LA CIUDAD

De las grandes galerías del mundo al arte callejero, para salir de "los encierros"

Ulises Baine viene de exponer en Europa, Estados Unidos y Buenos Aires. Esta vez, se largó con una intervención en una plaza de Rosario, zafando de la cuarentena y de sus propias prisiones 

Martes 31 de Agosto de 2021

Las intervenciones artísticas en el espacio urbano suelen ser disímiles. Algunas son escolares, naif, con consignas religiosas o pretenciosamente filosóficas; otras, uno poco más elaboradas, se adueñan de la estética del graffiti y desparraman por calles de la ciudad figuras estridentes, caras risueñas, temerarias, tribales o surrealistas, ideas de cualquier tipo. Pero de pronto, alguna sobresale, acaso por su calidad estilística, por su mensaje implícito o por esas pinceladas que le dan el toque de obra. Esas que hacen decir: “Epa, aquí hay algo más”.

El arte urbano o arte callejero, cuya traducción es literal del inglés “street art”, es toda intervención pictórica (también puede ser escultórica, musical, actoral o instalación) aunque está más vinculada al dibujo) realizado en las calles, parques, plazas y paredes de una ciudad. Desde los años 90, “street art” es un término que se comenzó a conocer y utilizar. Se lo llama también post-graffiti, término usado para englobar el trabajo artístico en las calles por parte de un grupo de creativos que utilizan diferentes tipos de técnicas (murales, graffitis, plantillas, pegatinas).

Es una tipología de arte que surgió fundamentalmente en barrios periféricos de ciudades de Estados Unidos y de Europa, pero que se extendió por todo el mundo, en muchos casos con alto contenido político. “De hecho, su inicio posiblemente sea en el París en la segunda mitad de los años 60. En España, el arte urbano, a imitación de otros países europeos, nació primero en las zonas periféricas de las grandes ciudades y en las localidades de sus áreas metropolitanas para luego extenderse por el resto del país”, afirma el blog especializado “flecha.es”.

Pero evidentemente, y con el tiempo, fue una expresión que involucró a muchos artistas, más allá de las ideologías, del mensaje político, la denuncia y hasta el estilo.

Por los recovecos de bulevar

¿A qué viene todo esto? Resulta que el bulevar Oroño al 1500, en una plaza bastante extraña de por sí (ya que no está delimitada por calles, sino que se interna en un solar en medio de edificios), aparece una obra que sobresale del resto de las pinturas del lugar.

Es la cara de una mujer, se nota por sus ojos y por su boca, pero parece de agua, cielo, o ambas cosas. Es joven, resulta difícil explicar por qué, acaso por su mirada o sus labios. La nariz es más difícil de reconocer, y se delinea sobre una columna que, de paso, sirve como eje simétrico para configurar la imagen total. El resto de la cara son grandes pinceladas de azul, blanco y celeste (con algunos toques sutiles de un amarillo no estridente), que no impiden, sin embargo, reconocer el rostro.

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Los detalles del trabajo, en la pared que da al oeste. (Gentileza Sixto Robledo).

Los detalles del trabajo, en la pared que da al oeste. (Gentileza Sixto Robledo).

Arriba de la obra, aparece la firma: “Baine Art”, de lejos confundida, y en los mismos colores, con la imagen general.

Allí, al lado del Centro de Diagnóstico Oroño, en esa placita, se ve el trabajo, pintado sobre una lejana pared que da al oeste, detrás de un cerco que delimita un espacio de recreación infantil. ¿Qué es Baine Art, o quién está detrás del misterioso eslogan, que aparece a manera de firma?

Se descubre el velo

A poco de indagar, empiezan las sorpresas. Ulises Baine tiene un largo historial en su profesión. Correntino de nacimiento y rosarino por adopción, es un artista plástico que viene del mundo de las galerías y las muestras. Expuso en Miami, París, Nueva York, Los Ángeles, Barcelona, Ciudad de México, y en muchas galerías y muestras de Buenos Aires. Fue contratado en su provincia natal para hacer intervenciones con distintas técnicas y motivos. Y ahora, “por amor al arte” y una necesidad personal de volver a mostrar y mostrarse, decoró una pared de Rosario. Sin que nadie se lo pida, sin que nadie se lo pague pero, sobre todo, sin que le digan cómo tenía que hacerlo.

