Pandemia

Coronavirus: el calor potenció una peligrosa rebeldía rosarina a las restricciones

En el peor momento sanitario, en todos los rubros y actividades hay cada vez más desobediencia ante las prohibiciones.

Domingo 18 de Octubre de 2020

A una semana de que empezaran los primeros días de calor, la situación de los comportamientos sociales respecto de los cuidados y actividades restringidas es de desmadre, justo en la peor situación epidemiológica por el crecimiento de casos de coronavirus. Hay asados y reuniones en terrazas y quinchos de edificios y en departamentos y casas se multiplican encuentros afectivos que no están permitidos. En el río, la actividad náutica con embarcaciones, con personas que cruzan a las islas y se juntan allá a compartir un momento, ya se volvió común.

Algunos clubes están abiertos y de forma clandestina se hacen reuniones de amigos y matrimonios para cocinar algo a la parrilla. Otros empezaron con los entrenamientos de deportes colectivos infantiles, que están prohibidos. En parques y plazas, la gente usa los bancos, hace picnic, se sienta a conversar o tomar mate mientras los niños usan los juegos infantiles. En las playas, como la Rambla Catalunya, aparecieron bañistas que se tiraron a tomar sol y compartir una bebida de cara al Paraná.

En tanto, las redes sociales multiplican videos e imágenes de situaciones de aglomeración de clientes sin barbijo en los corredores gastronómicos, particularmente en las cervecerías. En los barrios privados, nadie controla y hay partidos de fútbol, almuerzos y cenas en los patios en grupos numerosos y los más osados hasta se tiran a la pileta. En algunos barrios populares, el movimiento en la calle es casi de normalidad y también hay picados en las canchitas. En el centro, casi todos los días hay manifestaciones y marchas, a veces sin mantener los cuidados necesarios.

“En algunos clubes la gente se junta a comer a escondidas, sin hacerse notar mucho. También hay canchitas de fútbol que te alquilan quincho y parrilla”, cuenta un habitué de las parrilladas en secreto. “Todos los fines de semana, algunos se van pasar la noche a la isla Charigué. Otros juegan partidos de fútbol 5 sin respetar la modalidad metegol”, enumera Martín (32) sobre lo que sucede en su grupo de amigos. Una joven de un barrio cerrado de Funes contó que un grupo de madres del lugar piensa contratar maestras jardineras para improvisar una colonia de vacaciones con sus hijos durante los próximos meses.

Ariel, un muchacho de 27 años que vive en el macrocentro, revela que tiene un amigo que visita a sus familiares en Córdoba con un permiso de trabajo falseado para poder circular. “También a veces nos juntamos con los chicos en un minimarket a tomar una birra con las persianas cerradas”, apunta. “Pasé por un gimnasio y todas las personas tenían el barbijo en el cuello”, señala Florencia. “Yo fui al parque Sur y había dos partidos de fútbol 11. No hice nada. Pero me dieron muchas ganas de jugar”, cuenta Francisco, de 36.

La gran mayoría de los incumplidores es joven, fuera de la población de riesgo, pero no son los únicos. Algunos lo harán por cansancio, otros por rebeldía y hasta por imitación. Pero lo cierto es que ya es normal que la gente haga un montón de cosas que no se pueden hacer. Solo por citar algunas cuestiones, aún no fue permitida la práctica de deportes colectivos ni la permanencia en espacio públicos (solo la circulación) al igual que las actividades náuticas y, obviamente, los encuentros sociales. Hoy, cualquier rosarino está en condiciones de decir que conoce a alguien que violenta las reglas.

Los mensajes contradictorios enloquecen

Las actitudes sociales son cada vez de mayor descuido, en el marco de un panorama sanitario difícil. Para la psicoanalista Marité Colovini esto se debe, a nivel general, a un doble juego: la atracción de lo prohibido y la negación como mecanismo de defensa. “Nunca hubo tanta gente en el parque como ahora. Salieron hasta los que nunca lo hacían”, señala. Y agrega: “La negación implica un no reconocimiento de la realidad. Borro los datos que me hacen daño, porque implica que estoy en riesgo de enfermarme y morir, y esto es muy difícil de procesar”.

En tercer lugar, destaca que algunos medios de comunicación televisivos “han militado la anticuarentena y abonado el terreno para que la gente no acate. No podemos desconocer el efecto que producen sobre la subjetividad. Inciden sobre el pensamiento, las acciones y las conductas de la gente”, sostiene la directora de la Maestría en Psicopatología y Salud Mental de la UNR.

Pero la cuestión más importante es, para Colovini, “los mensajes contradictorios” del que emite la prohibición. “No se le puede decir a la gente que no puede ir a la Rambla Catalunya, cuando en Posta 36 hay una fiesta para 190 personas. La doble orden contrapuesta genera enloquecimiento”, considera la investigadora. “No podés quedar bien con dios y con el diablo, tenés que ser claro porque la gente deja de aceptar las prohibiciones”, espeta.

En tanto, lamentó que “las autoridades provinciales y municipales digan que no lo pueden controlar, porque quiere decir que no tienen la posibilidad de gobernar”. Y en ese sentido, apuntó contra el mensaje de que hay que “convivir con el virus”, porque le suena similar a “convivir con el narcotráfico y las mafias”. “Cuando no se le pone coto a la trama delictual que implica la inseguridad y los homicidios en Rosario, nos están diciendo de forma no explícita que tenemos que convivir con eso”, comparó.

Irreverencia   

Según la docente, la actitud irreverente de los jóvenes —los que más violan las normas— “es necesaria para determinada edad, para desprenderse de las ataduras familiares, como forma de exploración de los límites. Los mayores estamos para marcarlo y el Estado sería en este caso el mayor que plantea que el límite existe. Y eso no es autoritarismo, es explicarle para cuidarlo, y todo cuidado requiere una restricción”, analizó.

“El síntoma social actual es la locura. Pero no la de los psiquiatras, si no en tanto no hay límites simbólicos que pongan balizas en la realidad para que uno pueda vivir en ella”, definió. En este marco, apuntó que “cuando algo está desmadrado o desbordado significa que no hay borde ni hay madre. Y la democracia plantea precisamente un campo en donde se plantean los límites para poder convivir socialmente”.

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