Cómo es vivir en Las Flores sur, un barrio rosarino cargado de estigmas
Las Flores sur es uno de los barrios más pobres de Rosario, pero ya no se respira la misma sensación de carencia que arruinó la vida de cientos de familias hacia fines de los noventa y principios de 2000. Si bien hay trabajo y se advierte cierta prosperidad, quienes logran vivir dignamente cargan igual con una cruz...

Domingo 27 de Julio de 2008

Las Flores sur es uno de los barrios más pobres de Rosario, pero ya no se respira la misma sensación de carencia que arruinó la vida de cientos de familias hacia fines de los noventa y principios de 2000. Si bien hay trabajo y se advierte cierta prosperidad, quienes logran vivir dignamente cargan igual con una cruz que no les pertenece: la de ser habitantes de un lugar calificado como "caliente, violento e impenetrable", gracias a la actividad delictiva que despliega sin control un minúsculo grupo enquistado en los bordes del arroyo Saladillo.

  Hay casi 15 mil personas que luchan cotidianamente por revertir esa imagen. Y no las ayuda la única entrada formal al barrio por calle España, depender del 140 como medio de transporte, que los taxis no quieran ingresar o que una ambulancia tarde varias horas en llegar. Dicen que los discriminan cuando mencionan de dónde son.

  Las Flores Sur está en el límite distrital del sudoeste. Tiene unas treinta cuadras recortadas por callejones. Su trazado está delimitado por España (a la altura del 6900), Circunvalación y el arroyo Saladillo. Hay casas bajas de material, que fueron levantadas mediante planes oficiales o el esfuerzo de sus dueños.

  Esa fisonomía se desdibuja hacia el sur, sobre el Saladillo, con viviendas precarias de chapas, tirantes y cartón. Los microbasurales son un problema agudo, sobre todo por la cuestión ambiental y el riesgo de contraer enfermedades. Y faltan servicios como cloacas, líneas de colectivos, accesos y seguridad.

 

 

El límite. En la zona de Caña de Ambar y España, antes de cruzar el puente de Circunvalación, todo parece más tranquilo, aunque no es menos peligroso. "Acá pagamos 400 pesos de alquiler por una casa que en el centro cuesta por lo menos 1.500", dicen Marcela y Guillermo, un matrimonio con cuatro hijos.

  Pero se complica por la noche. "Ya no hay presencia policial y todos los días se corta la luz. "La gente se va adentro. Todo el mundo se encierra". Igual resaltan la solidaridad del vecindario.

  "En verano se quemó una casa de gente que estaba de vacaciones. Entramos, apagamos el fuego, cerramos, nadie tocó nada y ellos agradecidos porque se enteraron cuando volvieron", valoraron.

  Sorprende ver a la gente esperando el colectivo de a dos. "Todo el mundo va acompañado, porque enseguida te mantean la cartera, es una manera de poder defenderse", dicen los médicos del centro de salud.

 

Cómo se mueve. La dinámica del barrio está definida por un conglomerado heterogéneo. Gente austera, que estudia, trabaja, y cría a sus hijos con dignidad y esfuerzo. La mayoría camina por la calles en medio de una tupida arboleda. El tránsito incesante de motos, autos y camiones de reparto se relaja después del mediodía. Muchos deambulan con los clásicos carros de cartoneros, una de las actividades informales que motoriza el barrio.

  El boom de la construcción empleó a muchos hombres. Mientras que las mujeres se insertaron como cocineras, ayudantes en geriátricos o restaurantes, servicio doméstico o comercios y otros rubros.

  Los componentes de las familias siempre superó a los seis integrantes, aunque de a poco se advierten cambios. "La crisis y la efectividad de los programas de procreación hizo que las parejas jóvenes ahora decidan no tener más de dos o tres hijos", refiere Roy Crespi, coordinador del Centro Crecer Nº3, ubicado sobre Previsión y Hogar al 1600.

  Pero hay un grupo minúsculo que vive en conflicto con la ley, rompe ese dinámica y provoca hechos policiales tan resonantes que condena a la mayoría. La droga se enquistó de tal manera, principalmente entre los adolescentes, que los modelos de gestión social parecen agotados. (ver "Basta de tallerizar la pobreza").

 

Depender de poco. Otro escollo es el de la línea única de colectivos. "El 140 es el único que entra y durante la época de clases no se puede subir, se llena enseguida. Por la noche pasa cuando quiere. Haría falta otra empresa", comenta Dolores Romero, de 54 años, y dueña de un almacén.