La ciudad

Cómo la pérdida del empleo se traduce en las historias clínicas

Insomnio, taquicardias y patologías crónicas descompensadas. Algunos de los síntomas de quienes pierden el trabajo o la changa.

Domingo 21 de Octubre de 2018

Andrea Montaner puede contar una a una las historias de los nuevos pacientes que se acercan a los consultorios de la esquina de José Ingenieros y Acevedo. La del hombre de 43 años que fue despedido del Mercado de Concentración de Fisherton y quien hace malabares para mantener changas en negro para pagar la obra social de una de sus tres hijas, la que tiene una disparidad y requiere tratamientos que el Estado no cubre. La de un albañil, también en los 40, que se acercó con mareos y taquicardia, síntomas que comenzaron cuando perdió su trabajo. La de la chica embarazada que comenzó a hacerse los controles prenatales en el barrio porque su marido perdió el empleo de gastronómico y ya no tiene cobertura. Y también la de la mujer de 60 que cuidaba ancianos, se quedó sin ese rebusque y fue al centro de salud para ofrecerse para hacer un taller de tejido. "Podría seguir", dice la médica generalista, que coordina las actividades del espacio que, con la escuela, es la única referencia del Estado en el barrio y no dejó de hacer consultorio, el ámbito donde escucha las angustias de cada uno de los nuevos pacientes que se acercan.

El escenario que Andrea describe se repite en cada uno de los centros de salud. Y para cada uno de los que están en el territorio, el impacto es enorme. "Estábamos acostumbrados a los nuevos pacientes que venían por migraciones internas de la ciudad, o que venían de otras provincias, como Chaco y Corrientes, pero desde el año pasado eso se multiplicó y sólo en el último año tenemos dos mil pacientes más", indica la coordinadora, quien admite que hay días "donde la sala de espera estalla".

Allí están los que siempre se atendieron en el barrio, que ven agudizada su situación de vulnerabilidad, los nuevos desempleados, los jubilados que "habían acomodado su situación con Pami y ahora con los recortes vuelven acá a buscar los remedios", los que llegan con cuadros de angustia y crisis subjetivas, y los que tienen enfermedades crónicas que se agravan ante el estrés y el encarecimiento de los tratamientos, pero también de los alimentos.

Las angustias

"Anoche no dormí, dame algo", es una de las frases que los médicos escuchan en el consultorio. "El desempleo no sólo significa la pérdida de la obra social, sino un impacto en la vida cotidiana y lo subjetivo que se traduce en cuadros que van desde el malestar inespecífico hasta el insomnio o los brotes", señala la médica, que asegura que sin dudas ese tipo de cuadros en los últimos meses impactan más en los hombres que en las mujeres.

"Creo que es por una cuestión cultural, porque tienen la presión de ser los que tienen que parar la olla y eso les genera una gran sensación de impotencia", señala, y agrega la situación de los más jóvenes: "Había muchos pibes que habían logrado algunas cosas: levantar una pared en la casa, comer todos los días, acomodarse con changas, sobre todo de jardinería en los barrios de los alrededores, y eso se perdió y entonces manotean lo que pueden; vuelven a los arrebatos y los robos, y te dicen «qué voy a hacer si no tengo un mango»".

Entre la población más vulnerable, Andrea está convencida de que es la ayuda social, a través de la Asignación Universal, lo que aún "amortigua la desesperación"; en tanto, a los que recién se acercan al sistema "hay que ayudarlos porque no están acostumbrados, muchas veces les cuesta venir y hay que guiarlos porque ante las instituciones tienen menos herramientas para pedir ayuda".

Demanda alimentaria

Al mal sueño, otra de las realidades que los profesionales de la salud escuchan a diario, se suman las familias que comen una vez al día. "El pedido de ayuda alimentaria se multiplicó, algo que no pasaba desde 2004", dicen sin dudar, y si bien aclaran que "no hay casos de desnutrición, sí de malnutrición: mamás que se las ve más delgadas porque priorizan la alimentación de los chicos que almuerzan en el comedor y a la noche no toman más que mate cocido y pan, y pacientes con enfermedades crónicas que deberían cuidar su dieta y que comen no lo que deben, sino lo que pueden".

"Hay pacientes diabéticos descompensados y no por falta de adherencia al tratamiento, sino porque comer sano es caro y no alcanza", plantea Andrea, que para pensar alternativas ya ofreció a los vecinos el patio del centro de salud para que el que quiera y pueda, se sume al trabajo de la huerta.

"No va a cambiar su situación por completo, pero permite pensar en alternativas colectivas, en descomprimir algo para los pacientes como para el propio equipo médico", aclara. Es que "buscarle la vuelta" a estos malestares es una de las metas de todos los días y ahí surgen espacios que no tienen que ver con la enfermedad, sino con la recreación y el encuentro, como talleres de lectura, de manualidades en alambre para mujeres y el espacio de huerta.

Y ahí está la definición que los 20 integrantes del equipo esgrimen en cada reunión, esa que habla de "la salud no sólo como algo que trasciende la enfermedad, sino como la capacidad de luchar contra las condiciones que limitan la vida". Por eso, agrega Andrea, "acá decimos que el que puede luchar, está saludable. Lo demás, se trata".

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