Viernes 28 de Julio de 2023
Un nuevo polo gastronómico y cultural se está gestando, como expansión de Pichincha, en el cuadrante entre Francia y Ovidio Lagos, Tucumán y avenida Rivadavia y su continuación Del Valle. La zona es conocida como barrio Olmedo, aunque en principio se le llamó Pichincha Viejo, y ahora se está convirtiendo en el Palermo Hollywood rosarino.
Técnicamente todo es el mismo barrio, pero la parte de los bares, de las papas con cheddar y las hamburguesas, se conoce hoy como Pichincha. Y Olmedo comenzó hace un tiempo a mostrar características diferentes: por ejemplo, restaurantes temáticos y étnicos; un componente más local, de barrio y “honesto” en oposición a las franquicias; y boliches que no son de “cachengue”, sino que tienen un perfil más "cool", roquero o alternativo.
En gastronomía, en esa zona están Tora Izakaya y Masaru Ramen (comida japonesa); el parque de comidas Gorostiaga con múltiple oferta de comida peruana, mexicana y asiática; Kiku Sushi; El Mesón y Ajoarriero (española); Lemon City (china); el bar escondido Saita; Vermutería Zapata; el bodegón El Popular; Jimmy; Villamil; El Luchador; y la pizzería Gran Argentina.
Para el público más joven hay birrerías como Cervario, Mosto Olmedo, La Fábrica, Corner, Boulevard (ex Fenicia), Almirante, Baltimore y Mons. Y es muy fuerte la parte cultural y bolichera con Club de Maltas, Sala de las Artes, el C.C. Güemes, García, Casa Brava, Bon Scott, Furia, Mística, Russia, el pool Suipacha, Rooftop o Wes. Los boliches se terminan yendo ahí por el tamaño de los locales, y seguramente porque todavía hay más tolerancia de los vecinos respecto del ruido.
Una de las razones es básica: al crecer Pichincha y Refinería, es natural que algo derrame a este área que está en el medio. En Pichincha ya no quedan más locales y los alquileres son más caros. “Es un fenómeno que ocurre en los polos de este tipo y la explicación es bien de mercado. Sube el precio del alquiler del lugar de moda o directamente no hay locales disponibles y se produce un corrimiento a una zona cercana”, apuntó Sebastián Chale, secretario de Desarrollo Económico del municipio.
En principio, se pensaba que el efecto se iba a sentir más en Refinería: “Pero como el barrio tiene un uso urbanístico de edificios, grandes condominios y torres, seguramente va a tener su impronta pero no necesariamente será de entretenimiento, esparcimiento o gastronomía más clásica”, explicó.
El fenómeno ya se dio, por ejemplo, en Buenos Aires. Primero existió Palermo y mientras la zona crecía y se “comía” las márgenes de los barrios contiguos como Colegiales, Caballito o Villa Crespo, un área fue rebautizada como Palermo Hollywood para darle un nombre más cool.
La renovación se la dio la llegada a la zona de los canales de televisión como América. Los programas terminaban tarde y las estrellas salían a tomar algo, por lo que se empezaron a instalar alrededor bares y restos más exclusivos, temáticos, con ideas de afuera. Así, Palermo Soho quedó como lo clásico: birras, hamburguesas, papas y feria. Y al otro le quedó Hollywood porque la gente que salía a comer se cruzaba famosos todos los días.
Si Pichincha es Palermo Soho, Olmedo sería Palermo Hollywod. En el caso de Rosario, no haya presencia de estrellas y famosos, pero sí está la oferta temática y que apunta hacia lo contracultural. Tora Izakaya (Tucumán y Riccheri) es un bar de comida callejera japonesa cuyo fuerte es la cerveza artesanal, una cuidada ambientación con referencias a la cultura pop nipona (sobre todo el animé) y el cuidado por la música con una especial inclinación hacia el punk rock.
Matías Arakaki, uno de los dueños, valora que la de Olmedo “no es una zona que se rige por moda, por lugares que abren con toda la publicidad y marketing”, sino que hay mucha autogestión en los eventos que cada uno hace. “La gente es distinta a la de Pichincha y te das cuenta. Hay menos producción, menos frenesí, están más relajados. A mí me hace acordar a San Telmo. Comés bien, tomás algo y podés ver un show”, describió.
Y afirmó que un diferencial es que los que hacen las propuestas étnicas “lo llevan en la sangre. No es cocina de libros, ni porque viajamos. Hay una identidad en juego”, dijo. Y lo graficó: “Nuestros abuelos son japoneses, y dos veces al año hacemos el Okinawa Soba. En Japón creen que cuando la gente se muere, a los 49 días el alma se va al cielo y en esa fecha comen esa sopa. La cocinamos porque nos hace acordar a eso y nos encanta, aunque a la gente le gusta más nuestro ramen. Por eso creemos que tiene que haber algún descendiente involucrado. Si no, va a ser solo moda. Y cuando deje de venderse mucho, lo van a cerrar”, manifestó.
Contracultura
Leandro Iriart, dueño de la pizzería La Gran Argentina (Francia y Salta), cree que siempre que se desarrolla una moda aparece una contracultura que los lugares deben capitalizar si quieren crecer y generar una identidad. “Van todos a Pichincha, se llena todo, no podés estacionar, y se escapan a otro lado cerca. También pasa con los locales”, apuntó.
El gastronómico cree que en el barrio se está gestando un polo con propuestas más “genuinas”, alejadas de una mera reproducción de una “Pichincha 2”, donde se multiplican las franquicias de pizzerías, heladerías y birrerías “en lugar de hacer un producto real”.
“Cuando pensé la pizzería, no puse una napolitana o neoyorquina justamente porque pienso en ese desarrollo. Me gusta el helado casero, la panadería en la que te vende el flaco que amasa y está todo tatuado porque es así, no porque se tatúan todos. En nuestra comunicación buscamos mucho la vinculación con el barrio”, acotó.
En ese sentido, cree que van apareciendo locales con la misma impronta en la zona, que pueden hacer pensar en características colectivas medianamente heterogéneas para armar otro modelo. En principio, que hay más riesgo para elaborar las propuestas. Hoy en Pichincha nadie abriría un resto de comida vietnamita, y en el nuevo Palermo Hollywood podría ser posible.
“Es el próximo nivel de la ciudad que queremos ser. Pero necesitás que no sólo el empresario se lo cargue al hombro, el consumidor tiene que demandar y acompañar”, dijo. Quizás esta cuestión de comodidad de no querer aglomerarse, no poder estacionar o que haya muchos controles de alcoholemia es lo que hace que las personas vayan a esta nueva zona, más que su apuesta consciente a un proyecto nuevo. Pero todo sirve para construir una Rosario con una oferta diversificada.