Su proceso fue entonces inverso. En vez de pasar el arte informal al circuito expositivo o comercial más reservado, lo hizo al revés, y por primera vez salió a ganar la calle sin retribución ni reconocimiento de un público más selecto. Que lo viera la gente.

Tenía sus dudas, sus reparos, eso de salir a la calle, transgredir, apropiarse de lo público. Pero se lanzó. Salió del encierro, no sólo del que la cuarentena le impuso a la Humanidad, sino de otros, propios, personales y sombríos. “Este mural, para mí, es fundacional. Es el punto de inicio a una libertad y una felicidad nuevas”, dice con timidez y, por el momento, sin más detalles.

Hizo su trabajo justo el día en que se jugaba el clásico entre Newell's y Central en el Coloso del Parque. La zona estaba custodiada, los uniformados lo vieron, la gente entró a la placita de juegos donde estaba trabajando, pero no lo interrumpieron. Quizás apreciaron o intuyeron que se estaba haciendo algo diferente, original, auténtico, y valorable artísticamente. Lo terminó en una tarde.

De Corrientes a Rosario

Ulises Baine nació en Corrientes, pero se mudó a Rosario en 2010 buscando otros horizontes en una ciudad que vibra arte. ““Me gusta pensar que los artistas tenemos cierta magia, que como hace 30 mil años, cuando empezó el mural y los chamanes pintaban para atraer la buenaventura y dejar las primeras huellas, ahora sigue siendo una cuestión mágica la pintura. Pablo Picasso, Henri Matisse y Amedeo Modigliani pintaban lo que deseaban y uno sigue haciéndolo. Creo que todo artista tiene esa cosa de chamán que transforma la realidad a través de ese deseo”, dijo en algún momento este artista de 38 años.

En la misma placita donde se expone su mural, que se parece mucho a un cuadro ampliado y vanguardista, extrapolado de un lienzo, Baine habla días después con La Capital. Lo rodean varias personas: hay dos fotógrafos y un grupo de colaboradores que llegó para barnizar la obra. En total son unos ocho, todos jóvenes.

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Las últimas pinceladas de barniz. (Gentileza Sixto Robledo).

Las últimas pinceladas de barniz. (Gentileza Sixto Robledo).

Nació en el 24 de mayo de 1983, en la capital de la ciudad mediterránea. Dibujó desde chico, y tuvo un gran apoyo de su padre, quien lo inscribió en el Instituto Superior Josefina Contte. Venía del comic, de divertirse con la historieta. “Me involucré en un colegio donde los profesores eran artistas, ahí mamé todo, mezclé el arte plástico con mi escuela original, y por suerte lo hice, porque si no, hoy estaría dibujando historietas”, dice, aunque sin desmerecer ese arte, que es valiosísimo.

Siendo todavía adolescente se vinculó con el muralismo en la misma Corrientes. A los 20 años ya hacía por encargo trabajos bajo la técnica del esgrafiado: obras en bajo relieve con capas de cemento, que en realidad estaban en manos de albañiles, mientras el artista supervisaba la creación. En Paso de la Patria también hizo trabajos para la Intendencia, y hace poco lo llamaron para que hiciera el ingreso a un country. Tuvo la suerte de vivir siempre de lo suyo.

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En 2004, siendo todavía muy joven, inauguró una galería de arte, que no existían en su ciudad natal. Recibió ese año el Premio Corrientes por Mejor Iniciativa Cultural. Todavía era un nene. Trabajó en la Municipalidad de esa ciudad, hasta que se cansó y decidió empezar de nuevo en Rosario. Tenía 27 años. Sentía que había tocado un techo, que necesitaba empezar de nuevo. Y lo hizo.

Por el mundo

Poco después se conectó al Espacio Escarlata, de Buenos Aires, que se define a sí mismo como “mucho más que una galería”, y que hace de sponsor a artistas de distintos lugares del país. Y ahí empezó su periplo por las galerías y ferias del mundo. En Miami, durante 2012, obtuvo su primera visa como artista. En 2013 expuso en Nueva York, lo hizo de cuerpo presente, después, en 2015, repitió la experiencia, pero las que viajaron fueron sus obras. En el ínterin, en 2014, incursionó en Los Ángeles, California. También en 2013 sus trabajos viajaron a Barcelona, donde la obra se mostró en la Galería Ada.

