La ciudad

"Callejeros de la fe", los jóvenes que asisten y rezan con quienes se prostituyen

El grupo cuenta con un hogar de día en Zeballos 668 y una casa para tratamientos en barrio Cristalería. Ahora están armando talleres para personas trans que quieran capacitarse en oficios.

Domingo 17 de Abril de 2016

Las luces de la avenida Pellegrini brillan y de los bares sale música estridente. Amigos y parejas ríen, conversan y disfrutan de una bebida fresca en las mesitas dispuestas en las veredas. A pocas cuadras, silenciosos, un grupo de jóvenes se enfrasca en una misión que es tan importante como anónima: les dan alimentos a travestis, cuidacoches y todos aquellos que están en situación de calle.

Se autodenominan "callejeros de la fe" y forman parte del Hogar Padre Misericordioso, una asociación civil iniciada por el sacerdote Fabián Belay, que se ocupa especialmente de las personas en situación de calle y drogadependientes.

El grupo cuenta con un hogar de día en Zeballos 668 y una casa para tratamientos en barrio Cristalería. Ahora están armando talleres para personas trans que quieran capacitarse en oficios.

Es miércoles y apenas pasaron unos 30 minutos de las 20 cuando en la esquina de Sarmiento y Pellegrini el grupo de voluntarios se saluda y emprende su recorrida. Bruno, Rixio, Gabriel, Andrés y María tienen entre 19 y 28 años. Un rato después llega Juanjo con cajas llenas de bandejas de comida. Las prepararon mujeres de la parroquia de Virgen del Pilar (Colón al 1800). Recorren la ciudad desde hace cinco años.

"Yo soy de Malabrigo (en el noroeste de la provincia) y me vine a estudiar a Rosario. Un amigo me comentó la idea y empecé a venir. Está bueno, porque ves que podés hacer algo por los demás", explica Bruno mientras ataja la caja de comida.

María llega con una bolsa y un cuaderno. "Se lo traigo a un señor que vive en la calle y le encanta escribir", cuenta. La estudiante de psicología confiesa que se vio impulsada a salir porque se planteó que ella podría ser una de estas personas que están en situación de calle.

"¿Por qué ellos sí y yo no?", se preguntó sin encontrar respuesta. "Creo que todos somos iguales y como a mi me tocó tener una casa y qué comer cada día, me siento que debo ayudar a quienes no les "tocó" esta situación vital", le explica a La Capital.

Se distribuyen las zonas. Algunos van hasta Pichincha, otros recorren el bajo y otros Pellegrini hasta Oroño y el parque Independencia.

Los que hacen la caminata por Pellegrini incluyen la plaza Libertad y la zona roja. Ampliaron el recorrido hace pocos meses porque se encontraron con travestis que les agradecen que les lleven algo de comer y, sobre todo, que las escuchen.

Al conocer las necesidades, el grupo planteó la necesidad de organizar talleres de oficios para las trans. Una idea que pronto tomará forma.

Hermanas. La esquina de Mitre y Pasco "es" de Araceli y Nicol, dos hermanas travestis de 18 y 19 años. Empezaron a prostituirse hace cuatro meses. Sandra, su madre, de 36, también se prostituye con ellas.

"Nos respetamos, cada una cuida su esquina" cuenta Nicol y explica que van a la plaza todos los días, de 20 a 2 de la mañana, menos los lunes.

Los miércoles saben que llegan "Los Callejeros" y entonces agradecen la comida. "Te viene bien para cuando te agarra hambre a la madrugada", cuentan.

Tanto a Nicol como a Araceli les gustaría mucho cocinar, bailar y aprender peluquería para poder trabajar de otra cosa que no sea la prostitución. De día son varones, pero de noche se trasvisten.

El miércoles, Sandra cocinó un guiso en su casa y salió con sus dos hijas a trabajar en la esquina de la plaza. Dejó en el hogar a sus otros 5 hijos y también a sus 4 nietos. Todos viven con ella. "Hay que conseguir plata para comer", explica, justificando su situación.

"El lunes no había un peso así que tuvimos que salir sí o sí", confiesa y dice que llegan hasta la plaza en colectivo desde Puente Gallego, donde viven. Sandra tenía una rotisería almacén pero se quedó en la calle y asegura que si tuviera otro trabajo no estaría en esa esquina.

"Me encantaría que ellas pudieran trabajar en una peluquería", dice mirando a sus hijas, bien maquilladas y con la ropa ajustadísima para marcar las formas de sus escuálidos cuerpos.

"Empezamos por necesidad. Hay días y días. A principio de mes, por ejemplo, hacemos mucha plata, después menos. A veces nos volvemos con 100 pesos cada una, o mil, depende. A nosotras hasta ahora nos trataron bien, pero las otras chicas travestis nos advirtieron que nos cuidáramos porque nos pueden hacer daño", advierten mientras no sacan la vista de la calle desde donde algún auto les toca bocina.

"Avísennos cuando empiezan los talleres", les piden a Los Callejeros, que antes de seguir su recorrido hacen una oración con las travestis. Se juntan en ronda y rezan el Padre Nuestro. Agradecidas, las travestis los despiden y les ruegan que sigan pasando.

Sin prejuicios. "Nosotros no le cuestionamos la vida a nadie. Recorremos las calles y miramos a los demás como a nuestros iguales. No nos da lo mismo ver a alguien revolviendo el contenedor para buscar comida entre la basura. Nos acercamos y le damos una ración. ¡No sabés cómo lo agradecen! Hay gente que son las 12 de la noche y no comió nada...", cuenta Juanjo.

El fue uno de los que hace cinco años comenzó a recorrer las calles de Rosario, dando luz a quienes se quedaban en las sombras. Animado por el padre Belay empezó a cocinar para quienes dormían afuera de la ex maternidad Martin, hoy el Cemar, y después empezó a surcar las calles.

Hoy ya conoce a mucha gente y hasta es el padrino de bautismo del hijo de un matrimonio que cuida autos en Pellegrini. Y esta rutina no la abandona, al igual que Los Callejeros, todos los miércoles del año salen a las calles de Rosario para encontrar a los que no muchos quieren ver.

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario