de sectores evangélicos.

—Con estos se delata una asociación que no es nueva, pero sí más fuerte de alianza entre el capital y el poder del mercado, y los fundamentalismos. Porque la necesidad del control moral de la población es lo que permite seguir la rueda de la explotación, en el sentido que cada familia necesita ser proveída, cada uno debe asegurarse el sustento por mérito propio; un cambio fuerte en relación a los gobiernos populistas que hubo en América latina y que tienen que ver con la meritocracia, el individualismo, la idea de familia cerrada con lugares muy determinados para la mujer, y una vuelta a las ideas de mujer madre y sacrificada. Eso excede a las iglesias evangélicas, aunque claro que esas iglesias tienen una capacidad territorial enorme, y el plan neoliberal y su política para los cuerpos es justamente que cada quien se gestione sus cuidados; eso es hablar también de salud y educación; y cuando las iglesias toman lo que el Estado deja, se forma una alianza disciplinar.

   —¿Por qué se busca para eso a figuras como Granata?

   —Porque sigue operando esa doble identidad femenina, de las buenas y las putas, y las arrepentidas y las mujeres como objetos de deseo antes que deseantes. Y estas figuras, también Gisella Barreto o Nicole Neumann; mujeres rubias y eso no es una cosa menor. Son modelos de mujer que pasaron de ser estigmatizadas a ser madres de familias, un arquetipo permanente que aparece reiteradamente, como cuando Mirta Legrand habla de la familia “blanca” del presidente.

   —Mañana se marcha en un nuevo Ni Una Menos, en un año que lleva 100 femicidios, de los cuales 24 fueron en los primeros 30 días.

   —No es casual que en los primeros días del año se dé ese nivel de crueldad que vimos porque son las fiestas familiares. Es la época de puesta en contraste más fuerte de todo lo que te venden asociado a una fiesta familiar y todo lo que en verdad sucede en las fiestas familiares, como una puesta de blanco sobre negro. Sí creo que es un momento de tensión en relación a cómo reacomodamos la emancipación de las comunidades de la violencia machista, a sus propios deseos. Todo eso se dijo durante el debate del aborto y se venía poniendo como sentido en torno al movimiento Ni una Menos, porque decimos que podemos ser victimizadas, pero no somos sólo víctimas. La forma en que se pone el cuerpo en la calle, de manera más festiva y más colectiva, es entender que hay un mundo por fuera de los mandatos. Entonces, las masculinidades están reacomodándose, pero no de una manera gozosa ni viendo oportunidades, sino que hay mucha nostalgia del orden machista. Y en las nuevas generaciones hay mucha desorientación porque no hay referencias de quiénes están pensando una nueva masculinidad.

   —Y no se puede dejar de pensar esa violencia machista descontextualizada del resto de las violencias, más aún en un tiempo tan hostil.

   —No se puede dejar de pensar por fuera del agobio que significa la vida cotidiana hoy, en un momento de pérdida del acceso a derechos, al poder adquisitivo, a pensar un futuro. Hay mucha violencia social, se escucha decir que no estalla, pero estalla dentro de las casas y los femicidios, sabemos, son sólo la punta del iceberg de todo lo que sucede.

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