En Nueva York participó de la Affordable Art Fair, y ese fue un gran espacio, porque sus obras se vendieron a precio dólar y eso le dio un respaldo económico importante. Volvió, luego estuvo en Los Ángeles y tuvo la suerte en una feria de conocer la Bruce Loury Gallery, que le vendía obras nada menos que a Jean-Michel Basquiat, el artista visual más exitoso en la historia del arte afrodescendiente que pasó a la fama como muralista y marcó el pop art. El famoso “Samo” no compró sus trabajos, pero estar allí le dio a Ulises su espacio de pertenencia. En México DF expuso en una feria itinerante que se llamaba El Changarito en Acción. Fue en 2014.

“Se dieron una cantidad de aciertos en mi vida, y uno de los últimos fue el del Carrousel du Louvre”, en el subsuelo donde aparece la pirámide invertida de cristal. “Al comienzo, me lo propusieron por internet. Alguien me dijo que le gustaba mi obra y que podía exponer en Tokyo o en París. Pensé que era una broma. Estaba trabajando con una galerista que me entusiasmó. Había que pagar el espacio, como en toda exposición internacional”, recuerda. Lo hizo de manos de una organización llamada Divine Academy, de origen brasileño.

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Folleto de una eposición, con la obra del rosarino por adopción.

Folleto de una eposición, con la obra del rosarino por adopción.

Antes de París, en 2016, había expuesto en el Espacio Cultural Universitario (ECU), en Buenos Aires, en una muestra que se llamó “Mujeres en el arte”. Y en 2018 lo hizo en Bada (Buenos Aires Directo de Artista), en la Rural de Capital Federal.

Razón de ser

Sentado en el banco de la plaza, Ulises mira su trabajo de reojo. Y cuenta que el mural “tiene dos cosas clave: ante todo, es el primero que hago a modo de vandalista, el primero que nadie me pide. Lo hice por mí, por amor a lo que hago y para liberarme. También es el primero que elaboro con mi técnica pictórica original, porque antes me amoldaba a lo que pedía el contratante. Esto lo hice como un gran lienzo. Es algo nuevo en todos los sentidos. Llevo dos años limpiándome, curándome las heridas. Es como un pequeño canto a la vida, a apostar de nuevo. Toda la vida estuve en galerías, y ahora empiezo de cero, nadie me contrató, vamos a pintar igual, porque tengo ganas de hacerlo, de expresarlo”, asegura.

Respecto de su estilo, lo define como una mezcla entre lo abstracto y lo figurativo, como un “expresionismo figurativo”, porque tiene la carga de lo abstracto en las manchas, que no dejan de seguir un ritmo, pero no puede escapar de la figura humana. “Pinto mucho la belleza y la fuerza de la mujer, que encuentro sobre todo en la mirada. Soy un amante de la belleza, no puedo ni quiero escapar de eso”, dice.

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En el Carrousel du Louvre, en París.

En el Carrousel du Louvre, en París.

Para él, esta nueva intervención, absolutamente inédita, significó “un corte; sigo siendo joven, quiero seguir creciendo. Fue para mí romper esa burbuja que me encerraba en mi propia mente. Rompí mis miedos, que se acrecentaron con la pandemia, pero venían de poco antes. Este es un gran paso que estoy dando como hombre nuevo, y con ganas de seguir creando, limpio de toda estimulación artificial, viendo la vida de cara”.

Por último, reflexiona: “El arte no tiene que tener partido político, ni religión, ni ser parte de un clan. El arte transciende todo, las épocas, las ciudades, tiene que ser libre, absolutamente libre”.

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Ulises, en su taller.

Ulises, en su taller.

En la plaza de Oroño al 1500 hay una mujer pintada con pinceladas de agua y cielo. Una imagen que te observa, libre y liberadora. Atrás de ella, hay historia, mucha.

Es cuestión de pasar.

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