La Ciudad

De la olla vacía al trabajo digno que devolvió la felicidad

La pamdemia dejó a miles de personas sin trabajo. Santiago Espinoza, un hombre de 56 años, fue uno de ellos. Su historia se reflejó en La Capital el 22 de agosto, cuando un día tuvo que ir a pedir comida a un centro comunitario. Eso conmovió a dos comerciantes, que le dieron empleo en una panadería y en un bar.

Domingo 20 de Septiembre de 2020

En medio de tanta incertidumbre y angustia por el descalabro social, sanitario y económico que provoca el Covid-19 desde hace siete meses, la historia de Santiago Espinosa, un hombre de 53 años que con vergüenza se vio empujado a pedir una ración de comida en un centro comunitario de la zona oeste porque se había quedado sin trabajo, demuestra que con su empuje pudo revertir esa difícil situación. Y gracias a la solidaridad de dos comerciantes que leyeron una nota en La Capital, recuperó la dignidad de volver a trabajar.

Cuando Karl Marx expresó en sus tratados la frase “el trabajo dignifica al hombre” sintetizó la fuerza de ese componente indispensable para motorizar la economía. Pero filosóficamente también dejó asentado que se trata de la capacidad de sentirse capaz y autosuficiente, “ganarse el pan” de cada día con el propio esfuerzo, sin regalos de nadie. Sentirse realizado.

Por eso, cuando el 20 de agosto pasado Santiago fue abordado por este diario en la puerta de un centro comunitario de Pellegrini 6350 donde llegó con su bicicleta, cansado de pedalear, buscando trabajo todo el día, con el estómago vacío, le dio “vergüenza” mostrar su rostro.

Y apenas dejó que se le tomara un foto a la mano que sostenía su olla con una porción de polenta. “Me da vergüenza, no me saques fotos. Laburé toda la vida y ahora tengo que pedir algo para comer porque estoy cagado de hambre y sin trabajo”, admitió (ver aparte).

Contó que había trabajado 25 años en el rubro gastronómico y que por su edad ya no lo tomaba nadie. “Estoy fuera del sistema”, dijo resignado pero no abatido ese día. Dijo además que le preguntaba a Dios por qué le pasaba eso si había “laburado” toda la vida.    

Santiago dejó su teléfono a este medio. “Si te enterás de algún laburo, avisame. Las cosas pasan por algo. Hay causalidades, no casualidades”, dijo, antes de saludar y retirarse con la olla en una bolsa.

La nota de La Capital movilizó Marcelo Lescano, dueño de la panadería Inmaculada (Junín 5457), en el corazón del barrio Ludueña. Y un amigo suyo que también leyó la historia envió un mensaje al Facebook del diario para pedir el teléfono de Santiago. Al otro día, el hombre recibía un llamado que le devolvería la esperanza, aunque él nunca bajó los brazos.

“Salió la nota y la verdad es que me movilizó. Un amigo también la había leído y conseguimos el teléfono. Estoy sorprendido, es un hombre respetuoso, no habla, tiene actitud y ganas. Primero empezó con tareas de limpieza, pero como vendo comida para llevar, también hace pizzanesas”, contó Marcelo.

Santiago, que tiene tres hijas grandes a las que nunca le contó lo que estaba atravesando, volvió a sentirse digno después de perder un trabajo fijo en un bar de Constitución y Mendoza cuando arrancó la pandemia del coronavirus.

Pero había otra puerta que se le abriría a este canaya nacido en barrio Ludueña, que a pesar de estar en un rubro que genera tentaciones infla el pecho y dice orgulloso que no toma una gota de alcohol, corre maratones, y que nunca baja los brazos. Aunque reconoce que el día que este diario se topó con él, “estaba amargadísimo”.

>> Leer más: El dolor de tener que mendigar comida por primera vez

Un amigo del dueño de la panadería, Lucas Rojas, titular del bar Pimiento (Mendoza y Pueyrredón) se había quedado sin personal de cocina. Llamó a Marcelo y éste no dudó en recomendar a Santiago, que a los dos días se presentó puntual en su bicicleta.

Lucas, de 33 años, criado en Parque Casas, viene de una familia de trabajo; describió a Santiago como una persona “callada” que solo trabaja y asombra, porque “a pesar de su edad está predispuesta a diferencia de los “nuevos jóvenes chef”.

“Estas personas me pueden. Mi familia es de trabajo, mi viejo vendía flores en la calle con una discapacidad. En este hombre veo un poco eso. Trabaja y dice «gracias»”, contó Lucas emocionado hasta las lágrimas.

Ahora Santiago reparte las horas de tareas entre la panadería de Marcelo y el bar de Lucas. Algunos días no para y trabaja de corrido, prácticamente sin dormir. Dice que cuando la gente le advierte que el cuerpo no le va a dar, tiene tanta felicidad que “el lomo no lo siente”.

Un informe la Universidad Católica Argentina (UCA) indica que durante la pandemia se perdieron 950.000 puestos de trabajo en Argentina. El 30 por ciento son empleos formales. Y sigue creciendo a pesar de las, como la doble indemnización, destinadas a frenarlos.

“Estoy tan feliz que mi cuerpo no se da cuenta del cansancio”

Santiago Espinosa se crió en Ludueña, donde hizo la escuela primaria y secundaria. Y es padre de tres hijas, Julia, Lucía y Laura, de las que habla con orgullo. En el bar Pimiento, uno de los empleos donde reparte el día, hizo una pausa para charlar con La Capital.

Contó que la pasión por la gastronomía llegó de casualidad en 1984, cuando un amigo lo recomendó al bar Gringo’s: “No sabía nada, pero me gustó, le agarré la mano y nunca paré. Fui colectivero, albañil, y estuve en la cocina de General Motors donde elaboré el plato que degustó un ex presidente que visitó la fábrica”.

Confiesa que los meses sin empleo estaba “amargadísimo”. Al ver una copia de la foto de su mano en la olla aquel 20 de agosto cuando fue a pedir comida, exclama molesto. “Que horrible es esta foto, dejame de hinchar. Es una vergüenza”.    

Se trata de un hombre, como miles, apabullado por la realidad: “Estaba realmente mal. Llegué a tal punto que no me quedó otra. El estómago no pide permiso, quiere”.

 “Siempre le di para adelante, sabiendo que algún la cosa cambiaría. Pero tuve sentimientos encontrados. Confiaba pero me sentía decaído. Igual, algo me decía «seguí», tarde o temprano vas a conseguir. Y así fue”.

 Dice que ahora se siente “agradecido y feliz”. Y refiere que algunos le preguntan cómo va a hacer con los dos trabajos. “Yo les contesto: tengo tanta felicidad que el lomo no se da cuenta de mi cansancio”, cierra.

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