Miércoles 27 de Octubre de 2021
Caen los rayos de sol como fuego sobre Juan B. Justo al 1700. Hace una semana, Joaquín Pérez, el arquitecto de 34 años que regresaba de una cochera en Pasaje Muñiz, se moría en la puerta de su casa tras ser baleado en un asalto. Desde entonces la cuadra quedó en silencio. Ahora asoma allí un patrullero con 5 efectivos. “¿Por qué no vinieron antes?”, se preguntan los vecinos. Los testimonios hablan de un asedio permanente de los delincuentes. Hay que elegir cuándo y cómo salir a la calle y no tener descuidos. Quienes dejan sus autos un rato estacionados, sacan las baterías porque se las roban. Así se vive en Arroyito y tras un asesinato resonante que no frenó las amenazas. “Los choros te advierten que si no entregás todo, podés terminar mal”, dijo una vecina a La Capital.
La zona de Juan B. Justo es parte de un entramado urbano de casas bajas de buena construcción, entre las que se entremezclan talleres, kioscos y verdulerías.
La cuadra entre Alberdi y Muñiz fue el epicentro de un hecho de sangre que movilizó masivamente a los rosarinos a marchar contra la inseguridad. Esta vez fue el cruento asesinato de Joaquín Pérez, abordado por delincuentes para robarle el auto.
Sin prestarle demasiada atención a las balizas policiales, Graciela barre las hojas en la vereda de enfrente. “Estamos devastados”, admite. Hace 32 años que vive en el barrio. “Esto que pasó con Joaquín nos tiene muy tristes a los vecinos. Conocemos a toda la familia. Un chico que no se metía con nadie”, comenta. ¿Le robaron muchas veces? “Un montón. La última vez fue el 2 de marzo, en pandemia. Dos adentro del volquete. Me tiraron de la bicicleta, me sacaron el bolso y el celular. Al caerme me esguincé y quedé dolorida de la espalda”, recuerda .
Nadie se salvó de los robos. Tampoco el marido, a quien le pusieron una pistola en la cabeza, le gatillaron y no salió el proyectil. “Le habíamos dado todo”, asegura.
Al hijo lo balearon en la puerta de la casa dos años atrás para robarle el celular. Antes le sacaron la moto y se le metieron en la casa con un revólver.
“Acá se sale a la calle sin celular, sin plata o metido en lugares íntimos”, comenta.
Sobre la misma vereda de la casa de Joaquín, pero más hacia Alberdi, asoma un taller y depósito. Ahí está Osvaldo junto a otro vecino. El calor aprieta y buscan la sombra. El silencio de la tarde abruma. “Lo único que cambió fue que el patrullero ahuyentó las motos”, dice con ironía un vecino. Osvaldo es un antiguo habitante del lugar. En el portón hay un afiche con el rostro de Joaquín y el pedido de Justicia. “Nos pegó mal, un pibe sin maldad, no le vi jamás ni una gomera. Muy sano. Lo conocí desde el vientre de la madre. Estudiaban, trabajaban, perdieron a los padres y los fines de semana eran mozos en los eventos”, recuerda.
En la esquina de Muñiz y J.B. Justo hay un kiosco. Allí estaban dos vecinas que reflejaron un crudo diagnóstico de lo que padecen. Siguen con mucho temor por lo sucedido y por la ola de atracos que sufren, pero también mastican bronca. “Acá nunca un policía, un gendarme, tierra de nadie. A las 20, nadie en la puerta de sus casas. No salimos más a la noche en familia porque no se sabe cómo entrar el auto. Hay mucha bronca. No hay derecho a vivir así. Se premia al que hace las cosas mal y los que pagamos impuestos estamos encerrados”, dice una de ellas y recuerda que la kiosquera tuvo que darle refugio y abrirle la puerta cuando una moto quiso “bolsiquearla”.
“Acá roban baterías de auto, las ruedas, así todo el tiempo. El muchacho de al lado cuando llega saca la batería a la hora de la siesta todos los días porque se la robaron 10 veces”, indica otra vecina.
En el manual de supervivencia incluye un protocolo para las autopartes. “El que deja el auto a dormir afuera, todas las noches saca la batería”, indican. El enfrentamiento social se respira en la zona. “Vienen y te dicen «cuidáte, porque si no mirá lo que te puede pasar» (en alusión al crimen). Como gozando y amenazando”, advierten.
