Crecen las construcciones ilegales y sobre espacios públicos en los Fonavi
 Más allá de los bulevares hay otro boom de la construcción que habla de necesidades muy distintas a las que hicieron proliferar las torres de inversores sobre la costa. Almacenes, cocheras y hasta la ampliación del dormitorio se hacen en plena vereda. El fenómeno se expande, entre la necesidad y la avivada, ante la ausencia de control.

Domingo 30 de Enero de 2011

Casi sobre la vereda, por Donado a unas cuadras de Mendoza, la casillita de lata llama la atención por un cartel que “prohíbe” estacionar. Lo mismo otra cochera ad hoc —esta de material— ubicada a unos metros. La ocupación irregular de los espacios públicos o comunes en los barrios Fonavi de la ciudad no es nueva, pero crece a la par de una crisis habitacional y de espacio que se manifiesta de múltiples formas. A su vez, es producto del abandono al que el Estado sometió a estas vecindades, al punto que recién el año pasado la provincia comenzó —tras décadas de postergaciones— el engorroso proceso para que los adjudicatarios puedan escriturar sus viviendas y convertirse en propietarios.
  Entre la necesidad y la avivada, boxes de ladrillo, cemento, chapa, madera o todo eso junto siguen levantándose en veredas y espacios verdes de varios Fonavis rosarinos. Pueden ser cocheras —necesidad imperiosa en una ciudad con casi un auto cada dos habitantes que ya no confían en dejarlo en la calle—, comercios (desde verdulerías hasta venta de celulares) y algunas que hasta parecen hacer las veces de vivienda.

Lectura. Más allá de los bulevares hay otro boom de la construcción que habla de necesidades muy distintas a las que hicieron proliferar las torres de inversores sobre la costa. Como en los pueblos que un día necesitan ganarle terreno al mar, los ladrillos avanzan sobre las veredas de algunos barrios desoyendo normativas de un Estado que a veces no tiene mejores respuestas que hacer la vista gorda.
  Pero este boom tiene en los Fonavis, además, sus propias historias. En sus construcciones se puede leer la de un vecino desocupado que no tuvo otra que convertir su indemnización en un quiosco para atender en la ventana de su casa, por suerte en planta baja. Con el tiempo otro habrá visto allí una buena idea para aumentar los ingresos familiares y puso una granja. Pero el bolichito creció y hubo que agregar paredes.
  Eso habrá inspirado a otro vecino a agrandar el living. Una señora se habrá cansado de los pelotazos que le arruinaban las plantas y privatizó con rejas un espacio verde. Otro la copió, pero de paso puso un techito para guardar el auto. Según como venga la mano, un jardín puede servir como garaje, quincho techado o heladería al público.
  El crecimiento poblacional hace el resto. Si la familia se agranda y el crédito está muy lejos, habrá que hacer una piecita. Y si el mercado lo admite, a los ya tradicionales quioscos y verdulerías se suman los negocios que hagan falta, como en cualquier vecindario. Y así como los comerciantes de la peatonal recelan a los buscas,